Shokin Kasegi (Cazarrecompensas) – Shigehiro Ozawa, 1969

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Shokin Kasegi (a.k.a. Bounty Killer 1: Killer´s Mission)

Japón, 1969

Director: Shigehiro Ozawa

Género: Chambara, Jidaigeki

Intérpretes: Tomisaburo Wakayama (Ichibei), Junko Toda

Argumento

En 1752, el Shogun ha rechazado la compra de un arsenal de armas de fuego sumamente modernas procedentes de Holanda. Eran los años del sakoku, o aislamiento, y en el Japón regido por los Tokugawa se restringían severamente las transacciones comerciales con los extranjeros. El barco holandés, sin embargo, prosigue rumbo a las islas Ryukyu, donde busca proponerle el negocio al clan Satsuma. Al encontrarse los dominios de ese clan muy alejados del gobierno central de Edo, el feudo gozaba de mayor facilidad para eludir el control de los Tokugawa.

Los Satsuma sí muestran gran interés por las potentes armas occidentales. Muchos de sus funcionarios llegan a acariciar la idea de desafiar con ellas al gobierno central y hacerse con el poder. Con esa maniobra parece clara la intención de los holandeses: Instigar una guerra civil en Japón.

El Shogunato, consciente del peligro que entraña para el país una posible insurrección del importante clan Satsuma, contrata los servicios del cazarrecompensas Ichibei Shikoro para que evite que se consume la transacción.

Ichibei es un artista marcial prodigioso y un excelente espadachín. También un mujeriego empedernido. En una taberna conoce a una atractiva joven, que en realidad es una ninja al servicio del Shogunato, quien como él trata de infiltrarse en el clan Satsuma.

Ichibei debe contactar al chambelán de los Satsuma, Ijuin Ukyo, quien permanece fiel al gobierno central. Llega hasta él a través de uno de sus hombres, Tokuro.

Haciéndose pasar por ciego, Ichibei conoce a una chica llamada Akane, que trabaja para los Satsuma. El agente shogunal le dice a la muchacha que debe llevar un mensaje al samurai Nikaido (uno de los cabecillas de la insurrección), y ella lo guía hasta el campamento donde se encuentran los subversivos. Éstos ejecutan sin miramientos a todos aquellos sospechosos de espiar para los Tokugawa.

Nikaido no tarda en darse cuenta de que Ichibei no es en realidad un ciego, sino un astuto agente; e intenta liquidarlo. Pero el falso invidente logra zafarse de sus perseguidores.

La joven ninja que Ichibei conoció en la taberna es capturada por los Satsuma, tras sufrir una traición por parte de un delator. La atan y se disponen a torturarla para que revele las intenciones del gobierno central, amenazándola con quemarla viva. Pero ella simula estar muerta, finge haberse suicidado tras morderse la lengua (al parecer una típica forma femenina de quitarse la vida en el antiguo Japón: Las mujeres se amputaban la lengua con sus dientes ahogándose así con su propia sangre).

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Ichibei interviene y rescata a la muchacha, llevándola a las dependencias del chambelán Ijuin para que se recupere. Mientras tanto, Nikaido contrata los servicios de dos turbios individuos para que acaben con el agente secreto: Un estrafalario espadachín con corte de pelo irokés y un europeo con fusil apellidado Duncan.

Los holandeses, dirigidos por el capitán Segal, están a punto de cerrar el trato con el clan Satsuma, vendiéndoles toneladas de armas de fuego que el clan piensa emplear contra el gobierno central… Ichibei hará todo lo posible para evitarlo. Cree contar para ello con el apoyo de Ijuin; sin embargo éste tiene planeada una jugada que dejará perplejo al agente…

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Comentario

Ésta “Shokin Kasegi” es la primera parte de una trilogía que tiene por protagonista al carismático Ichibei Shikoro, interpretado por el gran Tomisaburo Wakayama (Ogami Itto en la hexalogía de Kozure Okami, Kiichi Hogan en la serie Oshi Samurai y Mikuni Shinkai en los films del Gokuaku Bozu / Wicked Priest).

En realidad, más que un cazarrecompensas, Ichibei es un agente secreto; un espía experto en artes marciales, una especie de “James Bond” nipón (Y en ésta entrega no sólo tiene una “chica Bond”, sino incluso dos).

El film está repleto de acción, combates, luchas cuerpo a cuerpo y enfrentamientos con espadas. Hay un “homenaje” más que evidente a Zatoichi, pues Ichibei durante algún tiempo se hace pasar por masajista ciego (imitando con acierto a su hermano Shintaro Katsu). Una de las armas del Shokin Kasegi es de hecho un bastón de caminar que oculta en su interior una afilada hoja de espada, análogamente a la caña que usa Zatoichi.

La película tiene en general un tono desenfadado y humorístico, similar a los films sobre el pendenciero sacerdote budista Shinkai (la serie Gokuaku Bozu, también protagonizada por Wakayama).

Existe algún que otro anacronismo “cronológico”, pues los rifles que los holandeses tratan de vender poseen mira telescópica de alta precisión, y la trama está ambientada en 1752… cuando sin embargo esa clase de rifles no aparecería hasta alrededor de 1835. Además, el aspecto de los oficiales occidentales, sus uniformes y peinados, parecen más del siglo XIX que del XVIII.

La banda sonora recuerda por momentos al italo-western (particularmente durante el duelo entre Ichibei e Ijuin), y en otras ocasiones tiene acordes “pre-setenteros”, típicos de la época en la que fue rodada la película.

Llama la atención que los títulos de crédito estén en alemán (tal vez se trate de una co-producción con Alemania), y que el personaje principal, Ichibei, tenga inexplicablemente en la ficha sobre la película de imdb un nombre chino (“Ling Fung”).

“Shokin Kasegi” resulta amena y entretenida, al estilo de “Gokuaku Bozu”, sin alcanzar el altísimo nivel de otras películas de Tomisaburo como la saga de “Kozure Okami” (Lone Wolf and Cub) o la fabulosa serie sobre el samurai mudo Kiichi Hogan.

FHP, septiembre de 2015

Zatoichi senryo-kubi (“Zatoichi y el baúl del oro”) – Kazuo Ikehiro, 1964

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Zatoichi senryo-kubi (a.k.a. “Zatoichi and the chest of gold”)

Japón, 1964

Director: Kazuo Ikehiro

Género: chanbara, jidaigeki

Guión: Minoru Inuzuka

Intérpretes: Shintaro Katsu (Zatoichi), Tomisaburo Wakayama (Joshiro)

Música: Ichiro Saito

Argumento

Ichi, el masajista ciego, llega a la ciudad de Itakura para honrar la memoria de un viejo conocido allí sepultado. Un año atrás, Zatoichi se vio obligado a matar en combate a aquel hombre, pues ambos habían tomado partido por dos bandos opuestos durante una contienda. En Itakura, Ichi es reconocido por la hermana del difunto. La joven Chiyo comienza a acecharle, con la esperanza de tener la oportunidad de vengarse.

En las inmediaciones del cementerio que el masajista acaba de visitar, los campesinos locales están celebrando una fiesta. Todos están exultantes de gozo, pues pese a la sequía que azota la zona finalmente han logrado reunir la cantidad de oro que el señor feudal de aquellas tierras exige como tributo. Zatoichi se une a los alegres pueblerinos y participa de su jolgorio, tocando junto a ellos el tradicional tambor.

Al mismo tiempo, unos ronin convertidos en bandidos han preparado un golpe y se disponen a llevarlo a la práctica: Su plan consiste en hacerse con el oro que los campesinos han juntado con enorme esfuerzo para pagar sus impuestos. El líder de la banda es el imponente Joshiro.

Cuando los labriegos portan el cofre destinado a las arcas del daimyo, son asaltados y los bandidos les arrebatan el oro. Tres de ellos ven a Zatoichi en las inmediaciones, y pensando que puede llegar a delatarlos (no se dan cuenta de que es ciego) intentan liquidarlo, pero el masajista con su espectacular dominio de la espada rápidamente los elimina a ellos.

