El muro del silencio – Luis Alcoriza, 1974

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El muro del silencio

México, 1974

Director: Luis Alcoriza

Guión: Luis Alcoriza, Julio Alejandro, Fernando Galiana

Intérpretes: Brontis Jodorowsky (Daniel), Fabiola Falcón (Regina)

Música: José Antonio Alcaraz, Rubén Fuentes

Género: Drama

Argumento

Regina es una madre soltera que vive con su hijo Daniel, de unos 9 años, fruto de su relación con Julio, fallecido poco después del nacimiento del niño. Daniel nunca fue oficialmente reconocido por su padre, que estaba casado con otra mujer. Aún así, Regina intenta conseguir las escrituras de propiedad de la casa en la que viven, que pertenece a la familia del difunto Julio. Para ello no duda en recurrir a todo tipo de sucias artimañas.

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Daniel es grotescamente sobreprotegido por su madre. Ésta no deja que vaya al colegio como los demás niños, porque teme que los demás se “burlen de él”, o lo conviertan en “un bruto”. Así, el “sensible” Daniel es educado en casa por Regina, quien además dirige allí un taller de costureras. El niño carece de un referente masculino. Pasa todo el tiempo en la vivienda con su madre y esas otras mujeres, tocando el piano o jugando solo en una parte abandonada de la casa.

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La mansión de la Araucaima – Carlos Mayolo, 1986

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La mansión de la Araucaima

Colombia, 1986

Director: Carlos Mayolo

Género: Drama

Guión: Carlos Mayolo

Intérpretes: Adriana Herrán (Ángela), José Lewgoy (Don Graci), Vicky Hernández (La Machiche)

Música: Fabio Frizzi

 

Argumento

Ángela es una joven aspirante a actriz que por medio de su novio ha encontrado un pequeño trabajo en un set publicitario. Atormentada por el reciente suicidio de su padre y cansada por el agobio de los rodajes, la chica abandona histérica y frustrada al equipo de filmación y se marcha en su bicicleta sin rumbo fijo, hasta llegar a una gran finca campestre.

La vieja casa es propiedad de un sexagenario hacendado de origen brasileño, don Graciliano (o don Graci). Con él conviven los siguientes personajes: La Machiche, una ninfómana madurita con algunos kilos de más; el criado Cristóbal, un negro también brasileño; el vigilante Paul, un ex-militar que custodia la destartalada propiedad con su perro Canelo; un fraile jesuita y el ex-piloto Camilo, depresivo, alcohólico e impotente. La Machiche tiene relaciones con el negro Cristóbal, con el vigilante, y con el dueño. En la mansión reina un ambiente de decadencia y depravación. Don Graci está en la ruina, tiene muchos acreedores, sus recursos financieros están agotados y la casa se cae a pedazos. Pero todo eso le da igual. Cada uno de los demás residentes llegaron allí en momentos diferentes y por distintos motivos, y permanecieron junto a don Graci, que supuestamente heredó la desvencijada hacienda de su difunta madre.

Ángela llega a la casa originalmente sólo para “ir al baño”, pero como su bicicleta está rota y comienza una tormenta, don Graci le ofrece quedarse con ellos, a lo que la curiosa joven accede. Pronto Camilo se enamora de ella, y es correspondido, pero debido a su impotencia es incapaz de satisfacer a Ángela, y ésta se entrega al viejo fraile. Luego también se lo monta con el negro. La Machiche se pone celosa. “Desde que la muchacha llegó aquí ya nada es como antes” deciden ella, don Graci y el fraile; y toman la determinación de hacer que se vaya…

 

Spoiler: Con diversas artimañas, empujan a la desventurada joven al suicidio (la chica sigue así los pasos de su padre). Ángela termina ahorcándose en el granero. A continuación, Camilo, quien considera culpable de ello a la celosa Machiche, mata a ésta de un disparo, para ser seguidamente ultimado por Cristóbal… Don Graci ordena que los tres cadáveres sean hechos desaparecer en los hornos, y los cuatro supervivientes (el arruinado hacendado, el fraile, el vigilante y el criado) abandonan para siempre “La mansión de la Araucaima”. Poco después llega allí el novio de Ángela, buscando a la desaparecida… pero ya es demasiado tarde.

