Mister Scarface – Fernando Di Leo, 1976

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I padroni della città (a.k.a. “Mr. Scarface”)

Italia, 1976

Director: Fernando Di Leo

Género: gangsters, acción, comedia

Guión: Fernando Di Leo, Peter Berling

Intérpretes: Jack Palance (Scarface Manzari), Al Cliver (Rick), Harry Baer (Tony)

Música: Luis E. Bacalov

Argumento

Nos introduce al film una secuencia de carácter onírico y ralentizado, donde vemos a un individuo que asesina a otro en una casa en presencia de un niño (que suponemos es el hijo de la víctima). No hay diálogos y las imágenes están acompañadas por una música que subraya la tensión y la angustia de la escena. El asesino es un personaje inquietante con el rostro marcado por una cicatriz. El chico, que estaba en la cama y ha sido testigo del asesinato de su padre, se levanta, toma la pistola que el criminal ha dejado sobre la mesa y le dispara. Pero ya no había balas. El asesino golpea al muchacho y se marcha.

Tras ese preámbulo y los títulos de crédito comienza la historia: Estamos en Roma en 1976. Tony se desempeña como cobrador para una banda de extorsionistas, dedicándose a recolectar semanalmente el dinero de “protección” a comerciantes de la zona. Recorre Roma en un llamativo y extraño descapotable todoterreno y a los que no quieren o pueden pagar les hace “cobrar” a base de golpes. Es un buen luchador curtido en innumerables peleas callejeras.

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Tony (Harry Baer) al volante, Ric (Al Cliver) en el asiento de copiloto y Vincenzo Napoli (Vittorio Caprioli) detrás.

Tony trabaja para la banda de Luigi, quien tiene sus oficinas en unas salas de billar. El cobrador está cansado de desempeñar siempre la misma tarea, y piensa que no es posible ganar mucho dinero de ese modo. Además, una nueva organización más violenta y peligrosa está comenzando a hacerles la competencia: Se trata del grupo dirigido por un siniestro individuo apodado “Lo Sfregiato” (El Cicatrizado).

Luigi se siente amenazado ante el apogeo de esa otra banda y presiente que sus negocios serán absorbidos por sus rivales. Lo Sfregiato está subiendo como la espuma, y su cuartel general no está en una vulgar y mugrienta sala de billar subterránea, sino en el rascacielos de su empresa. El grupo de Luigi se encuentra además fracturado por divisiones internas: El pendenciero Beppe detesta a Tony, ambos se pelean con frecuencia. Tony tiene pocos amigos dentro de la banda. Entre ellos se cuenta el ya maduro Vincenzo Napoli, una especie de consigliere de Luigi.

En una ocasión, el Cicatrizado acude con sus guardaespaldas a los billares de Tony para hacer una demostración de poder. Con la excusa de participar en un juego de cartas busca marcar su territorio. Pero Ric, uno de sus hombres, pierde en el juego. Indignado porque, a su juicio, uno de los suyos ha hecho el ridículo ante los rivales, el Cicatrizado lo expulsa de su banda y a la salida de los billares ordena a sus matones que le den una paliza. Tony encuentra al demacrado Ric y lo lleva a su casa. Ambos se hacen amigos, y comienzan a planear un golpe contra el Cicatrizado.

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Ric (Al Cliver) siendo vapuleado por los hombres del Caracortada

Tony y un actor, disfrazados con uniformes de la guardia de finanzas, acuden una mañana al edificio donde la está la sede de la empresa-tapadera del Cicatrizado Manzari. Éste todavía no se encuentra allí, pero los dos registran las oficinas diciendo que tienen que controlar los libros de contabilidad… saben que los hombres del Cicatrizado van a tratar de sobornarles, y efectivamente así sucede. Uno de los secretarios de Manzari les da 10 millones de liras, y los dos “guardias de finanzas” se marchan con el dinero.

Tony entrega tres millones a su jefe Luigi. El hasta ahora recolector de “dinero de protección” está convencido de que la idea de hacerse pasar por controladores financieros para cobrar sobornos de empresarios corruptos es una genial idea, mucho mejor que lo que estaba haciendo hasta ahora, y se propone implementarla a gran escala. Pero grandes contratiempos se avecinan: El Cicatrizado ha descubierto el engaño, y responsabiliza directamente a Luigi. Éste sabe que está acabado, y huye de la ciudad. Cuando los hombres del Cicatrizado llegan a los billares en busca del dinero, sólo encuentran a Beppe, y éste les da tres millones (la cantidad que Tony les había entregado). Beppe no sabía que la suma total ascendía a 10 millones de liras… Como siempre había sentido una profunda antipatía contra Tony, Beppe se decide a colaborar con Lo Sfregiato para localizar al astuto embaucador.

Tony, por su parte, también se está ocultando. Junto a Ric se esconde en casa de Napoli. Los tres sospechan que Luigi no va a volver y que Beppe, ahora compinchado con Manzari, ha tomado el control de la banda. Ahora los tres solos están en una trinchera en medio de la guerra que ha desencadenado contra ellos la temible organización de Lo Sfregiato.

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Jack Palance como “Scarface” Manzari.

Comentario

Teniendo en cuenta el altísimo nivel de la casi siempre brillante filmografía de Fernando Di Leo, ésta “I padroni della città” a.k.a. “Mr. Scarface” se encuentra entre sus propuestas más flojas (junto a “La espía se desnuda”, comedia sexy con toques de slapstick rodada el año anterior y con una ya madurita Ursula Andress como protagonista).

La escena inicial cobra sentido hacia el final de la película, cuando descubrimos que el niño cuyo padre fue asesinado por “Lo Sfregiato” no es otro que Ric; quien se había introducido en su organización con el fin de ajustarle las cuentas. Ric prepara una trampa al Cicatrizado, atrayéndole hasta el lugar donde éste mató a su padre 16 años antes… Pero lógicamente, el jefe criminal no acude solo a la cita, sino con una docena de guardaespaldas. Ric, Tony y Napoli, parapetados en los techos de las naves y almacenes en ese abandonado polígono industrial, tratarán de eliminar al Cicatrizado y sus esbirros, en unas escenas de acción y tiroteos que recuerdan bastante a las que grabó Enzo G. Castellari para el tercer acto de su “Il Grande Racket” (también de 1976).