Los campesinos están desesperados al haber perdido el oro con el que debían pagar a su señor. Como Zatoichi se hallaba cerca, y no es oriundo del área, su presencia de inmediato levanta las suspicacias de los vecinos de Itakura. Rápidamente se extiende el rumor de que él es uno de los ladrones. A difundir tal calumnia contribuye la hermana del hombre que Ichi mató en combate el año anterior.

El inflexible daimyo no cree al portavoz de los aldeanos, quien asegura entre lágrimas que los impuestos para él recaudados fueron saqueados por unos bandidos. El terrateniente concede 10 días de plazo para que los campesinos le entreguen el oro, de lo contrario deberán atenerse a las consecuencias…

Mientras tanto, Zatoichi es circundado por los lugareños. Éstos, exaltados y furibundos, le acusan directamente del robo y afirman “tener testigos”. Ichi les asegura que se trata de un error, y promete aclarar lo sucedido. El invidente masajista se entera de que los tres hombres que le atacaron y que él mató en defensa propia pertenecían al grupo del oyabun Chuji, por él conocido. Ese jefe yakuza tiene un refugio en las montañas, y hasta allí acude Ichi para tratar de arrojar luz al asunto. El oyabun era famoso en la región como benefactor de los humildes contra los abusos del severo daimyo, y por ello Ichi no se explica cómo sus hombres han podido cometer tal injusticia. Chuji, por su parte, está muy indignado con el masajista por haber éste acabado con tres de sus mejores espadachines. Cuando Ichi le expone lo sucedido y le pide explicaciones por el robo que tanto ha perjudicado a los campesinos, el oyabun reacciona sumamente extrañado y afirma no tener nada que ver. Así, Zatoichi entiende que los tres bandidos que le atacaron actuaron “por libre”, y que probablemente el cerebro del golpe es un yakuza desleal hacia su oyabun…

Efectivamente, el que ha tramado y ejecutado el robo a espaldas del benefactor popular Chuji es el ronin Joshiro, un individuo sin escrúpulos que destaca en el manejo del látigo. Zatoichi deberá emplearse a fondo para encontrarlo y enfrentarse a él, localizar el paradero del oro, devolvérselo a los legítimos propietarios y limpiar su nombre ante los habitantes de Itakura que injustamente le acusan de la fechoría.

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Comentario

Ésta es la sexta parte de una veintena de películas rodadas a lo largo de los años sesenta sobre las aventuras del ciego espadachín Zatoichi. Siempre movido por profundas convicciones y por su férreo sentido del honor, en ésta ocasión Ichi debe esclarecer el robo cometido a unos humildes campesinos para demostrar que él no tuvo relación alguna con el delito. Dos intrigantes mujeres, la astuta Ogin y la jovencita Chiyo (hermana del guerrero que el año anterior mató Zatoichi) tratarán de obstaculizar que el masajista invidente cumpla su loable propósito.

La ética de Zatoichi concuerda a la perfección con la del Bushido, aunque él está lejos de pertenecer a la casta samurai. Paradójicamente, muchos de los samurai “de nacimiento” y ronins (samurais errantes sin amo) que aparecen en éstas jidaigeki ignoran sistemáticamente los honorables preceptos del código Bushido; y es en cambio un vagabundo masajista ciego (perteneciente a una de las castas más bajas de la sociedad, casi comparable a la de los shudras o “intocables” de la India) quien mejor encarna esos divinos principios. Se nota pues que el Japón feudal de la era Tokugawa estaba ya en plena decadencia y se aproximaba a pasos agigantados a su fin (ésta película, como las demás de la serie de Zatoichi, está ambientada en los años ´40 del siglo XIX). No sólo la penetración occidental contribuyó a la caída del shogunato, sino también la degeneración de las clases altas (daimyos y samurais) y la corrupción de los poderosos (algo que también se aprecia en la trilogía sobre Kamisori Hanzo / “Hanzo the Razor” / Goyokiba previamente aquí reseñada – donde igualmente el magnífico Shintaro Katsu es el protagonista.

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Zatoichi (Katsu) y Joshiro (Wakayama)

En “The chest of gold” tenemos el raro privilegio de ver enfrentados en la misma película a los dos grandes del género chanbara: Por un lado Shintaro Katsu como el heróico Zatoichi y por el otro su hermano Tomisaburo Wakayama (Ogami Itto en Kozure Okami / “Lone Wolf and Cub”) como su antagonista el malvado ronin Joshiro. Del mismo modo que en “Zatoichi´s Pilgrimage” (también dirigida por Kazuo Ikehiro) su oponente Tohachi (Isao Yamagata) tiene como particularidad su pericia con el kyudo (tiro con arco), aquí Joshiro destaca en el uso de otro arma o técnica combativa: La del látigo.

FHP, agosto de 2015

 

Gokuaku Bozu 4 – Takashi Harada, 1970

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Gokuaku Bozu nenbutsu sandangiri (a.k.a. „Gokuaku Bozu 4: Faithful youth“)

Japón, 1970

Director: Takashi Harada

Género: Chanbara, gendai-geki

Guión: Akira Murao, Koji Harada

Intérpretes: Tomisaburo Wakayama (Shinkai), Bunta Sugawara

Música: Toshiaki Tsushima

Argumento

Después de una veintena de años, el errante sacerdote budista Mikuni Shinkai regresa a la comarca de la cual es nativo, para visitar la tumba de su madre. Shinkai es un clérigo cuyo proceder no corresponde a los estereotipos: Jugador empedernido, amigo de la bebida y mujeriego; destaca además en la práctica de las artes marciales y está frecuentemente envuelto en peleas con bandidos y matones de taberna. Sin embargo, su carácter pendenciero y vividor (tan alejado del austero ideal budista) no le impide ayudar a los más humildes. Constantemente trata de luchar contra los abusos de poder de ciertos yakuza y empresarios corruptos.

De regreso en el pueblo donde se crió, lo primero que hace Shinkai es acudir a una casa de juego. Allí es testigo de que uno de los participantes en la timba está descaradamente haciendo trampa con los dados, y le reprende en público por ello; desenmascarándolo así ante todos los presentes. Poco después reconoce al fullero: Se trata de su viejo amigo Takegoro. Ambos crecieron juntos en esa localidad. Takegoro también se acuerda de Shinkai, quien ya de pequeño tenía la vocación de consagrarse al sacerdocio. Aunque le saluda con afecto, no le ha hecho ninguna gracia que revelase sus trucos ante todos los demás jugadores. A partir de ahora tendrá para siempre el “sanbenito” de tramposo, y ya nadie nunca más querrá jugar con él; piensa Takegoro. Por ello, para autocastigarse y purgar la humillación pública, Takegoro decide volarse uno de sus dedos disparándose un tiro con su escopeta.

Esa casa de juego pertenece a un clan de la Yakuza, y las rivalidades entre bandas están muy a la orden del día. El oyabun (máximo jefe) de una de esas familias fue recientemente asesinado por un homicida a sueldo de un grupo enemigo. El clan que ha perdido a su jefe está tramando su venganza. Los yakuza se dirigen a Takegoro y le proponen trabajar para ellos: Una jugosa recompensa le será pagada en metálico si elimina al asesino del oyabun: Todo indica que se trata de un sacerdote budista… llamado Shinkai. Takegoro queda sumamente sorprendido cuando le encargan como misión matar a su viejo amigo de la infancia. Los yakuza vieron cómo en la taberna Shinkai le increpó por sus trampas en los dados, y suponen por ello que Takegoro colaborará de buena gana; pero no saben que ya se conocían de antes.