Comentario

Ésta película, exponente del gótico colombiano, está basada en una novela homónima de Álvaro Mutis, e iba a ser dirigida originalmente nada menos que por Luis Buñuel. Por desgracia, el maestro del surrealismo fílmico no se pondría tras las cámaras en ésta ocasión, ya que falleció en 1983, tres años antes de que cristalizase el proyecto y de que “La mansión de la Araucaima” se llevase finalmente a la gran pantalla.

En cierto modo resulta un poco decepcionante, pues tratándose supuestamente de cine gótico, se esperaría una atmósfera diversa, más oscura y opresiva, más similar por ejemplo a otras películas del gótico iberoamericano como las del mexicano Carlos Enrique Taboada. Las escenas de corte surrealista y onírico son pocas, breves y sin demasiado interés. Con seguridad, Luis Buñuel habría logrado plasmarlas con más acierto.

Por otro lado, “La mansión de la Araucaima” tiene un ambiente ligeramente pasoliniano. El erotismo lo impregna todo, incluso con unos toques de ambigüedad sexual morbosa.

Merece ser mencionado que en el rol de la Machiche encontramos a una más joven (cuarentona) Vicky Hernández: La actriz que en la excelente serie “El Patrón del Mal” (casi treinta años después) interpretaría a la dominante doña Enelia, madre de Pablo Escobar.

FHP, 2015

Soñar no cuesta nada – Rodrigo Triana, 2006

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Soñar no cuesta nada

 

Colombia, 2006

Director: Rodrigo Triana

Género: bélica, drama, comedia

Guión: Jörg Hiller, Clara María Ochoa

Intérpretes: Diego Cadavid (Lloreda), Juan Sebastián Aragón (Venegas), Manuel José Chávez (Porras)

Música: Nicolás Uribe

 

Argumento

Un grupo de soldados del ejército colombiano se encuentra cumpliendo una misión en el interior de la selva. El comando “Destroyer” debe enfrentarse a la guerrilla y llega hasta un campamento abandonado hace poco por los subversivos. Lo que no saben es que su misión consistía concretamente en liberar a tres gringos. “Para eso estamos arriesgando el pellejo” protestan varios cuando se enteran a través de la radio. Allí en el campamento descubren un pequeño arsenal a base de fusiles de asalto AK-47. Esperan ser recogidos lo antes posible por otras unidades del ejército, pues se les están acabando las provisiones, y hay varios “lanzas” enfermos con paludismo.

Uno de los reclutas tiene la fortuna de encontrar semienterradas varias caletas repletas de millones de dólares. Se lo comunica a unos pocos camaradas y tratan de que no se enteren más. Al principio no piensan reportar el hallazgo a su superior, pero son descubiertos de todos modos tras el accidental explosionar de una mina, tambien enterrada junto a uno de los contenedores. Uno de los reclutas, Elmer Porras, no considera que sea honesto quedarse con el dinero, que procede de las actividades ilícitas de las FARC, y piensa que hay que entregarlo a las instancias competentes. Pero hasta el teniente, la máxima autoridad en el pelotón, decide que la fortuna sea equitativamente repartida entre todos los componentes del comando “Destroyer”. La suma total que corresponde a cada uno de los soldados asciende a unos 100.000 US$.

Pero pronto empiezan los problemas, pues los “dolorosos” no se pueden comer. Los nuevos millonarios siguen en las profundidades de la selva abandonados a su suerte por el ejército para el cual combaten, que parece haberse olvidado de ellos. También comienzan ciertas maniobras especulativas, con arbitrarios cambios de pesos por dólares y juegos de cartas con altas apuestas, que dan pie a enfrentamientos y rivalidades en el seno de la tropa. Para agilizar el rescate, uno de los soldados toma la resolución de dispararse un tiro en el pie. Consigue de ese modo que el teniente pueda comunicarse exitosamente con otras unidades con la excusa de que “están siendo atacados y hay un soldado herido”, para que rápidamente envíen refuerzos y helicópteros al rescate.