“I padroni della città” incluye un sutil tono cómico, sobre todo con el personaje de Napoli (interpretado por Vittorio Caprioli, a quien vimos en el rol de comisario en “La città sconvolta: caccia spietata ai rapitori” a.k.a. “Kidnap Syndicate”, también de Di Leo y rodada el año anterior). Además, durante las peleas, el protagonista Tony (Harry Baer) exhibe un particular sentido del humor haciendo bromas y comentarios “graciosos” al estilo de Spiderman (los que estén familiarizados con los comics del trepamuros sabrán a qué me refiero…) Ese tono tan desenfadado de la película, que por momentos parece que no se toma demasiado en serio a sí misma, la aleja de las excelentes obras de su director como “Milano Calibro 9” (1972) o “Il Boss” (1973). La banda sonora, como en muchos de los films de Di Leo, fue compuesta por Luis E. Bacalov.

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El protagonista Tony (Harry Baer) con una prostituta

En ésta ocasión (cosa rara en Di Leo) los personajes femeninos no aportan nada a la trama; son unas prostitutas que no intervienen en el desarrollo de los acontecimientos y que tienen un mero carácter de comparsa.

El actor que encarna a Beppe es Enzo Pulcrano, a quien conocemos por haber visto en el polizziesco “La banda Vallanzasca” (Mario Bianchi, 1977).

El rubio Ric está interpretado por Al Cliver (nombre real Pierluigi Conti), quien participa en las fulcianas “Zombi 2” (1979) o “L´Aldilà” / “The Beyond” (1981).

Jack Palance (alias fílmico de Vladimir Palahniuk) realiza una buen trabajo poniéndose en la piel del villano “Scarface” Manzari – Aunque éste “Caracortada” no tenga nada que ver con el Tony Montana que llegaría en 1983 de la mano de Brian De Palma.

FHP, agosto de 2015

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La séptima mujer – Franco Prosperi, 1978

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La settima donna (a.k.a. “The last house on the beach”)

Italia, 1978

Director: Franco Prosperi

Género: Thriller

Guión: Romano Migliorini & Gianbattista Mussetto (basados en una historia de Ettore Sanzò)

Intérpretes: Florinda Bolkan (Hermana Cristina), Ray Lovelock (Aldo), Sherry Buchanan (Elisa)

Música: Roberto Pregadio

Argumento

En algún lugar de la costa, unas jovencitas se encuentran estudiando y relajándose en una gran casa cercana a una playa. Al mismo tiempo, en la ciudad, tres delincuentes acaban de atracar una sucursal bancaria. Los asaltantes escapan con el botín, pero una vez en las afueras se dan cuenta de que el motor del coche que han empleado para su huída no funciona bien. Se ven obligados a aparcar, y a buscar un escondite en las inmediaciones; donde puedan ocultarse durante unos días. La casa más próxima resulta ser aquella donde se encuentran las muchachas: cinco adolescentes acompañadas por una mujer más mayor (profesora o monitora), y una empleada del servicio.

Los delincuentes irrumpen en la villa y de inmediato toman como rehenes a las chicas. Uno de ellos asesina bestialmente a la criada cuando ésta trataba de escapar, pero los demás no presencian el crimen. Las jóvenes son alumnas de un instituto, y en la casa (que pertenece a su colegio) suelen reunirse cada cierto tiempo para estudiar juntas e ir a la playa.

Nino, uno de los atracadores, se separa del grupo y entra en la habitación de Elisa, una de las jovencitas; para tratar de violarla. Pero ella se defiende y le clava en la pierna la punta metálica de un peine. La herida es muy profunda, y de ahora en adelante el asaltante cojeará.

Los delincuentes vigilan a las mujeres en todo momento, encañonándolas y amenazándolas. Quieren saber hasta cuándo van a quedarse allí. La encargada del grupo les dice que dentro de dos días un autobús pasará a recogerlas para regresar a la ciudad. Hasta entonces, piensan los atracadores, habrán podido arreglar el motor y el asunto del atraco se habrá “enfriado”; la policía ya no estará buscándoles por todas partes como ahora.

Nino y Walter son los más agresivos del trío, disfrutan haciendo sufrir a sus víctimas y son unos auténticos psicópatas, imprevisibles y feroces. Aldo, por su parte, es más calmado. Mantiene en todo momento la cabeza fría y da la impresión de ser el jefe y de tener la situación bajo control. Pronto una de las chicas empezará a fijarse en él, haciendo gala de un típico y tópico complejo de Estocolmo: “Tú no eres como tus amigos” le dice a Aldo, porque éste parece “un buen chico” comparado con sus cómplices.

Pero en realidad Aldo es tan maligno y execrable como los otros dos. Cuando los delincuentes se enteran de que la mujer que acompaña a las chicas es una monja, comienzan a mofarse de ella. Obligan a la hermana Cristina a que se ponga los hábitos, y para ello le arrancan el vestido de “civil” que llevaba puesto hasta el momento. Después la toquetean y hostigan sexualmente.

Las otras monjas del colegio tratan de ponerse en contacto con la villa. Quieren avisar a la hermana Cristina de que el autobús que debía recogerlas se retrasará un día. Pero no pueden hablar con ella porque los maleantes han cortado la línea telefónica. Así, deciden mandar un telegrama.

Esa noche, Nino y Walter sacan de la cama a Lucia, otra de las muchachas y la llevan al salón para violarla entre los dos. Cuando Cristina oye los gritos, acude a socorrer a su alumna, pero Aldo (el “buen chico”) la retiene para evitar que intervenga. Así, sus dos secuaces consuman la violación.

A la mañana siguiente llega el telegrama. Una de las chicas acude a recibir al cartero, mientras Walter la vigila escondido apuntándola con la pistola para evitar que les delate. Pero para entregar el telegrama, el cartero necesita una firma de la monja. La hermana Cristina se encamina a la puerta principal. Pero antes ha tenido tiempo de escribir una breve nota en un papelito pidiendo ayuda. Al firmar entrega discretamente la nota al cartero.

Waldo no se ha dado cuenta de que la monja le ha pasado una nota al empleado de Correos cuando ha ido a firmar. En ella, suponemos, Cristina ha escrito que están secuestradas. Waldo lee el telegrama y contento informa a sus compinches de que tienen un día más para hacer tiempo en la villa. A las chicas eso les parece una mala noticia, pues saben que eso significa que serán atormentadas durante otras 24 horas.