Mientras tanto, Shinkai ha visitado la tumba de su madre y también ha ido a ver a la madre de Takegoro, que aún vive donde antes. La anciana (que es una especie de tía para él) le reconoce, se alegra de verle y le invita a tomar el te. Esa noche, Shinkai busca hospedarse en un monasterio. Una vez dentro le atiende una atractiva mujer, que le informa que el lugar donde están es un convento de monjas, donde normalmente no está permitida la presencia masculina. Pero con él decide hacer una excepción, al ser un religioso…

Por la noche, el libidinoso Shinkai se asoma al cuarto de la monja que le recibió (quien extrañamente tiene el cabello largo, cuando las monjas budistas se rapan la cabeza). Trata de tomarla, pero la monja es experta en artes marciales y le repele con contundencia. Se enzarzan en breve combate y Shinkai se da cuenta de que la mujer es en realidad una impostora, una ladrona que entró a robar en el convento vacío. Aprovechando un descuido de la falsa monja, Shinkai se lleva el botín de ésta y se marcha.

Shinkai llega a la cuenca de un río donde están realizándose las obras para un transvase. Cuando se da cuenta de que los trabajadores están siendo tratados casi como esclavos, se dispone a intervenir en su defensa: “No me importa si dos bandas de la yakuza se pelean entre ellas, pero si unos bandidos explotan a éstos pobres trabajadores tendrán que vérselas conmigo”.

El sacerdote todavía no sabe que hay un clan de la Yakuza que le ha puesto precio a su cabeza… Y también ignora que el ejecutor designado para acabar con él no es otro que su viejo amigo Takegoro…

Comentario

Éste episodio corresponde a la cuarta parte de la miniserie de cinco capítulos sobre el estrafalario sacerdote budista Shinkai, interpretado por Tomisaburo Wakayama (protagonista de la excelente hexalogía de Kozure Okami, donde da vida al ronin Ogami Itto, que recorre Japón con su pequeño hijo Daigoro en un carrito).

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Carátula de la segunda parte de la saga

La reseña en su día publicada sobre Gokuaku Bozu no es la primera parte dirigida por Kiyoshi Saeki (como consta erróneamente en la ficha) sino la quinta y última (Gokuaku Bozu – Nomu utsu kau a.k.a. “Wicked Priest – Drink, gamble and women” de 1971), realizada por Takeichi Saito.

Las películas sobre el mujeriego y jugador siervo de Buda no están a la altura de las otras grandes series fílmicas del género chanbara de los sesenta y setenta (como Zatoichi, la trilogía Hanzo the Razor o la ya mencionada Kozure Okami / “Lobo Solitario y su cachorro”), pero los dos episodios que hasta el momento he visto son sumamente entretenidos. Tomisaburo Wakayama y su hermano Shintaro Katsu protagonizaron esas excelentes series, basadas originalmente en comics manga.

Las historias del sacerdote Shinkai están ambientadas en una época ligeramente posterior a la de las otras series (que se desarrollan aún en tiempos del shogunato y son por tanto jidaigeki, o “películas de samurais”). En la época de Shinkai, la era Meiji, ya no existe la clase samurai. Las Gokuaku Bozu transcurren hacia finales del siglo XIX. Muchos de los personajes aún visten atuendos tradicionales japoneses como kimonos, pero algunos ya portan trajes de estilo occidental, con chaqueta y corbata. Ya no se gasta el clásico corte de pelo samurai, con la parte delantera de la cabeza rapada y la trasera con pelo largo recogido. Se ha prohibido portar espadas en público, pero varios de los personajes poseen armas de fuego (Takegoro tiene una escopeta). No hay ya samurais, ni daimyos ni ronins, pero sí tienen relevancia los bandidos yakuza, los nuevos industriales, y la recién nacida clase burguesa nipona.

FHP, agosto del 2015

Serie „Oshi Samurai“ („El Samurai Mudo“) con Tomisaburo Wakayama

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Serie jidaigeki „Oshi Samurai“ („El Samurai Mudo“) con Tomisaburo Wakayama

Tras el éxito de la saga sobre Zatoichi (el masajista ciego y experto espadachín que recorre el Japón decimonónico “desfaziendo entuertos”), el protagonista Shintaro Katsu lanzó en 1973 una serie de televisión de 26 capítulos que sería protagonizada por su hermano Tomisaburo Wakayama. Ésta vez, el personaje principal ya no sería un justiciero ciego… sino uno mudo: “Oshi Samurai”.

Kiichi Hogan (“Magistrado del Demonio”) es el nombre por el cual el siempre silencioso ronin es conocido. Su padre (Yanagida Toemon) era un funcionario shogunal, un honesto e incorruptible magistrado que se opuso a comerciantes sin escrúpulos y a la influencia mercantil procedente del exterior. Por su tenaz lucha contra las transacciones ilegales y especulativas fue asesinado por un mercader español; un tal González. Éste además violó a la novia de Yanagida Kennosuke ante sus ojos, y después le rajó a él la garganta, dándole por muerto. Pero Kennosuke (alias Kiichi Hogan) sobrevivió, aunque al ser dañadas sus cuerdas vocales perdió para siempre su facultad de hablar… transformándose así en el Oshi Samurai – el Samurai Mudo, sediento de venganza.

Desde entonces, Kiichi vaga por todo Dai Nippon buscando sin descanso a González, y enfrentándose mientras tanto a todos los maleantes y corruptos que se cruzan en su camino. Pues del mismo modo que el ciego Zatoichi se ganaba el pan desempeñando la tarea de masajista, el mudo Kiichi es un implacable shokin kasegi – un cazarrecompensas. Lo que ambos tienen en común (además de padecer una tara física) es el prodigioso manejo la espada, que en manos tanto del uno como del otro se desenvaina, golpea y se vuelve a envainar con la precisión y la velocidad del rayo.

El argumento de “Oshi samurai” resulta reminiscente al del italo-western “Il Grande Silenzio” de Sergio Corbucci (1968), donde el héroe es un solitario pistolero mudo (Jean Louis Trintignant), que busca vengarse de un malvado forajido (Klaus Kinski).

Aunque los atuendos tradicionales y todo en la apariencia de los personajes japoneses y ciudades es idéntico a la estética de la saga Zatoichi, es de suponer que la serie “Oshi Samurai” está ambientada en una época bastante anterior (probablemente hacia mitades del siglo XVII). Pues en 1639 las autoridades del shogunato Tokugawa habían decretado el sakoku, o aislamiento total, para blindarse de la perniciosa influencia que los mercaderes extranjeros (como el tal González) ejercían sobre el país del Sol Naciente. Ello también provocó que el cristianismo (traído por misioneros portugueses y españoles) fuera prohibido desde entonces, pues el shogunato contemplaba a esa religión “globalista” como una especie de “caballo de Troya”, una amenaza a la estabilidad nacional. En “Oshi Samurai” aparecen europeos (navegantes, mercaderes…) e iglesias cristianas, lo que implica que el sakoku todavía no había sido implementado. Desde el siglo XVII hasta la abolición del shogunato en 1868, año de la proclamación de la Era Meiji y de la apertura al mundo exterior, Japón quedó “congelado en el tiempo”, por ello las vestimentas, la arquitectura y las armas son idénticas en “Oshi samurai” y en “Zatoichi”, que está ambientada dos siglos después.

ACTUALIZACIÓNEscribí el párrafo anterior habiendo visto sólo los dos primeros capítulos. Tras visionar la serie al completo, debo corregir la impresión inicial: “Oshi Samurai” está ambientada (al igual que Zatoichi) en los últimos años del Shogunato, cuando Japón volvía tímidamente a abrirse al mundo, y no antes del sakoku. La historia de Kiichi Hogan se desarrolla a lo largo de los años 40 del siglo XIX. (En posteriores episodios aparecen con frecuencia armas de fuego, y aproximadamente a partir del capítulo 15 Kiichi posee un revólver al estilo del Oeste americano, que usa con la misma destreza que su katana).

