El peregrinaje de Zatoichi – Kazuo Ikehiro, 1966

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Zatoichi umi o wataru (a.k.a. “Zatoichi´s Pilgrimage”)

Japón, 1966

Director: Kazuo Ikehiro

Género: Chanbara, jidaigeki

Guión: Kaneto Shindo

Intérpretes: Shintaro Katsu (Zatoichi), Michiyo Ohkusu (Kichi), Isao Yamagata (Tohachi)

Música: Ichiro Saito

Argumento

A bordo de un barco donde se encuentra el masajista ciego Zatoichi, un ladrón roba la cartera de otro de los pasajeros. Cuando es descubierto, en lugar de devolverla avergonzado se jacta de su delito y golpea a diestro y siniestro a todos los presentes, en pendenciera actitud de extrema bravuconería. Zatoichi le reprende su comportamiento instándole a que devuelva lo robado, pero el fanfarrón continúa en sus trece, y se vuelve aún más agresivo. Cuando el ladrón desenvaina para matar al incómodo ciego, éste saca su espada y de un certero y fugaz tajo le amputa una de sus manos.

Tras la impactante escena inicial, Zatoichi llega a su destino, a la isla de Shikoku. Arrepentido de la vida llena de violencia y de sangre que a causa de las circunstancias se ha visto obligado a llevar, el errante masajista ciego piensa iniciar un peregrinaje por los 88 templos que allí se encuentran. Zatoichi nunca ha querido matar a una sola persona, pero a lo largo de su azarosa existencia y de sus peligrosas correrías no ha tenido otra alternativa que dejar muchos cadáveres a sus espaldas. Comienza por el templo dedicado a la deidad budista Konpira.

Continúa su camino a través de parajes idílicos del interior de la isla, de frondosos y verdes valles. Un jinete le sigue a distancia prudencial.

Cuando Zatoichi se dispone a cruzar un puente, el jinete desmonta de su caballo y tras confirmar que se trata de Zatoichi e identificarse él mismo como Eigoro, ataca al invidente peregrino. Ambos caen al río y luchan unos instantes bajo el agua. Poco después, Zatoichi arrastra el cuerpo de su adversario hasta la orilla, y le pregunta por qué había intentado matarlo. Pero Eigoro ya no puede responder, pues está muerto. Ichi prosigue su periplo a pie, y el caballo de Eigoro, ahora sin dueño, le sigue todo el tiempo unos pasos más atrás.

A partir de un cierto momento es Zatoichi quien sigue al caballo, pues el animal, con sus relinchos, parece estar indicándole un lugar al que quiere llevarle. Así, el masajista debe interrumpir su peregrinaje y llega hasta un poblado llamado Serigazawa, y una vez allí es conducido por el equino hasta la casa de su difunto amo. Cuando la hermana de Eigoro ve llegar al caballo solo, en compañía de un extraño, la joven intuye lo peor. Presa de la ira, la chica saca una katana e intenta matar a Zatoichi, pero consigue solamente hacerle un rasguño. Inmediatamente, sin embargo, se arrepiente de sus instintos homicidas y se dispone a curar al herido. La muchacha se llama Okichi, y le cuenta a Zatoichi que su hermano Eigoro había recibido el encargo de asesinarlo de un jefe local de la Yakuza, el temible Tohachi. Okichi sospecha que en realidad Tohachi quería desembarazarse de su hermano, porque lo veía como potencial obstáculo. Al enviarlo a luchar contra Zatoichi, sabía que Eigoro iba de cabeza a una muerte segura. Pero Eigoro no podía negarse a cumplir las órdenes de su jefe, pues había contraído con él enormes deudas en el juego.

Okichi y un granjero que habita en el poblado explican al recién llegado Zatoichi que el feroz Tohachi pretende extender su control sobre toda la zona, incluyendo la localidad de Serigazawa donde habitan. El jefe yakuza visita la casa del finado Eigoro, para amenazar a su hermana, pero ésta le explica desafiante que ha encontrado a un protector, un “amigo de su hermano”: Nada menos que el mismísimo Zatoichi. Los yakuza quedan anodadados al comprobar que el famoso ciego, que tan prodigiosamente maneja las armas blancas, se encuentra allí ante ellos.