Las muchachas siguen acariciando la idea de escapar de allí, y ahora más que antes. Lucia, que fue violada la anterior noche, ya no aguanta más… Sólo las retiene el recuerdo de lo sucedido a la criada (cuyo cadáver con el cráneo destrozado a golpes finalmente vieron – El asesino lo exhibió a modo de disuasorio aviso.)

Cristina había esperado que rápidamente llegaran a la casa policías para rescatarlas y reducir a los criminales. Pero esos refuerzos ya tardan demasiado. ¿Habrá leído el cartero la nota?

Entretanto, la herida que Nino tiene en la pierna empeora considerablemente. Está infectada, y Nino ya no puede caminar. Sus compañeros están preocupados, porque en esas condiciones no podrá huir. La hermana Cristina le propone “un pacto” a Aldo, el más “presentable” del trío: Ella, que también fue enfermera, tratará de curar a Nino, y a cambio ellos las dejarán en paz y no volverán a molestar a ninguna de las chicas. Aldo acepta. ¿Pero será posible fiarse de él?

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Sherry Buchanan como Elisa

Comentario

Éste violentísimo thriller italiano tiene una temática muy similar a la de otras películas que vieron la luz por aquellos años. Tras el éxito de la estadounidense “The last house on the left” (Wes Craven, 1972) se rodaron varios films de tintes “exploitation” en Europa (mayormente en Italia) retomando y reciclando la trama de uno o varios delincuentes sin escrúpulos, que tras un atraco (o fugados de la cárcel) tomaban como rehenes a personas inocentes martirizándolas de las formas más variopintas. Entre éstas propuestas destacan las muy notables “Vacanze per un massacro” (Fernando Di Leo, 1980) y “Autostop rosso sangue” (Pasquale Festa Campanile, 1977). También “La casa sperduta nel parco” (Ruggero Deodato, 1980).

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En su título internacional en inglés, ésta „La settima donna“ es presentada como „Last house on the beach“ acoplándose así descaradamente a la “tradición” iniciada por el film de Wes Craven; uniéndose a la hilera de películas que son “la última casa” de algo y que comparten el mismo esquema argumental del subgénero de “delincuentes brutales que mantienen retenidos inocentes”.

En “La settima donna” llaman la atención ciertos ángulos de cámara (sobre todo en las secuencias iniciales, durante el atraco), y también alguna que otra escena donde las imágenes están trepidantemente montadas de forma que logran transmitir una angustia pesadillesca. Ello es uno de los factores que contribuye a hacer palpable el terror que las chicas debían soportar por parte de los sádicos intrusos.

Franco Prosperi, realizador transalpino asociado al infracine de serie B o Z, dirigiría unos años después dos películas de espada y brujería cuando se puso de moda en Italia hacer rip-offs de Conan el Bárbaro: “Gunan il Guerriero” (1982) y la muy interesante “Il Trono di Fuoco” (1983), con Pietro Torrisi y Sabrina Siani.

La hermana Cristina está interpretada por la brasileña Florinda Bolkan, habitual en producciones italianas de la época, quien aparece en la excelente “Non si sevizia un paperino” (Lucio Fulci, 1972) o como protagonista absoluta en el poco conocido pero interesante giallo “Le orme” (Luigi Bazzoni, 1975).

El anglo-italiano Ray Lovelock hace las veces de Aldo, “el buen chico” del trío criminal. Lovelock ha participado en “No profanar el sueño de los muertos” (Jorge Grau, 1974) en “Avere Vent´anni” (Fernando Di Leo, 1978) o en “Le Regine” (Tonino Cervi, 1970).

FHP, agosto de 2015

 

Gokuaku Bozu 4 – Takashi Harada, 1970

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Gokuaku Bozu nenbutsu sandangiri (a.k.a. „Gokuaku Bozu 4: Faithful youth“)

Japón, 1970

Director: Takashi Harada

Género: Chanbara, gendai-geki

Guión: Akira Murao, Koji Harada

Intérpretes: Tomisaburo Wakayama (Shinkai), Bunta Sugawara

Música: Toshiaki Tsushima

Argumento

Después de una veintena de años, el errante sacerdote budista Mikuni Shinkai regresa a la comarca de la cual es nativo, para visitar la tumba de su madre. Shinkai es un clérigo cuyo proceder no corresponde a los estereotipos: Jugador empedernido, amigo de la bebida y mujeriego; destaca además en la práctica de las artes marciales y está frecuentemente envuelto en peleas con bandidos y matones de taberna. Sin embargo, su carácter pendenciero y vividor (tan alejado del austero ideal budista) no le impide ayudar a los más humildes. Constantemente trata de luchar contra los abusos de poder de ciertos yakuza y empresarios corruptos.

De regreso en el pueblo donde se crió, lo primero que hace Shinkai es acudir a una casa de juego. Allí es testigo de que uno de los participantes en la timba está descaradamente haciendo trampa con los dados, y le reprende en público por ello; desenmascarándolo así ante todos los presentes. Poco después reconoce al fullero: Se trata de su viejo amigo Takegoro. Ambos crecieron juntos en esa localidad. Takegoro también se acuerda de Shinkai, quien ya de pequeño tenía la vocación de consagrarse al sacerdocio. Aunque le saluda con afecto, no le ha hecho ninguna gracia que revelase sus trucos ante todos los demás jugadores. A partir de ahora tendrá para siempre el “sanbenito” de tramposo, y ya nadie nunca más querrá jugar con él; piensa Takegoro. Por ello, para autocastigarse y purgar la humillación pública, Takegoro decide volarse uno de sus dedos disparándose un tiro con su escopeta.

Esa casa de juego pertenece a un clan de la Yakuza, y las rivalidades entre bandas están muy a la orden del día. El oyabun (máximo jefe) de una de esas familias fue recientemente asesinado por un homicida a sueldo de un grupo enemigo. El clan que ha perdido a su jefe está tramando su venganza. Los yakuza se dirigen a Takegoro y le proponen trabajar para ellos: Una jugosa recompensa le será pagada en metálico si elimina al asesino del oyabun: Todo indica que se trata de un sacerdote budista… llamado Shinkai. Takegoro queda sumamente sorprendido cuando le encargan como misión matar a su viejo amigo de la infancia. Los yakuza vieron cómo en la taberna Shinkai le increpó por sus trampas en los dados, y suponen por ello que Takegoro colaborará de buena gana; pero no saben que ya se conocían de antes.