El sakoku tuvo cosas positivas (como la preservación durante muchas décadas de la soberanía nacional), pero finalmente también negativas: Pues mientras los occidentales habían evolucionado mucho a nivel tecnológico, los japoneses seguían estancados con unos sistemas de defensa demasiado arcaicos: Así, no les fue posible defenderse con sus katanas y lanzas de los cañonazos del comodoro Perry – De manera paradójica, el férreo aislamiento que debía asegurarles la conservación de su soberanía contribuyó finalmente a lo contrario.

“Oshi Samurai”, emitida en la televisión japonesa entre 1973 y 1974, estuvo producida por Shintaro Katsu (intérprete de los inolvidables Zatoichi y “Hanzo el Navaja”), quien dirigió además el primer capítulo. Katsu también participa como actor en el rol secundario del misterioso Manji, quien sigue a Kiichi desde el primer capítulo por un motivo que poco a poco se irá esclareciendo.

Además. Shintaro Katsu es el intérprete de la canción que acompaña a los títulos de crédito (con la música compuesta por Isao Tomita).

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Tomisaburo Wakayama (quien encarna a Ogami Itto en Kozure Okami y al pendenciero sacerdote budista Shinkai en Gokuaku Bozu) da vida al hierático e imperturbable Kiichi Hogan, el rapado samurai mudo. Siendo como su hermano Shintaro Katsu un rostro habitual en las jidaigeki de los años sesenta y setenta, Wakayama practicó artes marciales para meterse mejor en los papeles que interpretaba. Entrenó en las disciplinas del kendo y el iaido, aprendiendo el manejo de la katana, y era además cinturón negro de judo. Jamás usó dobles en las escenas de acción, ni tampoco durante el rodaje de combates y la lucha con espadas.

La idea de hacer una serie televisiva chanbara sobre un samurai mudo parte de Hideo Gosha (probablemente inspirado por la corbucciana “Il Grande Silenzio”). Gosha fue un gran director del género jidaigeki que cuenta en su filmografía con excelentes películas como Sanbiki no samurai a.k.a. “Three outlaw samurai” (1964), Hitokiri (1969) o el epos yakuza Sussho Iwai a.k.a. “The Wolves”(1971). En Hitokiri, Shintaro Katsu comparte cartel con Yukio Mishima, el famoso escritor que un año después se practicaría el seppuku y que en esa película participa interpretando al samurai Tanaka Shinbei.

La excelente banda sonora de Oshi Samurai fue compuesta por el célebre Isao Tomita, pionero de la música electrónica con sintetizadores y el “ambient” (especialmente la space music, que evoca viajes espaciales y la reconditez del cosmos – por lo que sus composiciones con frecuencia fueron usadas para films de ciencia ficción). Tomita creó también la música de la segunda parte de la trilogía de Goyokiba (“Hanzo the Razor: The Snare”).

La atmósfera en Oshi samurai es tan oscura, violenta y melancólica como en los mejores westerns de Sergio Leone. Los 26 capítulos de la serie (de una duración aproximada de 45 minutos cada uno) sí están relacionados entre sí (el hilo conductor es la búsqueda de González), por lo que no es recomendable verlos de manera salteada (como sí es posible, por ejemplo en el caso de Zatoichi).

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En “Oshi Samurai”, Tomisaburo Wakayama tiene un aspecto bastante diferente al que presenta como Ogami Itto en “Lone Wolf and Cub”. Ogami lleva el pelo largo, recogido al tradicional estilo samurai, tiene las cejas muy espesas y no luce bigote. En cambio, Kiichi tiene el pelo muy corto (al principio lleva la cabeza rapada), tiene un fino bigote y casi siempre porta un gran sombrero a modo de protección solar. Es muy curioso el detalle de que se ha instalado un espejo retrovisor en su sombrero, de modo que sin girarse puede ver llegar a los enemigos que tiene a sus espaldas.

Además del enorme sombrero, el característico atuendo del cazarrecompensas también incluye un poncho y unos guantes de cuero, así como una malas (rosario budista) enrrollada en la muñeca izquierda y un pañuelo en el cuello que sirve para ocultar la gran cicatriz. Dos fieles animales suelen acompañar al mudo justiciero (y tienen incluso algún rol vital en más de un capítulo): Su caballo negro y su perrito blanco.

Los DVDs de la serie “Oshi samurai”, incluyendo todos los episodios, se pueden conseguir a través de Fareastflix.com.

Una serie occidental que en cierto modo recuerda por su parecido estilístico a “Oshi Samurai” es la franco-británica “Guillermo Tell” (“Crossbow” en versión original), rodada a partir de 1987 y emitida en España por vez primera alrededor de 1993. En la versión televisiva sobre las medievales peripecias del legendario ballestero suizo (interpretado por Will Lyman), éste también vive una aventura diferente en cada capítulo, enfrentándose al villano Gessler (Jeremy Clyde). Los episodios de “Guillermo Tell”, sin embargo, son mucho más cortos; pero la serie es bastante más larga que “Oshi Samurai”, llegando a tener varias temporadas. Al igual que las aventuras del cazarrecompensas mudo cuentan con la fantástica banda sonora de Isao Tomita, la serie de Guillermo Tell también tiene una música estupenda (y bastante ochentera), compuesta por el polaco Stanislas Syrewicz.

Escena del capítulo 15 – Kiichi Hogan lucha contra varios enemigos

Lone Wolf and Cub / Kozure Okami (Parte VI): “Nieve blanca en el infierno” – Yoshiyuki Kuroda, 1974

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El lobo solitario y su cachorro: ¡ahora vamos al infierno, Daigorō! a.k.a. “Nieve blanca en el infierno” (V.O. Kozure Ōkami: Jigoku e ikuzo! Daigoro / T.I. “Lone Wolf and Cub: White Heaven in Hell”)

Japón, 1974

Director: Yoshiyuki Kuroda

Género: Chambara, Jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Goseki Kojima, Tsutomu Nakamura

Intérpretes: Tomisaburo Wakayama (Itto Ogami), Akihiro Tomikawa (Daigoro), Junko Hitomi (Kaori Yagyu), Goro Mutsumi (Ozunu), Minoru Oki (Retsudo Yagyu), Isao Kimura (Hyoei)

Música: Kunihiko Murai

Argumento

Retsudo Yagyu comparece ante el shogun, quien le reprende por no haber todavía eliminado al fugitivo Itto Ogami. El shogun advierte que tiene la intención de declarar a Ogami como enemigo del estado, ordenando a todos los clanes de todas las provincias de Japón dar caza al ronin-mercenario conocido como el Lobo Solitario. Si ello sucede, los Yagyu serán el hazmerreír en todo el país, pues serán vistos a escala nacional como unos inútiles que desaprovecharon todas las oportunidades, que no han podido derrotar nunca al Kozure Okami y su cachorro (un solo hombre y su hijo de cuatro años).

Para evitar tal oprobio, Retsudo decide enviar a su hija Kaori, la más joven, para que intente acabar con Ogami. Ella debe vengar a sus tres hermanos mayores, caídos en combate contra el ex-kaishakunin. Kaori es experta en el uso de los puñales, y es capaz de realizar malabares con ellos. Se ejercita en las artes marciales con hombres del clan, y los mata durante los entrenamientos. Esos samurais parecen estar orgullosos de perder la vida de ese modo, ayudando a su ama a perfeccionar su técnica.

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Kaori se pone en marcha para encontrar a padre e hijo. Los espías del clan van dejando para ella mensajes y noticias en las veredas: “El Lobo va hacia el oeste” “El Lobo va hacia el norte”, etc. Lo cierto es que Ogami se dirige hacia Edo. En dirección a la capital, acude a visitar el cementerio donde yacen los restos de su esposa, asesinada por los ninjas de Retsudo en el marco de la conspiración en su contra que le convirtió en proscrito. Ogami y su pequeño Daigoro, hijo de la difunta, presentan sus respetos ante la tumba y honran así su memoria. El ronin le dice “Azami, voy hacia Edo para enfrentarme con Retsudo Yagyu y rehabilitar la Casa de Ogami”. De repente, el Lobo escucha un leve ruido procedente de los muros del cementerio. De inmediato dispara en aquella dirección las pequeñas ametralladoras ocultas en el carrito y las paredes del cementerio se van tiñendo de sangre… Agentes del clan Yagyu se encontraban tras ellas al acecho.