Sin embargo no los llevan aún a la ciudad, para que puedan retirarse y disfrutar de sus recién adquiridos millones, sino que deben continuar en otra zona de la selva, conjuntamente con otras unidades, para desempeñar una misión de aún mayor envergadura. El nuevo oficial al mando tiene la intención de requisar los equipajes de los reclutas del “Destroyer”, porque ha oído que encontraron un arsenal de fusiles de la guerrilla y desea evitar que alguno de los soldados se hayan apoderado de algunas de esas armas ilegalmente… Lo que no sospecha es que las mochilas de los soldados están atiborradas de billetes verdes… Pero tras el primer registro al equipaje de Porras (el único que no llevaba nada de dinero) es frenado el procedimiento, pues el teniente milagrosamente recibe una comunicación que les ordena partir hacia otra zona.

Momentos de tensión se viven a bordo del avión militar cuando uno de los soldados, que desesperado afirma que alguien le ha robado su parte del botín, amenaza con hacer estallar una granada de mano. Sus compañeros logran aplacarlo en el último momento, y una vez en tierra debe render cuentas ante una superior. Pero no dice nada, y tras regresar con sus camaradas, el teniente le devuelve su dinero (que alguno de ellos había sustraído, o bien que entre todos habían contribuído a colectar…)

Los reclutas reciben un día de permiso para ir a la ciudad, y entonces se desbocan sus estrafalarias extravagancias y su ostentosidad, lo que resultará sumamente contraproductivo. Compran coches de alta gama, ropa cara, artículos de lujo, despilfarran en restaurantes y discotecas, llamando la atención allá a donde van. El mayor error lo comenten al acudir a una especie de club de alterne, alquilando el local para ellos solos. Uno de los soldados está platónica y perdidamente enamorado de una de las chicas que allí trabaja (a la que ha visto actuar allí en otras ocasiones); una bailarina y prostituta llamada Dayana, cuya ropa interior le acompañó como reliquia durante sus largos días en la selva y las duras marchas como pobre soldado…

Comentario

Divertida e interesante producción colombiana basada al parecer en hechos reales. En algunos apectos recuerda a la magistral “Rapiña” (México, 1975), drama psicológico que trata de unos pobres campesinos que consiguen una pequeña fortuna saqueando los restos de un avión siniestrado en las montañas. Los bienes materiales que nunca antes poseyeron esas sencillas gentes y el miedo a ser descubiertos, hacen que cambien progresivamente (especialmente el protagonista, interpretado por Ignacio López Tarso). El principal personaje de ese film mexicano, un humilde leñador indígena, una vez “rico” se va volviendo codicioso y retorcido.

Éste no es exactamente el caso de los soldados de “Soñar no cuesta nada”. Ellos no se vuelven cada vez más avaros, sino más bien cada vez más estúpidos. Dilapidando a manos llenas la “lotería” que les acaba de tocar, sólo logran llamar la atención. El caso del pobre ingenuo enamorado de la prostituta es casi hilarante, de dimensiones tragicómicas. La meretriz a la que acaba de declarar su amor eterno y a la que ha incluso propuesto matrimonio no solamante le roba su dinero, sino que además le denuncia al ejército, y todos terminan en la cárcel. O más bien casi todos…

El sumamente escrupuloso recluta Porras resultó ser finalmente el menos estúpido, comparado con sus compañeros de armas, que despilfarraron la fortuna hallada de la noche a la mañana. Pues, pese a negarse en un principio a aceptar su parte del tesoro, finalmente la tomó y ocultó en la selva para su mujer y su pequeña hija, que pasaban por apuros económicos. Él fue así el único que logró que su parte del botín tuviera una finalidad realmente útil.

FHP, 2015

El taxista millonario – Gustavo Nieto Roa, 1979

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El taxista millonario

 

Colombia, 1979

Director: Gustavo Nieto Roa

Género: Comedia

Guión: Gustavo Nieto Roa, María Cristina Henao

Intérpretes: Carlos Benjumea (José), Rosa Gloria Chagoyán

Música: Roberto Campuzano

 

Argumento

José (Carlos Benjumea) es un humilde taxista que debe mantener a su madre y a sus hermanos. Conduce un destartalado taxi heredado de su padre, y al que irónicamente llama “Nuevecito”. Su familia se queja de que gane tan poco dinero, pues casi no tienen con qué sustentarse. María, una poco agraciada vecina, está enamorada de él y la posesiva madre de ella trata infructuosamente de emparejarlos. Sin embargo, José prefiere a la vedette Verónica, con la cual mantiene un platónico idilio tras haberla recogido en alguna ocasión en su taxi. Ella sin embargo lo ignora debido a su condición “miserable y paupérrima” (sólo lo quiere como… taxista). Pero todo cambia cuando, tras el atraco a un banco, los delincuentes suben al taxi de José para escapar de la policía y al bajarse olvidan a bordo su botín: Dos sacos repletos de billetes. Ahora José es rico de un día para otro.