Mientras tanto, Shinkai ha visitado la tumba de su madre y también ha ido a ver a la madre de Takegoro, que aún vive donde antes. La anciana (que es una especie de tía para él) le reconoce, se alegra de verle y le invita a tomar el te. Esa noche, Shinkai busca hospedarse en un monasterio. Una vez dentro le atiende una atractiva mujer, que le informa que el lugar donde están es un convento de monjas, donde normalmente no está permitida la presencia masculina. Pero con él decide hacer una excepción, al ser un religioso…

Por la noche, el libidinoso Shinkai se asoma al cuarto de la monja que le recibió (quien extrañamente tiene el cabello largo, cuando las monjas budistas se rapan la cabeza). Trata de tomarla, pero la monja es experta en artes marciales y le repele con contundencia. Se enzarzan en breve combate y Shinkai se da cuenta de que la mujer es en realidad una impostora, una ladrona que entró a robar en el convento vacío. Aprovechando un descuido de la falsa monja, Shinkai se lleva el botín de ésta y se marcha.

Shinkai llega a la cuenca de un río donde están realizándose las obras para un transvase. Cuando se da cuenta de que los trabajadores están siendo tratados casi como esclavos, se dispone a intervenir en su defensa: “No me importa si dos bandas de la yakuza se pelean entre ellas, pero si unos bandidos explotan a éstos pobres trabajadores tendrán que vérselas conmigo”.

El sacerdote todavía no sabe que hay un clan de la Yakuza que le ha puesto precio a su cabeza… Y también ignora que el ejecutor designado para acabar con él no es otro que su viejo amigo Takegoro…

Comentario

Éste episodio corresponde a la cuarta parte de la miniserie de cinco capítulos sobre el estrafalario sacerdote budista Shinkai, interpretado por Tomisaburo Wakayama (protagonista de la excelente hexalogía de Kozure Okami, donde da vida al ronin Ogami Itto, que recorre Japón con su pequeño hijo Daigoro en un carrito).

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Carátula de la segunda parte de la saga

La reseña en su día publicada sobre Gokuaku Bozu no es la primera parte dirigida por Kiyoshi Saeki (como consta erróneamente en la ficha) sino la quinta y última (Gokuaku Bozu – Nomu utsu kau a.k.a. “Wicked Priest – Drink, gamble and women” de 1971), realizada por Takeichi Saito.

Las películas sobre el mujeriego y jugador siervo de Buda no están a la altura de las otras grandes series fílmicas del género chanbara de los sesenta y setenta (como Zatoichi, la trilogía Hanzo the Razor o la ya mencionada Kozure Okami / “Lobo Solitario y su cachorro”), pero los dos episodios que hasta el momento he visto son sumamente entretenidos. Tomisaburo Wakayama y su hermano Shintaro Katsu protagonizaron esas excelentes series, basadas originalmente en comics manga.

Las historias del sacerdote Shinkai están ambientadas en una época ligeramente posterior a la de las otras series (que se desarrollan aún en tiempos del shogunato y son por tanto jidaigeki, o “películas de samurais”). En la época de Shinkai, la era Meiji, ya no existe la clase samurai. Las Gokuaku Bozu transcurren hacia finales del siglo XIX. Muchos de los personajes aún visten atuendos tradicionales japoneses como kimonos, pero algunos ya portan trajes de estilo occidental, con chaqueta y corbata. Ya no se gasta el clásico corte de pelo samurai, con la parte delantera de la cabeza rapada y la trasera con pelo largo recogido. Se ha prohibido portar espadas en público, pero varios de los personajes poseen armas de fuego (Takegoro tiene una escopeta). No hay ya samurais, ni daimyos ni ronins, pero sí tienen relevancia los bandidos yakuza, los nuevos industriales, y la recién nacida clase burguesa nipona.

FHP, agosto del 2015

La Piovra III – Capítulo 4

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Giulia (Giuliana De Sio) y Cattani (Michele Placido)

La Piovra III

(Aquí puede leerse la INTRODUCCIÓN A LA SAGA DE “LA PIOVRA”)

Italia, 1987

 Director: Luigi Perelli

Guión: Elio De Concini, Sandro Petraglia, Stefano Rulli

Intérpretes: Michele Placido (Comisario Corrado Cattani), Giuliana De Sio (Giulia Antinari), Alain Cuny (Nicola Antinari), Francisco Rabal (Abate Lovani), Remo Girone (Tano Cariddi), Pierre Vaneck (Carlo Antinari), Paul Guers (Gianfranco Laudeo), Franco Trevisi (Kemal Yfter), Francois Périer (Abogado Terrasini), Alice de Giuseppe (Greta Antinari) Adalberto Maria Merli (Dino Alessi)

Música: Ennio Morricone

Aquí puede leerse lo que sucedió en el capítulo anterior

Capítulo 4

Nicola Antinari, el viejo, vive en Sicilia. Su hijo Carlo, el atormentado banquero, se refugia en un islote cercano a la costa siciliana propiedad de la familia. La pequeña isla se llama Semio. El abogado Terrasini reaparece, y pretende hacer negocios con el viejo Antinari. Una especie de guardaespaldas del anciano, llamado Tano, sirve de intermediario entre ambos.

Por su parte, Corrado Cattani ha decidido dejarlo todo, y vivir su historia de amor con Giulia. Ambos deciden ir a la isla de Semio sin saber que el padre de ella ya se encuentra allí.

Dino Alessi pretende forzar al viejo Antinari a que acceda a cubrir las transacciones para posibilitar el tráfico de armas. Nicola decide traspasarle los plenos poderes a Alessi para que éste firne bajo su propia responsabilidad.

Cuando Giulia y Corrado llegan a la isla y entran en la villa, se encuentran con que Carlo Antinari cuelga ahorcado. Al parecer volvió a tratar de suicidarse, ésta vez con éxito. Pero Cattani pronto comienza a sospechar que no se trata de un suicidio: Ha descubierto una transferencia hecha por Carlo al extranjero, tenía pues intención de marcharse del país. Además poco después aparecen unos cassettes donde el banquero decía a su hija en una “carta hablada” que pronto pensaba “contarle todo” y que tenía nuevos planes para el futuro.

Alessi sigue presionando a Nicola; quiere el 11% de las acciones de la banca y entrar en el consejo de administración. Nicola accede a regañadientes, pero más tarde le dirá a su fiel Tano que habría que deshacerse de “ese gusano de Dino”..