Poco después, en los alrededores, Daigoro juega con otros niños en el campo. Hasta allí llega Kaori, que ha leído un mensaje al borde del camino que reza: “El niño del Lobo está aquí”. Kaori se aproxima y le llama con dulzura: “Daigoro-chan!” Éste reacciona mirándola inexpresivamente. La chica trata de ganarse su confianza con juegos malabares. Entonces aparece el padre. Ogami se percata de que la joven está tratando de tenderles una trampa… Kaori no tarda en revelar su auténtica identidad, ni en manifestar su objetivo. Ambos pelean. Ogami coloca a Daigoro sobre sus hombros, y el niño lleva a su vez atado a la frente un espejito, que refleja la luz del sol cegando así a la hija de Retsudo. Kaori recibe un golpe mortal de la espada de Itto. Mientras agoniza le dice a su adversario: “No te parece un acto innoble utilizar a un niño tan pequeño durante un duelo, arriesgando así su vida? Qué clase de padre haría eso?” El imperturbable ronin responde tajantemente con su ya clásica frase: “Los dos, padre e hijo, hemos escogido el camino del infierno”.

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Tras la muerte de Kaori, Retsudo decide que ha llegado el momento de emergencia en el que no hay más remedio que recurrir a un hijo ilegítimo suyo, que habita en el interior de una gruta en las montañas… Se trata de Hyoei, un poderoso brujo que se ha criado al amparo de los Tsuchigomo, un clan de ocultistas y de místicos, que dominan las artes de la magia negra.

Hyoei no se considera un Yagyu, y está resentido hacia Retsudo porque éste le abandonó de pequeño. Retsudo le ruega que acabe con Ogami, y Hyoei está dispuesto a hacerlo… pero no para los Yagyu, sino por cuenta de su propio clan, los Tsuchigomo.

Hyoei posee poderes fabulosos que le permiten invocar al inframundo, y de ese modo logra revivir a tres de sus hombres, muertos y enterrados hace 42 días. A éstos les ordena cazar al Lobo Solitario.

A partir de ese momento, las cosas comienzan a ponerse difíciles para los fugitivos padre e hijo… Los siniestros Tsuchigomo les han lanzado una maldición, provocando que todos aquellos que tienen contacto con los Ogami mueran poco después en circunstancias brutales. “Allá por donde paséis, portaréis con vosotros el derramamiento de sangre y la masacre. Sois los Ángeles de la Muerte” dice una lúgubre y aterradora voz a los Ogami cuando éstos comienzan a comprobar las catástrofes de las que personas inocentes que se habían cruzado en su camino iban siendo víctimas (una mujer que regala una flauta a Daigoro, un vendedor de bombones, el personal al completo de una pensión…) Para evitar más muertes de inocentes, Ogami decide no comprar nada de nadie directamente, por lo cual él y su hijo se ven obligados a pasar hambre. Sólo por la noche, el Lobo toma unos nabos y un poco de arroz de una ofrenda religiosa al borde del sendero, dejando en su lugar unas monedas como pago.

A pesar de que Hyoei está teniendo éxito en su acoso y persecución a Ogami, Retsudo está indignado, pues su hijo bastardo se niega a ponerse al servicio de los Yagyu, e insiste en ir por libre, actuando sólo en nombre de su clan adoptivo, el de los nigromantes Tsuchigomo.

Una noche, en un templo, Ogami está esperando a un emisario que debe encargarle un trabajo como mercenario. El enviado se retrasa. Finalmente aparece, enmascarado, y se presenta como miembro del clan Zeze. Afirma que, lamentablemente, debe retirar el encargo que pensaba hacerle y le ofrece 20 ryo a modo de compensación “por las molestias”. Pero Ogami desea saber el motivo, tal y como se corresponde con la “etiqueta” en esos casos. Tras mucho insistir, el enmascarado le explica que el shogunato va a declarar en breve a Itto Ogami como enemigo del estado, y que entonces todos los samurais del país (los del clan Zeze incluídos) tendrán el deber de perseguirle. El misterioso individuo le recomienda a Ogami que él y su hijo tomen una barca y huyan hacia el norte… De repente, el mercenario desenvaina y ataca a su interlocutor. Éste, sorprendido, logra parar el golpe y pregunta el motivo de esa reacción. Ogami ha sospechado desde el principio que ese enmascarado no era alguien que quería proponerle un trabajo, que no era un integrante del clan Zeze, y que ni siquiera era un samurai: Pues cuando el enmascarado se avecinaba subiendo desde su barca a la plataforma donde se halla el templo, el Lobo escuchó que el visitante se estaba encaramando por su espada, usando ésta como apoyo para subir: “Jamás ningún samurai pisaría su espada. Tú no eres un samurai. Eres un Tsuchigomo.” Ogami ha reconocido correctamente a su adversario, e intuído la trampa que éste pretendía tenderle… Una lucha se desencadena a continuación entre los Tsuchigomo y el ronin. Al final, Ogami se enfrenta directamente a Hyoei… Con sus artes de la magia negra, Hyoei consigue que Ogami se vaya hundiendo en unas arenas movedizas…

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Comentario

Ogami logra sin embargo salvarse, al retar a Hyoei a un duelo en igualdad de condiciones. Al calificar de “estilo cobarde” el proceder de los Tsuchigomo, “que necesitan recurrir a la magia” para vencerle, Ogami apunta directamente al espíritu y a la sangre samurai que Hyoei posee. El hijo de Retsudo, pese a no considerarse ya un Yagyu y sentirse más identificado con la fraternidad esotérica que le acogió, aún tiene latentes los principios del Honor del Guerrero, y acepta por consiguiente el desafío. Pero, como era de esperar, es vencido por el Lobo… Herido de muerte, Hyoei se dirige a los aposentos de Azusa, su hermana menor, en un desesperado intento de copular con ella antes de expirar, para fecundarla y conseguir descendencia: Desea que continúe así el linaje de los Tsuchigomo. Pero Retsudo los sorprende en pleno incesto, y los atraviesa a ambos con su espada. El líder de los Yagyu confía en que los Tsuchigomo restantes se sometan a él, pero los tres resucitados se niegan y siguen las órdenes de su amo Hyoei, que les instó a matar a Ogami por su cuenta y a buscar la gloria para el clan Tsuchigomo sin plegarse a los designios de Retsudo.

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Sexta y última parte de la hexalogía del Lobo Solitario, dirigida por Yoshiyuki Kuroda (curiosamente, éste director comparte apellido con el clan que requiere los servicios de Ogami en la entrega precedente).

Aquí, presenciamos la lucha entre el arquetipo del Guerrero y el del Brujo; algo reminiscente de las historias de Conan con ciertos toques también del género de terror. Ogami debe enfrentarse a tres seres “que ya no pertenecen al reino de los muertos ni al de los vivos”, a tres criaturas directamente procedentes del inframundo. Los Tsuchigomo emplearán contra el Kozure Okami su enigmática y arcana “técnica de las cinco ruedas”, pero fracasarán; y los “Ángeles de la Muerte”, padre e hijo, lograrán anular la maldición que pesa sobre ellos. Es una lucha metafísica entre el Superhombre y lo Sobrenatural…

Finalmente, parece que llegará el esperado momento del duelo definitivo entre Itto Ogami y su némesis Retsudo Yagyu… En una batalla en las nevadas montañas, con trineos, cañones, ametralladoras, explosivos, y todo tipo de armas blancas; las tropas del tuerto Retsudo tratarán de aniquilar, de una vez por todas, al Lobo Solitario y su Cachorro. Pero éstos decimarán considerablemente al nutrido ejército del poderoso usurpador… La blanca nieve se va tiñendo de rojo sangre, y los cadáveres se amontonan por doquier.