Entonces, Verónica sí que tiene repentinamente interés en salir con él… Hacen grandes compras y acuden juntos a una fiesta, para gran furia de la celosa María y su madre. Allí también se presentan los atracadores, que reclaman el botín “con intereses”, pero José y Verónica logran escapar. Nuevos altercados acontecen en una piscina, donde el taxista millonario y la vedette son hostigados y se ven envueltos en nuevas trifulcas.

Comentario

Simpática comedia colombiana de enredos, con Carlos “el Gordo” Benjumea como protagonista. Resulta entretenida para pasar un rato ameno, pero no aporta nada nuevo o especial. Mucho más interesante en todos los sentidos es la bastante ignota “Colombia Connection”, rodada en el mismo año (1979), por el mismo director (Gustavo Nieto Roa) y con el mismo actor principal, el Gordo Benjumea.

En varios aspectos, éste cómico colombiano recuerda al actor italiano Mario Merola, protagonista de “Napoli, Palermo, New York – Il triangolo della Camorra” (Alfonso Brescia, 1981), también en lo que respecta a su complexión.

FHP, 2014

Sumas y restas – Víctor Gaviria, 2004

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Sumas y restas

 

Colombia, 2004

Director: Víctor Gaviria

Género: Drama

Guión: Víctor Gaviria, Hugo Restrepo

Intérpretes: Alonso Arias, María Isabel Gaviria, Fredy York Monsalve

Música: Víctor García

 

Argumento

Medellín, 1984. En pleno apogeo del negocio de la cocaína, el ingeniero Santiago decide participar en una sociedad de narcotraficantes integrada por algunos de sus amigos. Lo que le empuja a entrar en el grupo son ciertos problemas económicos. El jefe de la banda es Gerardo, que organiza con frecuencia llamativas fiestas y supervisa a los “cocineros” que en los laboratorios de la selva convierten la pasta base en cocaína, añadiendo los componentes químicos necesarios para el proceso.

Leopoldo, uno de sus compañeros en el negocio, ha cometido el error de viciarse con la mercancía, y tras un desfase con el alcaloide sufre un ataque de paranoia durante el cual está convencido de que le han encarcelado (cuando en realidad sólo se ha quedado encerrado en una especie de sótano).

Debido a su involucración en el narcotráfico la vida familiar de Santiago se resiente. Son frecuentes los distanciamientos y las discusiones con su esposa Paula, y en cierto momento ésta incluso le abandona, llevándose al bebé consigo (aunque más adelante se reconcilian).

Gerardo tiene un hermano pequeño, Alberto. Éste se mete en problemas con un grupo de patibularios sicarios, al involuntariamente dañar la moto de uno de ellos mientras aparcaba su coche. Una vez se ha alejado del lugar junto a su mujer y su bebé, los delincuentes le alcanzan mientras Alberto se disponía a cambiar una rueda, y lo asesinan a sangre fría. Gerardo jura venganza, y poco después envía a los suyos para que acribillen a balazos a los responsables.

Mientras tanto, ha tenido lugar un inesperado fracaso en un envío de cocaína a Miami: La droga ha llegado “hecha un chicle”. El comprador de Gerardo, apodado El Primo, protesta vehementemente ante Santiago, responsabilizando a un nuevo “cocinero” por el mal estado del producto. Más tarde, el Primo y Gerardo se enzarzan en una violenta disputa telefónica. Poco después, Santiago es secuestrado, no se sabe muy bien por quién. Santiago y un anciano señor (inocente en temas delictivos) son retenidos en una especie de zulo subterráneo, y los raptores reclaman un jugoso rescate. Ambos son liberados una vez es pagada la cantidad acordada. Tras ello, Santiago va a ver a Gerardo, que está comiendo en un restaurante, ambos disuelven la sociedad y a continuación (cuando Santiago se ha marchado) los sicarios de el Primo irrumpen en el local y cosen a tiros a Gerardo, en represalia del asunto del “perico” en mal estado. Santiago sospechaba que era él, su socio, quien estaba tras su secuestro.