Corrado y Giulia dejan la isla tras el entierro de Carlo, y se quedan en Sicilia unos días. En esa región son las fiestas patronales. Cattani se percata de que un coche los está siguiendo. Al día siguiente, desde la ventana del hotel, ve que también hay un individuo sospechoso vigilando. Corrado le aborda y tras desarmarlo le pregunta para quien trabaja: Ha sido mandado por el viejo Cattani para “proteger a la señorita”.

Giulia y Corrado van a una joyería para retirar un brazalete que Antinari había encargado para ella. Allí descubren que Antinari también había mandado hacer otro para una tal “Agripina”, y que esa joya fue pagada mediante un cheque firnado por Dino Alessi. Éste, mientras tanto, está en Roma y compra de manera harto discreta, unos misteriosos mapas (¿rutas para el tráfico de armas?) en las dependencias de cierto “profesor”.

Nicola vuelve a encargar a Tano que arregle un encuentro con Terrasini. A cambio de sus servicios, éste quiere entrar a formar parte de la banca en el consejo de administración y adquirir el 11% de las acciones; lo mismo que había pedido Alessi.

Cattani llega, junto a Giulia, al lugar donde el viejo Antinari cena con Terrasini y Tano. Cuando Cattani y el abogado se ven, es mutua la desagradable sorpresa.

Corrado le dice después a Nicola que su hijo no se suicidó, sino que fue asesinado. Con toda seguridad por órdenes de Alessi. El viejo, a quien el comisario nunca le ha sido demasiado simpático, se niega a admitirlo (aunque en el fondo sabe que tiene razón).

Giulia se queja de que Corrado siempre esté tan callado y pensativo, y que nunca le cuente lo que piensa. Poco después, Cattani se despide de ella y se dispone a partir rumbo a Milán. Le promete que cuando vuelva, le “contará todo”.

(Continuará)

FHP, 2015

 

Violación en las aulas – Fernando Di Leo, 1969

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Violación en las aulas (V.O. I ragazzi del massacro a.k.a. “Naked Violence”)

Italia, 1969

Director: Fernando Di Leo

Género: Giallo, polizziesco

Guión: Fernando Di Leo, Andrea Maggiore (basándose en una novela de Giorgio Scerbanenco)

Intérpretes: Pier Paolo Capponi (Duca), Nieves Navarro (Livia)

Música: Silvano Spadaccino

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Argumento

Un horrendo crimen ha sido perpetrado en una escuela. Ya durante los títulos de crédito vemos como durante unas clases, los alumnos se levantan de sus asientos y atacan a su maestra, violándola y asesinándola. El cadáver semidesnudo de la joven profesora lo dejan tirado sobre su mesa, con un trapo dentro de la boca (que le habían introducido para que no gritase mientras la agredían).

El colegio donde se ha cometido el salvaje acto era un centro para chicos conflictivos. Todos los menores responsables del homicidio son arrestados y conducidos a las dependencias policiales, pero se niegan a hablar, y se acusan unos a otros. El comisario Lamberti recibe la misión de esclarecer el caso. El está dispuesto a ir hasta el fondo del asunto, pero sus superiores desean archivar el caso cuanto antes, enviar a todos al reformatorio y evitar el escándalo mediático.

Lamberti sabe que si los chavales son mandados al reformatorio sin mayores indagaciones, dentro de un par de años estarán de nuevo todos en la calle. Son menores de edad, y si bien se trata de un crimen nauseabundo, no se les puede acusar con toda la dureza que se merecen. Además, la culpa repartida entre muchos casi podría llegar a diluirse. Si bien todos son responsables por haber estado presentes, el comisario está convencido de que unos son más culpables que otros, y de que es hasta probable que la acción estuviera premeditada y que existiera un cabecilla que organizara la violación, tortura y brutal asesinato de la maestra (acto que se prolongó durante más de una hora).

Así, Lamberti se dispone a interrogar uno por uno a todos los muchachos, cuyas edades oscilan entre los 13 y los 16 años. Las leyes no le permiten ser todo lo rígido que una situación como esa requeriría. Se trata de una chusma repugnante de violadores y asesinos (unos peores que otros), pero el comisario no puede tocarles un pelo…

Durante el bestial delito, los adolescentes consumieron una botella entera de anís, fuerte licor con una graduación etílica de 85. La botella vacía se encontró en el lugar de los hechos. Otra pista es una moneda de medio franco suizo. Por haber actuado bajo los efectos del alcohol (además del hecho de que son menores de edad) los chicos ya pueden contar con rebajas en sus penas (que ya de por sí serían ridículas).

Al despacho de Lamberti van compareciendo los alumnos que estaban en clase cuando se cometió el crimen. La inmensa mayoría de ellos son delincuentes habituales, incorregibles, carne de reformatorio, procedentes de familias desestructuradas o directamente crecidos en la calle. Uno a uno van desfilando ante el comisario, que debe hacer esfuerzos para controlarse, impotente ante la chulería, la desvergüenza y la falta de arrepentimiento de los pequeños monstruos. Ninguno admite responsabilidad. Todos dicen que “fueron los otros”. Sin embargo: Cuando Lamberti les va preguntando quién trajo la botella de anís a clase, la respuesta de los interrogados coincide. Acusan a su compañero Fiorello Grassi. Éste es el último llamado a comparecer. Y es el único que procede de una familia normal y que no tiene antecedentes penales. Fiorello se echa a llorar ante Lamberti y asegura que es inocente. Dice que no le extraña que todos se hayan puesto de acuerdo para señalarle a él, porque “siempre lo hacen”. Lamberti quiere saber por qué. “Porque… soy diferente” dice entre sollozos. Da implícitamente a entender que es homosexual. El comisario dice que le cree, que está convencido de que él no participó, pero le insta a que le cuente exactamente qué sucedió aquel día en el aula, que revele quiénes idearon y dirigieron el crimen. Pero Fiorello tiene miedo de hablar, dice que no es un “chivato”, y que si se va de la lengua le harán “algo peor de lo que le hicieron a la maestra”.

Lamberti intuye que Fiorello sabe algo más, algo realmente importante para el caso, y está seguro de que tarde o temprano confesará. El comisario se reafirma en su opinión de que no todos los muchachos están implicados por igual en el crimen y, aunque todavía no tiene pruebas, varios indicios le hacen suponer que la acción estuvo premeditada y que hubo uno, o un par de “líderes”.