El personaje de Retsudo no está interpretado en todas las películas por el mismo actor, sino por tres diferentes: Tokio Oki, Tatsuo Endo y (en los últimos dos films) por Minoru Ohki. Como Retsudo está caracterizado con una larga melena y barba blanca (y en las últimas dos entregas además con un parche en el ojo) no llama demasiado la atención que no siempre sea el mismo actor. Junko Hitomi se mete en el papel de su bella, joven (y peligrosa) hija Kaori.

La banda sonora, ésta vez compuesta por Kunihiko Murai y no por Hideaki Sakurai como en las otras cinco entregas, tiene bastantes influencias funky-setenteras y no desentonaría para nada en un giallo italiano de la misma época.

FHP, 2015

Lone Wolf and Cub / Kozure Okami (Parte V): “Meifumado” – Kenji Misumi, 1973

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El lobo solitario y su cachorro: Meifumadō (V.O. Kozure Ōkami: Meifumado / T.I. “Lone Wolf and Cub: Baby Cart in the Land of Demons”)

Japón, 1973

Director: Kenji Misumi

Género: Chambara, Jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Goseki Kojima

Intérpretes: Tomisaburo Wakayama (Itto Ogami), Akihiro Tomikawa (Daigoro), Michiyo Ohkusu (Shiranui), Tomomi Sato (Oyo), Hideji Otaki (Jikei)

Música: Hideaki Sakurai

Argumento

Itto Ogami y su hijo Daigoro se encuentran atravesando un paraje a los pies de una cascada. Junto a ellos pasa un individuo que en su sombrero porta colgada la imagen con la que se dan a conocer aquellos que quieren contactar al ex-kaishakunin para encargarle un asesinato. Ogami le interpela al respecto y el otro le ataca. El ronin reacciona velozmente, hiriendo de muerte a su contrincante. El agresor le explica que se trataba de una prueba. Le dice que es un samurai del clan Kuroda y le entrega 100 ryo, la quinta parte de lo que Ogami suele cobrar por sus trabajos; pero le dice que en su camino se encontrará con otros cuatro miembros del clan que le irán revelando detalles sobre la misión a cumplir y le darán 100 ryos más cada uno. Para que los restantes cuatro agentes de los Kuroda le reconozcan, Ogami deberá llevar colgado al cuello un mala (o rosario budista) que el samurai le entrega antes de expirar.

Así, Ogami se va encontrando sucesivamente a los otros cuatro espadachines de los Kuroda, que igualmente tratan de comprobar su habilidad en la esgrima, muriendo siempre en el intento tras entregarle 100 ryos, un mala, y contarle los pormenores de su encargo: Debe matar a la princesa Hamachiyo, una niña de 5 años, por ser la hija ilegítima del daimyo Naritako. Éste encerró al auténtico heredero Matsumaru, su primogénito e hijo de su mujer legal; y hace pasar a Hamachiyo (cuya madre es una de sus concubinas) por el príncipe. Ogami también tendrá que arrebatarle un importante documento relacionado con ese conflicto familiar a Wajo Jikei, máximo sacerdote del templo Sofuku; y a continuación matar a ese importante clérigo, venerado como un Buda viviente. Ogami aprende que Wajo Jikei está relacionado con los Yagyu, y que próximamente tiene previsto entregarle el confidencial manuscrito al propio Retsudo. Los agentes del clan Kuroda quieren evitar eso a todo a costa. Si sale a la luz que el príncipe legítimo Matsumaru está en un calabozo y que en su lugar se sienta una impostora, hija de una concubina, el shogun podría ordenar la disolución del clan; y sus posesiones y territorios serían absorbidos por los Yagyu.

El último de los agentes del clan Kuroda que Ogami se encuentra, no se da a conocer como tal desde el principio… Al inicio dice ser sólo un observador que ha quedado maravillado tras verle luchar en el lago (contra el cuarto samurai, usando la técnica “corta-olas” de la Suio-ryu). Tras los elogios le invita a beber te. Ogami acepta, toma un sorbo y seguidamente se retuerce cayendo al suelo. En ese momento, el quinto samurai Kuroda se presenta, diciendo que el te estaba envenenado y que ésta era la quinta prueba, pues había que asegurarse de que Ogami estaría preparado para todo tipo de eventualidades… El agente piensa que el ronin-mercenario no ha superado la prueba; y se dispone a darle el toque de gracia. Pero Ogami se levanta, le da un estocazo con su espada y escupe el envenenado brebaje, que no había llegado a tragar. Previsor, Ogami contaba con una trampa de ese tipo. Antes de morir, el Kuroda le entrega al ex-kaishakunin los últimos 100 ryu que faltaban para completar los 500 que cobra por sus servicios, así como el quinto mala. Y también le dice que el “Buda viviente” Wajo Jikei, confabulado con los Yagyu, esconde los documentos relativos al clan Kuroda en unos rollos-sutra que siempre porta consigo. Antes de su previsto encuentro con Retsudo, el sacerdote pasará por un pueblo cercano donde tiene lugar una festividad veraniega. Ese será el sitio ideal para matarlo.

Una vez en el evento, padre e hijo vuelven a separarse (como ya sucedió en la anterior entrega). Ogami entra empuñando su espada en el templo donde se encuentra el sacerdote. Éste se encuentra sumergido en profunda meditación, entonando mantras guturalmente. El ronin se le acerca diciendo con tono firme “Vuestra vida me pertenece”. Wajo Jikei, sin inmutarse, le responde: “No es posible matar a la Nada. No puedes matarme, ya que mi ser se ha disuelto y se ha convertido en una parte del Todo.” Ante éstas palabras, Ogami comienza a vacilar. Gotas de sudor perlan su frente. El siniestro sacerdote continúa, pronunciando el famoso koan zen: “Si encuentras a Buda mátalo. Si encuentras a tus padres mátalos (…)” Y añade: “La Nada es el Camino del Asesino”. Ogami ha sido “desarmado” con la táctica de “guerra mágico-psicológica” empleada por el clérigo. Lentamente, el ronin se retira sin cumplir (aún) su misión…

Mientras tanto, en la fiesta veraniega que en las calles está teniendo lugar, una pareja de carteristas está haciendo de las suyas. La ladrona Oyo y un cómplice roban a varios de los presentes en el concurrido evento. Oyo finge tropezarse con el “objetivo”, al que aprovecha para birlar la cartera, y se la pasa a su compinche que se encuentra detrás de ella, y que corre a ocultar el botín en un escondite donde almacenan todo lo robado. Pero unos policías de Edo están al tanto de que Oyo se encuentra allí cometiendo sus fechorías y le siguen la pista… Uno de sus robos sale mal, pues la víctima se da cuenta enseguida de que su cartera ha desaparecido y da la voz de alarma. Los policías se movilizan, y Oyo escapa, entregándole la cartera (prueba de su delito) a un niño que pasaba por allí, diciéndole “Toma ésto, y guárdamelo; no le digas a nadie que yo te lo dí”. Ese niño no era otro que Daigoro, el “cachorro” del Lobo Solitario… Cuando llegan los agentes y ven a Daigoro con la cartera, suponen que es un cómplice de la ladrona. Tratan de interrogarle por las buenas, ofreciéndole caramelos, pero el niño se niega a hablar… Entonces lo arrestan y lo llevan atado, ante la sorpresa y la indignación de los presentes, que se preguntan qué crimen ha podido cometer un niño tan pequeño.