El jefe del pueblo (o alcalde, para emplear una terminología más familiar) es un siempre riente individuo llamado Gonbei. Éste es consciente de que Tohachi pretende apoderarse de la localidad, incluídos sus campos de sandías. El oyabun (jefe yakuza) le pide que le ceda sus territorios a cambio de “protección”. Pero Gonbei, entre risitas, se opone a las intenciones de Tohachi. Gonbei dice estar “en contra de todo tipo de violencia”, pero en realidad lo que quiere es que Zatoichi haga todo el trabajo por él, que sea el portentoso espadachín ciego quien les resuelva los problemas combatiendo a Tohachi. Gonbei sabe que un enfrentamiento entre Zatoichi y los yakuza es inevitable, y que aún en el caso de que Ichi fuera derrotado, todavía podrían “sentarse a negociar” con Tohachi. El alcalde Gonbei, con sus risitas y su fachada de individuo ponderado y comedido es la viva imagen del maquiavélico político profesional moderno.

La dulce Okichi no guarda rencor alguno a Zatoichi, aunque éste matara a su hermano. Una vez más, como tantas otras, Zatoichi se vió empujado a ello por las circunstancias; se trataba de defensa propia: Matar o morir. Okichi comienza a enamorarse del errabundo y benevolente ciego; y éste también siente algo hacia ella (aunque sabe que tarde o temprano deberán separarse).

Tohachi anuncia que “al día siguiente” tomará posesión del poblado… y de Okichi como esposa. Zatoichi y Okichi tratan de reclutar voluntarios entre los aldeanos y campesinos del lugar, pero todos son un hatajo de pusilánimes. Gonbei, con su risita hipócrita, dice que no le “gusta la violencia” mientras poda tranquilamente su bonsai. Los otros, que “no sabemos luchar” o que “Tohachi nos conquistaría de todas maneras”. Okichi se indigna ante la cobardía y el derrotismo de sus vecinos. Zatoichi, por su parte, no está seguro de poder vencer él solo al numeroso grupo de forajidos, pero se dispone a enfrentarse a ellos…

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Comentario

Una de las mejores secuelas de Zatoichi, que si bien no está dirigida por Kenji Misumi (sino por Kazuo Ikehiro) sí está interpretada una vez más por el magistral Shintaro Katsu.

Es muy ilustrativa la actitud cobarde y rastrera de Gonbei y los pueblerinos, que no están dispuestos a luchar ni siquiera por defenderse a sí mismos, sino que esperan que otro, en éste caso Zatoichi, les saque las castañas del fuego. Gonbei se frota las manos y espera pacientemente y con una cínica sonrisa en los labios mientras los demás luchan y arriesgan sus vidas. Y gane quien gane, ya se “llegará a un acuerdo” con los vencedores. Eso recuerda poderosamente, ya no solo al comportamiento de los políticos profesionales, sino también y sobre todo al proceder de los banqueros modernos, que (como es sabido) suelen financiar a ambos bandos durante las guerras. Así, salga quien salga victorioso, la banca siempre gana, y las deudas (impagables) van creciendo… pero ese ya es otro tema.

Podría decirse que ésta “Zatoichi umi o wataru” posee además un mensaje de reminiscencias nitzschenianas, y eso es algo que la convierte en una película sumamente interesante.

El periplo espiritual de Zatoichi a través de Shikoku pareciera que se ve abortado desde que mata a Eigoro, llega a Serigazawa y se mete en directa confrontación con la yakuza local. Pero en realidad, el auténtico peregrinaje espiritual (para el que no hace falta visitar templos) comienza precisamente cuando el protagonista llega a Serigazawa…

Isao Yamagata (quien participó en “Los Siete Samurais” – 1954 – de Akira Kurosawa) destaca en el papel del peligroso oyabun Tohachi. El fiero jefe yakuza es un experto en el kyudo, el tiro con arco japonés.

FHP, agosto 2015

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