En sus investigaciones (que parten de la moneda suiza hallada en el aula), Lamberti logra confirmar tras interrogar a parientes y conocidos de los muchachos que varios de ellos participaban en redes de contrabando a través de Suiza. “Esos chicos movían mucho dinero” aseguran varios testigos. “Los recogía un Porsche, e iban con frecuencia a Suiza” decían otros. También eran vistos habitualmente en compañía de adultos.

Uno de los días siguientes acontece un trágico suceso: Fiorello se precipita al vacío desde uno de los pisos superiores del reformatorio, cayendo al patio interior y muriendo en el acto. La versión oficial apunta a que se trata de suicidio. Teniendo en cuenta el estado histérico y el carácter nervioso e inestable del desgraciado ello no sería en absoluto descartable; pero Lamberti está convencido de que entre los demás alumnos acusados, entre sus compañeros, había más de uno con fuertes motivos para callarle por siempre…

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Comentario

Muy buen thriller del maestro Fernando Di Leo, “I Ragazzi del Massacro” es uno de sus primeros éxitos como director. Éste híbrido entre giallo y polizziesco contiene una dosis de crítica social (haciendo hincapié, como por ejemplo Enzo G. Castellari en “Il Grande Racket”, en la impunidad de la que gozan ciertos delincuentes y de la impotencia del sistema para encarar con eficiencia ese problema); y también recuerda en algunos aspectos al cine quinqui hispano (particularmente a Eloy de la Iglesia).

Mientras el cuerpo de policía y la magistratura se quieren quitar cuanto antes el caso de encima (mandándolos a todos al reformatorio, y que dentro de un par de años estén de nuevo en la calle para cometer nuevos crímenes), y mientras las altas instancias se lavan las manos y se quieren desentender de los pormenores del delito, el eficiente comisario Lamberti trabaja día y noche para averiguar qué pasó en realidad aquel infausto día en la escuela; quienes son los auténticos culpables y quienes son tan solo responsables. Lamberti piensa que muchos de esos chicos, implicados en la masacre de su profesora, forman una banda; y que probablemente tienen un jefe (adulto) que les ha incitado a cometer la salvajada.

Aunque el crimen es la primera escena que el espectador ve y por lo tanto podría pensarse que los violadores y asesinos se reconocen, no es así debido a los movimientos de cámara, los ángulos y los planos subjetivos. La tensión y el suspense no decaen en ningún momento.

“I Ragazzi del Massacro” está basada en una novela del escritor Giorgio Scerbanenco, y fue rodada en Milán al igual que el posterior film de Di Leo “Milano Calibro 9” (1972). Luis Enríquez Bacalov aún no se había convertido en inseparable colaborador musical de Di Leo, y la banda sonora de ésta película fue compuesta por Silvano Spadaccino.

FHP, agosto 2015

 

El peregrinaje de Zatoichi – Kazuo Ikehiro, 1966

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Zatoichi umi o wataru (a.k.a. “Zatoichi´s Pilgrimage”)

Japón, 1966

Director: Kazuo Ikehiro

Género: Chanbara, jidaigeki

Guión: Kaneto Shindo

Intérpretes: Shintaro Katsu (Zatoichi), Michiyo Ohkusu (Kichi), Isao Yamagata (Tohachi)

Música: Ichiro Saito

Argumento

A bordo de un barco donde se encuentra el masajista ciego Zatoichi, un ladrón roba la cartera de otro de los pasajeros. Cuando es descubierto, en lugar de devolverla avergonzado se jacta de su delito y golpea a diestro y siniestro a todos los presentes, en pendenciera actitud de extrema bravuconería. Zatoichi le reprende su comportamiento instándole a que devuelva lo robado, pero el fanfarrón continúa en sus trece, y se vuelve aún más agresivo. Cuando el ladrón desenvaina para matar al incómodo ciego, éste saca su espada y de un certero y fugaz tajo le amputa una de sus manos.

Tras la impactante escena inicial, Zatoichi llega a su destino, a la isla de Shikoku. Arrepentido de la vida llena de violencia y de sangre que a causa de las circunstancias se ha visto obligado a llevar, el errante masajista ciego piensa iniciar un peregrinaje por los 88 templos que allí se encuentran. Zatoichi nunca ha querido matar a una sola persona, pero a lo largo de su azarosa existencia y de sus peligrosas correrías no ha tenido otra alternativa que dejar muchos cadáveres a sus espaldas. Comienza por el templo dedicado a la deidad budista Konpira.

Continúa su camino a través de parajes idílicos del interior de la isla, de frondosos y verdes valles. Un jinete le sigue a distancia prudencial.

Cuando Zatoichi se dispone a cruzar un puente, el jinete desmonta de su caballo y tras confirmar que se trata de Zatoichi e identificarse él mismo como Eigoro, ataca al invidente peregrino. Ambos caen al río y luchan unos instantes bajo el agua. Poco después, Zatoichi arrastra el cuerpo de su adversario hasta la orilla, y le pregunta por qué había intentado matarlo. Pero Eigoro ya no puede responder, pues está muerto. Ichi prosigue su periplo a pie, y el caballo de Eigoro, ahora sin dueño, le sigue todo el tiempo unos pasos más atrás.

A partir de un cierto momento es Zatoichi quien sigue al caballo, pues el animal, con sus relinchos, parece estar indicándole un lugar al que quiere llevarle. Así, el masajista debe interrumpir su peregrinaje y llega hasta un poblado llamado Serigazawa, y una vez allí es conducido por el equino hasta la casa de su difunto amo. Cuando la hermana de Eigoro ve llegar al caballo solo, en compañía de un extraño, la joven intuye lo peor. Presa de la ira, la chica saca una katana e intenta matar a Zatoichi, pero consigue solamente hacerle un rasguño. Inmediatamente, sin embargo, se arrepiente de sus instintos homicidas y se dispone a curar al herido. La muchacha se llama Okichi, y le cuenta a Zatoichi que su hermano Eigoro había recibido el encargo de asesinarlo de un jefe local de la Yakuza, el temible Tohachi. Okichi sospecha que en realidad Tohachi quería desembarazarse de su hermano, porque lo veía como potencial obstáculo. Al enviarlo a luchar contra Zatoichi, sabía que Eigoro iba de cabeza a una muerte segura. Pero Eigoro no podía negarse a cumplir las órdenes de su jefe, pues había contraído con él enormes deudas en el juego.