El comisario coloca a Daigoro ante la vista de todos y, para que sirva de ejemplo, se dispone a aplicarle un dracónico castigo ante la multitud… a menos que la carterista Oyo se entregue. Ésta, preocupada, contempla la escena mezclada entre la gente. También Ogami se encuentra allí. Cuando el policía hace amago de azotar al pequeño, Oyo no resiste la idea de que el niño sea torturado por su culpa y se entrega. El policía pregunta entonces a Daigoro si esa es la mujer que le dió la cartera… pero el pequeño lo niega. Oyo insiste en que ya no es necesario que la encubra, pero Daigoro sigue empecinado en negarlo todo. Furibundo, el policía le aplica unos azotes. El rostro de Daigoro apenas se inmuta, y ni un quejido sale de sus labios… La multitud que todo lo contempla está sumamente asombrada. Oyo, llorando, vuelve a insistir en que es ella la buscada carterista, hasta que finalmente el policía la cree y deja a Daigoro libre. La ladrona, muy emocionada, afirma que el niño le ha dado una lección, y promete no robar nunca más. Daigoro es aclamado por todos los presentes, que admiran el valor y la firmeza sin par que ha demostrado ese niño de cuatro años. Oyo le había dicho que le guardase la cartera y que no dijese a nadie que fue ella quien se la dió. El pequeño supo cumplir al pie de la letra.

A las afueras del poblado, Itto Ogami espera a su hijo. Ambos se reencuentran, y el Lobo Solitario está orgulloso de su vástago: Daigoro ha demostrado ser un auténtico Ogami. Pero el padre, el ronin-mercenario, todavía no ha cumplido su misión…

Una integrante del clan Kuroda llamada Shiranui acude una noche a visitar a Ogami mientras éste ora en un templo. Le vuelve a recordar el encargo que debe cumplir, añadiendo que además de matar al sacerdote y a la princesa, debe también acabar con el corrupto daimyo (jefe del clan Kuroda), quien mantiene encerrado a su propio primogénito; y también a la amante de éste (madre de la princesa Hamachiyo). Ogami responde con su grave voz: “Nosotros, padre e hijo, hemos decidido vivir en el Camino de la Sangre. Estamos preparados para todo y no retrocedemos ante nada.”

Ogami sabe que Wajo Jikei acompañado por todo su séquito va a cruzar un río, y que a la otra orilla le espera Retsudo Yagyu con sus hombres, para recibir los documentos que comprometen al clan Kuroda. Ogami decide llevar a cabo un plan casi suicida: Bucea hasta llegar justo debajo de la barca del sacerdote, recorta con un puñal el compartimento de madera donde el alto clérigo se encuentra, de modo que éste se hunde en el agua. Ahora, Ogami sí logra asesinarle. De inmediato el agua entra en la barca donde estaba el sacerdote, y ésta se hunde. Retsudo, ahora tuerto (tras la batalla que vimos en el episodio precedente), intuye de inmediato quién ha provocado ese sabotaje y pronuncia la que se va convirtiendo en su frase habitual: “Maldito sea Ogami Itto!”

Como era de esperar, todos los escoltas del sacerdote se le echan encima; así como los samurais Yagyu. Pero un grupo de jinetes acude de improviso en ayuda del ronin: Son los guerreros enmascarados del clan Kuroda, expertos en el manejo de lanzas…

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Comentario

Para ésta quinta y penúltima entrega, Kenji Misumi volvió tras las cámaras a dirigir la continuación de la saga de Kozure Okami; realizando una vez más un magnífico y emocionante largometraje. Continúan aquí las pruebas a Daigoro (algo que ya había dado inicio en el capítulo anterior, cuando el samurai Yagyu queda impactado ante el aplomo del pequeño). La escena en la que el niño, haciendo gala de un valor impresionante, se niega a hablar aún bajo tortura es sencillamente magistral; pues ilustra la importancia que ya desde la más tierna infancia implicaba para él la lealtad a la palabra dada. Daigoro es sin duda un pequeño guerrero en potencia, por cuyas venas fluye inequívocamente la sangre samurai. Su padre puede estar orgulloso de él.

Los enmascarados del clan Kuroda que ayudan al mercenario contra los Yagyu terminarán volviéndose contra él, y en las escenas finales Ogami luchará contra ellos; tras lo cual cumplirá la segunda parte de su misión, siguiendo así el camino de su dharma

Es interesante mencionar que uno de los muchos paralelismos entre Ogami y Conan es el sentido de la espiritualidad de ambos superhombres. Ninguno de los dos es ateo, pero tanto el uno como el otro se muestran suspicaces ante el clero, los sacerdotes y la magia. Conan no conoce el miedo a la hora de enfrentarse a hordas de enemigos fuertemente armados, pero sus atávicas “supersticiones bárbaras” le hacen contemplar con cierto “respeto” el poder que emana de nigromantes, magos y brujos. Algo muy similar ocurre con Itto Ogami, como puede observarse en la escena en la que, en el templo, se produce su primer intento de eliminar al imponente y siniestro sacerdote.

A lo largo de la película se menciona una vez más que la espada de Ogami es una dotanuki.

FHP, 2015

Lone Wolf and Cub / Kozure Okami (Parte IV): “Carro de bebé en peligro” – Buichi Saito, 1972

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El lobo solitario y su cachorro: el corazón de un padre, el corazón de un hijo a.ka. “Carro de bebé en peligro” (V.O. Kozure Ōkami: Oya no kokoro ko no kokoro /T.I. “Lone Wolf and Cub: Baby Cart in Peril”)

Japón, 1972

Director: Buichi Saito

Género: Chambara, Jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Goseki Kojima

Intérpretes: Tomisaburo Wakayama (Itto Ogami), Akihiro Tomikawa (Daigoro), Yoichi Hayashi (Gunbei Yagyu), Michi Azuma (Oyuki), Tatsuo Endo (Retsudo Yagyu)

Música: Hideaki Sakurai

Argumento

Oyuki es una experta espadachina perseguida por el clan de los Owari. Hasta hace poco trabajaba para ellos como besshikime; como mujer-ninja o guardaespaldas femenina. Pero tras una disputa con un alto oficial ha sido expulsada, y sus antiguos camaradas la buscan para matarla. Cada vez que los hombres al servicio de los Owari tratan de apresarla, ella los elimina a todos sin demasiado esfuerzo.

Aquí entra en juego Itto Ogami: Ésta vez, el errante mercenario es contratado para liquidar a la tatuada fugitiva. Cuando le piden que mate a Oyuki, Ogami responde lapidariamente con su ya clásica frase: “Por asesinatos cobro 500 ryo”.

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Ogami se dedica en primer lugar a recabar información sobre la tal Oyuki. Para ello se pone en contacto con su tatuador. Éste le dice que la joven solicitó que le hiciese en el cuerpo “tatuajes que infundiesen terror”. Con su punzón y los colores, el tatuador hizo un dibujo que cubría toda la espalda de Oyuki, representando a la Bruja de la Montaña. Y en su parte delantera, junto a los pechos, pintó a Kintaro, el hijo de la bruja. “El dolor de ser tatuado es muy intenso, sobre todo en los pechos y en el vientre. Pero ella ni siquiera suspiró“. El artista no sabe por qué ella quería esos tatuajes tan llamativos, pero sospecha que una vez expulsada del clan Owari, la espadachina siguió el camino de asesina a sueldo (igual que Ogami).

En el pueblo donde el Lobo Solitario y su Cachorro están de paso, unos payasos ambulantes entretienen a los niños en la calle. Daigoro acude a ver el espectáculo, y cuando termina sigue a los titiriteros, alejándose cada vez más del pueblo. Ogami busca a su hijo, pero no lo encuentra, pues el pequeño se ha escondido al ver pasar a unos “monjes mendicantes” (otra constante de la serie de películas; esos “monjes”, en realidad, son siempre agentes disfrazados de los Yagyu, que espían por todo Japón ataviados de ese modo).

De esa forma, ambos Ogami se han separado. Daigoro no encuentra a su padre y se ha perdido. Pero el niño sabe que su progenitor suele acudir a los templos que hay en los caminos para orar a Buda (y también para comunicarse con su madre, seguramente). Por eso, el pequeño entra en los templos que hay en los alrededores con la esperanza de reencontrarse con él.