Comentario

Si bien éste film no es tan “experimental” como la noventera película del mismo director llamada ”Rodrigo D: No futuro” (1995), pueden encontrarse grandes similitudes en el estilo, lo que confiere a éste producto la inconfundible marca “tipo documental” de Víctor Gaviria. Cinta irregular, por momentos tediosa y carente de interés como “Rodrigo D”, contiene sin embargo algunas escenas que sí están cargadas de tensión e intriga. No resulta del todo soporífera, pero en conjunto sí un tanto cansina. Los personajes (sobre todo Gerardo) constantemente utilizan vocablos como “hijueputa”, “marica” o “huevón”; especialmente el primero, que es usado en todo momento y para todas las situaciones, y que probablemente aparece en éste largometraje más veces que “fuck” en la “Scarface” de Brian De Palma.

FHP, 2014

Rodrigo D: No futuro – Víctor Gaviria, 1995

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Rodrigo D: No futuro

Colombia, 1995

Director: Victor Gaviria

Género: Drama social

Guión: Víctor Gaviria

Intérpretes: Ramiro Meneses (Rodrigo), Carlos Mario Restrepo, Jackson Idrian Gallego

Música: Germán Arrieta

Argumento

Medellín, 1990. Rodrigo es un adolescente apasionado del punk-rock, que junto a sus amigos intenta crear su propio grupo. Algunos de los integrantes de su círculo están implicados en delitos varios, y se ven incluso obligados a huir. Rodrigo intenta comprarse una batería para ensayar, pero sólo logra adquirir los palos.

Comentario:

Soporífera y por momentos ininteligible (debido sobre todo a la pésima calidad de sonido, y no sólo a la críptica jerga que emplean los punks “paisas”). Completa indiferencia hacia el destino de los personajes, no se siente por ellos empatía alguna. El film se sucede, cansina y plúmbeamente, sin que acontezca nada relevante (al menos durante la primera hora). Rodrigo con sus amigos escuchando música, Rodrigo discutiendo con su hermana, siendo amonestado por su padre, sus compinches jugando a una pelea de cuchillos en una casa en ruinas, mientras él “toca la batería” sobre un muro, los jóvenes bañándose en la piscina… Escenas banales y cotidianas acompañadas de música punk…“Rodrigo D: No argumento” sería tal vez un título más apropiado. La implicación de algunos de los jóvenes en hechos delictivos es tratada de manera muy superficial, como si fuera algo secundario, de forma que no es posible generar intriga.

Generalmente, la crítica ha alabado a ésta película, poniéndola a la altura de la brasileña “Cidade de Deus” (2002), la mexicana “Amores Perros” (2000) o comparándola a la también colombiana – aunque producida por Venezuela – “Sicario” (1995). Sin embargo, éstas tres son muy superiores al film de Gaviria, que decepciona por no profundizar en un tema que podría haber dado muchísimo de sí, sobre todo teniendo en cuenta que se rodó en la convulsa ciudad de Medellín y está ambientada en 1990.

FHP, 2014

Sicario – José Ramón Novoa, 1995

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Sicario

 

Venezuela, 1995

Director: José Ramón Novoa

Género: Drama

Guión: David Suárez

Intérpretes: Laureano Olivares (Jairo), Néstor Terán (Tigre), Melissa Ponce (Rosa)

Argumento

Colombia, 1990. Jairo (Laureano Olivares), es un adolescente de unos 16 años que vive en los suburbios de Medellín junto a su madre, su hermana y su hermano pequeño Aníbal. La familia, de clase baja, a duras penas sale adelante con los escasos ingresos de la sufrida progenitora, quien trabaja de cocinera en un restaurante. Jairo pronto cae en las redes de los patibularios pandilleros del barrio; éstas “malas compañías” le tientan con el “dinero fácil” (pero peligroso) que puede ganarse en el turbio mundo de la delincuencia organizada. Poco a poco, Jairo se irá sumergiendo en una espiral de crímenes y violencia, en un círculo vicioso del que ya no será posible salir.