Okichi y un granjero que habita en el poblado explican al recién llegado Zatoichi que el feroz Tohachi pretende extender su control sobre toda la zona, incluyendo la localidad de Serigazawa donde habitan. El jefe yakuza visita la casa del finado Eigoro, para amenazar a su hermana, pero ésta le explica desafiante que ha encontrado a un protector, un “amigo de su hermano”: Nada menos que el mismísimo Zatoichi. Los yakuza quedan anodadados al comprobar que el famoso ciego, que tan prodigiosamente maneja las armas blancas, se encuentra allí ante ellos.

El jefe del pueblo (o alcalde, para emplear una terminología más familiar) es un siempre riente individuo llamado Gonbei. Éste es consciente de que Tohachi pretende apoderarse de la localidad, incluídos sus campos de sandías. El oyabun (jefe yakuza) le pide que le ceda sus territorios a cambio de “protección”. Pero Gonbei, entre risitas, se opone a las intenciones de Tohachi. Gonbei dice estar “en contra de todo tipo de violencia”, pero en realidad lo que quiere es que Zatoichi haga todo el trabajo por él, que sea el portentoso espadachín ciego quien les resuelva los problemas combatiendo a Tohachi. Gonbei sabe que un enfrentamiento entre Zatoichi y los yakuza es inevitable, y que aún en el caso de que Ichi fuera derrotado, todavía podrían “sentarse a negociar” con Tohachi. El alcalde Gonbei, con sus risitas y su fachada de individuo ponderado y comedido es la viva imagen del maquiavélico político profesional moderno.

La dulce Okichi no guarda rencor alguno a Zatoichi, aunque éste matara a su hermano. Una vez más, como tantas otras, Zatoichi se vió empujado a ello por las circunstancias; se trataba de defensa propia: Matar o morir. Okichi comienza a enamorarse del errabundo y benevolente ciego; y éste también siente algo hacia ella (aunque sabe que tarde o temprano deberán separarse).

Tohachi anuncia que “al día siguiente” tomará posesión del poblado… y de Okichi como esposa. Zatoichi y Okichi tratan de reclutar voluntarios entre los aldeanos y campesinos del lugar, pero todos son un hatajo de pusilánimes. Gonbei, con su risita hipócrita, dice que no le “gusta la violencia” mientras poda tranquilamente su bonsai. Los otros, que “no sabemos luchar” o que “Tohachi nos conquistaría de todas maneras”. Okichi se indigna ante la cobardía y el derrotismo de sus vecinos. Zatoichi, por su parte, no está seguro de poder vencer él solo al numeroso grupo de forajidos, pero se dispone a enfrentarse a ellos…

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Comentario

Una de las mejores secuelas de Zatoichi, que si bien no está dirigida por Kenji Misumi (sino por Kazuo Ikehiro) sí está interpretada una vez más por el magistral Shintaro Katsu.

Es muy ilustrativa la actitud cobarde y rastrera de Gonbei y los pueblerinos, que no están dispuestos a luchar ni siquiera por defenderse a sí mismos, sino que esperan que otro, en éste caso Zatoichi, les saque las castañas del fuego. Gonbei se frota las manos y espera pacientemente y con una cínica sonrisa en los labios mientras los demás luchan y arriesgan sus vidas. Y gane quien gane, ya se “llegará a un acuerdo” con los vencedores. Eso recuerda poderosamente, ya no solo al comportamiento de los políticos profesionales, sino también y sobre todo al proceder de los banqueros modernos, que (como es sabido) suelen financiar a ambos bandos durante las guerras. Así, salga quien salga victorioso, la banca siempre gana, y las deudas (impagables) van creciendo… pero ese ya es otro tema.

Podría decirse que ésta “Zatoichi umi o wataru” posee además un mensaje de reminiscencias nitzschenianas, y eso es algo que la convierte en una película sumamente interesante.

El periplo espiritual de Zatoichi a través de Shikoku pareciera que se ve abortado desde que mata a Eigoro, llega a Serigazawa y se mete en directa confrontación con la yakuza local. Pero en realidad, el auténtico peregrinaje espiritual (para el que no hace falta visitar templos) comienza precisamente cuando el protagonista llega a Serigazawa…

Isao Yamagata (quien participó en “Los Siete Samurais” – 1954 – de Akira Kurosawa) destaca en el papel del peligroso oyabun Tohachi. El fiero jefe yakuza es un experto en el kyudo, el tiro con arco japonés.

FHP, agosto 2015

Zatoichi y el ajedrecista – Kenji Misumi, 1965

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Zatoichi jigoku tabi (a.k.a. “Zatoichi and the chess expert”)

Japón, 1965

Director: Kenji Misumi

Género: Chanbara, Jidaigeki

Guión: Daisuke Ito

Intérpretes: Shintaro Katsu (Zatoichi), Mikio Narita (Tadasu Jumonji)

Música: Akira Ifukube

Argumento

Zatoichi se dirige en ésta ocasión a la isla de Honshu. Durante el viaje, participa a bordo del barco en un juego de dados apostando con otros pasajeros. Éstos tratan de engañarlo, aprovechándose de su condición de ciego. Pero Ichi ya contaba con eso, y se les adelanta astutamente… Logra así ganar la partida final. El invidente masajista errante es un experto jugador de dados, y raras veces es derrotado en las apuestas. Además, sabe siempre defenderse, y cuando sus contrincantes no se resignan con haber perdido y tratan de retomar su dinero, Zatoichi los contiene sin necesidad siquiera de desenvainar su espada (una afilada hoja siempre oculta en la caña de bambú que usa como bastón de ciego). A dos que poco después le atacan en la cubierta, les quema en la cara con su pipa y casi les tira por la borda.

Durante el naval trayecto, Ichi conoce al samurai Tadasu Jumonji, un avezado jugador de ajedrez. Se hacen amigos y juegan varias partidas (sin hacer apuestas de dinero). El misterioso  Jumonji tiene una misión que cumplir, sobre la cual no da detalles al ciego vagabundo. En el barco también se encuentran, además de otros muchos viajeros, una mujer llamada Tane y una niña pequeña.