En uno de esos templos, Daigoro encuentra a un samurai. Éste, de espaldas a la puerta, desenvaina velozmente su espada y salta hacia la entrada nada más oir que alguien se está aproximando. Al ver que sólo era un niño queda profundamente impresionado por el aplomo, la imperturbabilidad y el aplomo de éste. “Con sus tres o cuatro años, no ha dado muestras de asustarse cuando he saltado hacia él con la amenzante espada” Y observando los ojos de Daigoro piensa con asombro que “Sólo aquellos que han presenciado cruentas batallas poseen esa mirada”.

Daigoro continúa solo, a través de los campos. El samurai lo sigue de cerca. Unos campesinos prenden fuego a la paja seca, sin darse cuenta de que el niño se encuentra cerca. Ahora, Daigoro corre el riesgo de ser devorado por las llamas. El samurai está a punto de intervenir para socorrerle, pero se le ocurre que “ésta es una buena oportunidad para ponerlo a prueba”. El pequeño logra sobrevivir sin ayuda de nadie, pues cava un agujero en la tierra y se cubre de manera que queda a resguardo del fuego. Poco después los campesinos lo encuentran medio inconsciente y se lo llevan para atenderlo; pero el samurai les dice que se lo dejen a él. Ante el aspecto solemne e imponente del extraño, los campesinos no tienen nada que objetar a su solicitud y huyen.

El samurai está hondamente impactado por la capacidad de conservación y de valerse por sí mismo que ha demostrado ese niño tan pequeño. Daigoro lo mira sin miedo, y hasta con expresión desafiante. “Ese es el Shishogan, la mirada del Auténtico Guerrero. Todos los que siguen el Bushido – el camino del guerrero – aspiran a ese estado espiritual, a esa condición entre la vida y la muerte.” El samurai piensa que debe someter a Daigoro a la prueba final y desenvaina su espada contra él gritándole “Lucha!” El niño coge un palo y se pone en guardia. “Suio-ryu!” exclama desconcertado el espadachín, reconociendo el estilo de esgrima de la escuela Suio, que el pequeño parece conocer… En ese momento aparece en el horizonte Itto Ogami, empujando el vacío carrito de Daigoro. Éste corre hacia él al verlo “Papá, papa!”. Padre e hijo vuelven a estar juntos.

El samurai reconoce al recién llegado… sabe muy bien quien es Ogami, pues en una ocasión se enfrentó a él en un combate frente al shogun. Ogami y él, Gunbei Yagyu, se disputaban el título de kaishakunin. Gunbei considera que él ganó aquella lucha, pues hizo que Ogami perdiera su espada. No obstante el shogunato le dió el puesto de kaishakunin a Ogami… Porque éste, desarmado, se había puesto entre la espada de su contrincante y el shogun, dando así la impresión de que trataba de proteger a éste último con su cuerpo. Desde entonces se incrementó el odio que el clan Yagyu profesa hacia los Ogami. Retsudo obligó a Gunbei en aquella ocasión a que marchara al destierro. Le perdonó la vida e hizo que un doble suyo cometiera seppuku en su lugar, para lavar la deshonra que implicaba haber perdido la ocasión de acceder al puesto. Desde ese día, empezaron a forjarse las intrigas contra Ogami que desembocaron en los acontecimientos sucedidos en la primera parte de la saga.

Ahora, Gunbei Yagyu tiene de nuevo la oprtunidad de luchar contra Ogami. Ambos son muy diestros y están bastante igualados, pero finalmente Ogami consigue amputarle un brazo. Entonces, Gunbei le pide que lo mate. “Tú ya estás muerto. Matar a un muerto no tiene sentido” es la oscura respuesta del Lobo Solitario. Y prosigue su camino, ahora de nuevo junto a su cachorro.

Por la noche, Ogami observa las imágenes que aquellos que le quieren contratar dejan colgadas en los templos. A modo de respuesta, el ronin realiza en el suelo una señal con piedras para indicar su localización… pero se trata de una trampa: Cuando Ogami entra en el templo, se pone a rezar a Amida-Buda (Amitābha), y percibe un movimiento extraño tras la estatua de la divinidad… Pronunciando una conocida frase zen (“Si encuentras al Buda en tu camino… mátalo!), Ogami saca su katana y arremete contra la estatua, en el interior de la cual se encontraba un ninja. Otros más se descuelgan a continuación del techo y se desencadena una lucha brutal, una auténtica carnicería, en la que Ogami cercena brazos y piernas, corta cabezas y hace pedazos a los enemigos. Sin duda serían enviados de los Yagyu, piensa el Kozure Okami.

Poco después, Ogami se dirige con Daigoro a un poblado donde habitan los gomune (artistas callejeros y circenses) que como todas las profesiones en el Japón de la era Tokugawa (y también en nuestra Edad Media) estaban organizadas en forma de gremios y vivían como una gran familia. Ogami sospecha que la „asesina tatuada“, la misteriosa Oyuki a la que está buscando, procede de ese ámbito. Y efectivamente así es, como le confirma el jefe de la comunidad, un anciano ciego. Éste le dice que Oyuki realizaba espectáculos con espadas y que un día fue descubierta por un miembro del clan Owari que presenció una de sus funciones. Allí empezó a trabajar directamente al servicio del daimyo. Pero al caer en desgracia con el clan, huyó y se dedica a los asesinatos por encargo. El anciano dice que no sabe donde puede estar la tatuada ahora, pero aconseja a Ogami que acuda a unas aguas termales que “tienen el poder de conceder deseos”. Al despedirse, el jefe de los gomune añade que Oyuki es su hija…

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Comentario

Oyuki se encuentra bañándose en las aguas termales de Tsuta-na-yu. Recuerda el motivo por el que fue expulsada del clan: Se había resistido a ser violada por Enki Kozuka, uno de los más importantes funcionarios, y maestro ilusionista, que era capaz de lograr una “combustión espontánea” de su espada mediante algún truco de prestidigitación. Ante la espada llameante, sus adversarios reaccionaban con perplejidad y Enki aprovechaba ese instante de anonadamiento para derrotar con facilidad a sus oponentes.

Ésta continuación de Kozure Okami, la cuarta de una serie de seis películas, no está dirigida por Kenji Misumi, sino por Buichi Saito. Se aprecian algunos ligeros cambios estilísticos, como por ejemplo en la música (que es de un tipo más “Funky-setentero”, parecida a la de la primera parte de Hanzo the Razor / Goyokiba), aunque la banda sonora es de Hideaki Sakurai, el mismo que compuso la música de las otras tres entregas.

Una vez más, Ogami Itto, su pequeño Daigoro y el resto de los personajes nos dan una enorme lección de ética caballeresca nipona. La relación entre el Guerrero y la Muerte, así como el Honor, vuelve a ser aquí un tema cosmovisivo que impregna todo el metraje.

Ogami lamenta tener que matar a Oyuki (en realidad ésta es su contraparte femenina) pero debe cumplir su misión y su palabra. La chica se había hecho los terribles tatuajes a modo de táctica psicológica, para contrarrestar el ilusionismo de su enemigo Enki Kozuka, a quien finalmente logra vencer (antes de expirar ella misma en los brazos de Ogami). El Lobo Solitario incinera a Oyuki en una pira funeraria y lleva sus cenizas a su padre, el anciano jefe del gremio los artistas circenses. Éste reacciona profundamente emocionado por ese gesto.

Mientras tanto, los Yagyu siguen intrigando y ponen al daimyo de Owari contra el errante mercenario. Las escenas finales están repletas de acción aún más impactante que la batalla del film precedente. Ogami se enfrenta al mismísmo Retsudo, el poderosísimo líder de los Yagyu, y éste es un oponente sumamente peligroso. Ambos casi se matan mutuamente: Retsudo es dejado tuerto, y Ogami cae malherido con una espada clavada en su espalda…

Daigoro, encuentra a su padre entre las montañas de cadáveres pero vivo, y le saca la katana que tenía incrustada en el omóplato… El tambaleante y ensangrentado Lobo Ogami se levanta y continúa su “camino del infierno” empujando el carrito de su cachorro…

FHP, 2015