Tras cometer su primer homicidio durante un atraco, el jóven llama la atención de un captador de sicarios del cártel de Medellín. Éste le encarga el asesinato de un importante magistrado y le promete a cambio ingentes cantidades de pesos. Jairo tiene éxito en su misión y cobra la suma acordada. En su barrio, se dedica a ayudar a su familia, dándole gran parte del dinero a su madre. Ésta sin embargo está sumamente preocupada por las andanzas de su vástago y  lamenta con congoja la carrera delictiva que éste ha emprendido. Jairo se lleva a su novia Rosa un fin de semana a la costa, y pernoctan en un hotel (tras haber sobornado al recepcionista, pues a menores de edad no les está oficialmente permitido alquilar habitaciones por su cuenta). Rosa ignora en qué anda metido Jairo, pero sospecha que está inmerso en asuntos ilegales, debido al mucho dinero que de repente posee.

Jairo se había iniciado sexualmente con una prostituta (una “experta” que afirmaba haber “desvirgado generaciones”, incluídos “generales y obispos”; y en cuyo dormitorio lucía un retrato de Ronald Reagan) pero con Rosa todavía no se había acostado hasta el fin de semana que pasaron juntos en el hotel, a instancias de ella, que aún deseaba “ser respetada”.

Aníbal, el hermano pequeño, comienza a drogarse y ya no va a la escuela; la angustiada madre achaca su errático comportamiento al mal ejemplo de Jairo. Antes muy interesado en el fútbol, Aníbal ya no quiere ser “como René Higuita”, y rechaza el balón que le regala su hermano, lo que provoca la furia de éste.

Un día se produce una redada policial en la barriada de Jairo, éste es detenido junto a numerosos de sus compinches, y enviado a prisión. Allí conocerá la dura y sórdida vida penitenciaria, será hacinado en una celda con psicópatas y degenerados, será violado por un pervertido ante la indiferencia cómplice de los guardias. Pero poco después, durante un partido de la selección colombiana (era el Mundial de 1990), se venga de su agresor apuñalándole repetidas veces mientras está en el cuarto de baño, sentado en la taza del váter.

A continuación, el jóven es liberado, llevado a la presencia de un importante jefe del narcotráfico y conducido a un campo de entrenamiento para sicarios, regentado por una especie de “sargento de la Chaqueta Metálica” alemán llamado Klaus. Allí Jairo y muchos otros chicos de su edad pasan por una especie de “servicio militar” bajo las directrices de los narcos, con pruebas extremas. Los muchachos se ven obligados a pelear entre ellos, a correr decenas de kilómetros al día, a realizar múltiples ejercicios de superación de obstáculos y a absolver un riguroso entrenamiento físico, de combate cuerpo a cuerpo y con armas. Uno de los jóvenes, el que más destaque por su destreza, será seleccionado por el “capo” para un “trabajo”: La eliminación de un poderoso político en Bogotá.

Como no podía ser de otra manera, el eligido resulta ser Jairo. Los demás “pelaos” son traicioneramente acribillados a balazos por el ejército privado del narco, cuando Jairo ha abandonado el campamento. El jefe y uno de sus socios, alias Pingüino, informan sobre el encargo a Jairo y a otro adolescente experto motorista (que debe ayudar al precoz sicario en la fuga tras el atentado). El político, candidato presidencial, debe ser ejecutado “el sábado a las 10 de la mañana” durante el próximo partido de Colombia. Por ello cobrarán millones de pesos. Jairo se enfrenta ahora a la más arriesgada de sus misiones. Si falla, morirá… Y si tiene éxito, puede que también.

Comentario

Interesante producción colombiana sobre los convulsos años en los que la violencia relacionada con el mundo del narcotráfico sacudió al país. Recuerda en varios detalles a las dos “El Pico” de Eloy de la Iglesia, aunque al parecer los actores no son delincuentes reales como sí era el caso en el cine quinqui “de la Madre Patria”.

El paso del jóven Jairo por los ambientes del sicariato antioqueño está retratado con gran intensidad dramática y convincente realismo en ésta ignota película sudamericana. Muy recomendable, más que otros films colombianos de temática similar como “Perro come Perro” o “Rosario Tijeras”.
FHP, 2014