Más adelante, en Honshu, Zatoichi y Jumonji se hospedan en la misma posada. Allí, durante una nueva partida de ajedrez, el samurai se da cuenta de que no es justo que él tenga la facultad de ver mientras que su oponente sea ciego y no pueda contemplar los movimientos de las fichas. Así, Jumonji se coloca una venda en los ojos para que ambos estén en igualdad de condiciones. Resulta sumamente memorable verles jugar de ese modo: El tablero lo han colocado a un lado y ya no lo usan para nada, pero cada vez que a uno le llega su turno, dice en voz alta su “movimiento de fichas” y el otro, tras unos instantes para pensar su estrategia, contesta con el suyo. Nadie toca ya las fichas ni el tablero, no los necesitan, y se dedican a ejercitar un “ajedrez mental”. (Para lo que es necesario un prodigioso grado de concentración)

Mientras están enfrascados en la práctica de esa disciplina, unos individuos irrumpen estruendosamente en la estancia desenvainando sus katanas: Jumonji pensaba que iban a por él, pero en realidad los asesinos trataban de liquidar a Zatoichi. Los intrusos eran miembros de un clan de la Yakuza, que pretendían ajustarle las cuentas al invidente espadachín. Pero Zatoichi y el samurai logran repeler con éxito a sus atacantes. Sin embargo, la espada de uno de ellos cae desde la ventana a la calle, hiriendo en el pie a una niña que caminaba por allí en ese momento. Se trata de la misma pequeña que iba a bordo del barco en el que también llegaron a Honshu Zatoichi y Tadasu Jumonji.

La niña Miki comienza a padecer altas fiebres y su estado es sumamente grave. Para consternación de su tía Tane, la anciana chamán asegura que la herida se ha infectado, provocando el tétanos. Sólo una medicina muy cara y difícil de conseguir podrá salvar a la pequeña. Zatoichi, que se halla presente durante la visita de la chamán y que se siente responsable del accidente, se ofrece a partir en busca del milagroso remedio. Jumonji le acompañará “como guardaespaldas”.

Ichi trata de reunir el dinero en varias casas de juego, apostando a los dados, y participando en ferias locales. Cuando finalmente ha conseguido la suma, adquiere la preciada medicina y se dirige de vuelta a la posada… Pero durante el camino de regreso, es nuevamente atacado por la noche en una cañada por un grupo fuertemente armado. Una vez más vence a sus enemigos pero constata acongojado que ha perdido la caja con la medicina… Sin embargo, cuando tras varios minutos de búsqueda el abatido Ichi está a punto de darse por vencido, finalmente palpa la cajita. El espectador podía ver en todo momento que la cajita se encontraba junto a Zatoichi; sólo él, al ser ciego, no se daba cuenta. Tensa y conmovedora escena.

Tras serle aplicada la medicina a la niña, ella y su tía, acompañadas por Zatoichi y Jumonji, se dirigen a Hakone, en Kanagawa; una población famosa por sus aguas termales, que deberán contribuir a la completa recuperación de la pequeña.

De ese modo, tras tomar el remedio antitetánico y una vez en Hakone, Miki logra rápidamente reponerse. Para ella, el masajista ciego que le salvó la vida será a partir de ahora el “tío Ichi”. Miki le agradece con un infantil y sincero arigato lo que ha hecho por ella, y Zatoichi reacciona profundamente emocionado. Más adelante, la tía de la niña (que se llama Tane al igual que la mujer que Zatoichi amaba en las primeras entregas de sus aventuras) le cuenta al ciego que Miki es hija de un antiguo sacerdote shintoísta que colgó los hábitos para convertirse en bandido, y que fue matado durante una de sus correrías. Desde entonces su pequeña sobrina pasó a estar a su cargo.

A la misma posada también llegan un enfermizo noble llamado Sasagara, acompañado por su leal sirviente Roppei. A ellos pronto se une la hermana del primero, la bella Kume; que llegó ataviada con kimono de hombre creyendo así que su viaje sería más seguro. Ellos, igual que el enigmático experto ajedrecista Jumonji, tienen una importante misión que cumplir. Zatoichi es empleado como masajista por el convaleciente Sasagara.

Pocos días después, el criado Roppei es asesinado, estrangulado con una cuerda. Sasagara le revela a Zatoichi que el que mató a su sirviente no puede ser otro que el que segó la vida de su padre: Pues el progenitor del joven aristócrata fue asesinado años atrás y Roppei fue el único que vió la cara del homicida, el único que podría identificarlo. El objetivo del noble y de su hermana Kume es vengar la muerte de su padre, quien fue matado, añade Sasagara, “tras una partida de ajedrez”…

Zatoichi comienza a sospechar que su compañero de viaje, el misterioso samurai ajedrecista, tiene algo que ver con los asesinatos.

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Comentario

Una vez más, Shintaro Katsu realiza una brillante interpretación del masajista ciego Zatoichi, vagabundo con un ejemplar código ético y experto en las artes marciales.

Ésta doceava entrega de la serie de películas dedicadas a la figura de Zatoichi está dirigida por Kenji Misumi, indiscutible sensei del género chanbara.

Tras la partida de “ajedrez mental” (sin usar fichas ni tablero) entre Zatoichi y Jumonji, éste último comienza a practicar disciplinadamente el arte de la visualización… algo que según sus propias palabras le sirve para desarrollar la facultad de ver sin sus ojos, y de ver lo que sucede, por ejemplo, a sus espaldas. Desde que el samurai le expone eso a Zatoichi, está claro que ambos están destinados a enfrentarse tarde o temprano en un implacable duelo final (también en igualdad de condiciones)… Ichi ya le había contado que prefiere siempre evitar cualquier derramamiento de sangre, y aunque él no pertenece a la casta de los samurais (sino a la de los masajistas ciegos) sigue los honorables preceptos del bushido y nunca desenvaina la afilada hoja de su caña de bambú a menos que sea estrictamente necesario. A ello, el samurai ajedrecista repuso fríamente que él “mataba por matar”…

Pronto está claro que Jumonji asesinó al padre de Sasagara así como a Roppei; y Zatoichi se ve envuelto en medio de las hostilidades y de la sed de venganza entre su compañero de viaje, el noble Sasagara y su hermosa hermana con kimono de hombre. Mientras tanto, Tane comienza a encariñarse con Zatoichi y la pequeña Miki ve en él la figura de un padre…

(El ajedrez japonés que juega un papel tan importante en ésta película se llama shogi y es diferente al occidental: en lugar de figuras como peones, caballos y demás tiene fichas, como en el juego de las damas.)

 

FHP, 2015