Soñar no cuesta nada – Rodrigo Triana, 2006

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Soñar no cuesta nada

 

Colombia, 2006

Director: Rodrigo Triana

Género: bélica, drama, comedia

Guión: Jörg Hiller, Clara María Ochoa

Intérpretes: Diego Cadavid (Lloreda), Juan Sebastián Aragón (Venegas), Manuel José Chávez (Porras)

Música: Nicolás Uribe

 

Argumento

Un grupo de soldados del ejército colombiano se encuentra cumpliendo una misión en el interior de la selva. El comando “Destroyer” debe enfrentarse a la guerrilla y llega hasta un campamento abandonado hace poco por los subversivos. Lo que no saben es que su misión consistía concretamente en liberar a tres gringos. “Para eso estamos arriesgando el pellejo” protestan varios cuando se enteran a través de la radio. Allí en el campamento descubren un pequeño arsenal a base de fusiles de asalto AK-47. Esperan ser recogidos lo antes posible por otras unidades del ejército, pues se les están acabando las provisiones, y hay varios “lanzas” enfermos con paludismo.

Uno de los reclutas tiene la fortuna de encontrar semienterradas varias caletas repletas de millones de dólares. Se lo comunica a unos pocos camaradas y tratan de que no se enteren más. Al principio no piensan reportar el hallazgo a su superior, pero son descubiertos de todos modos tras el accidental explosionar de una mina, tambien enterrada junto a uno de los contenedores. Uno de los reclutas, Elmer Porras, no considera que sea honesto quedarse con el dinero, que procede de las actividades ilícitas de las FARC, y piensa que hay que entregarlo a las instancias competentes. Pero hasta el teniente, la máxima autoridad en el pelotón, decide que la fortuna sea equitativamente repartida entre todos los componentes del comando “Destroyer”. La suma total que corresponde a cada uno de los soldados asciende a unos 100.000 US$.

Pero pronto empiezan los problemas, pues los “dolorosos” no se pueden comer. Los nuevos millonarios siguen en las profundidades de la selva abandonados a su suerte por el ejército para el cual combaten, que parece haberse olvidado de ellos. También comienzan ciertas maniobras especulativas, con arbitrarios cambios de pesos por dólares y juegos de cartas con altas apuestas, que dan pie a enfrentamientos y rivalidades en el seno de la tropa. Para agilizar el rescate, uno de los soldados toma la resolución de dispararse un tiro en el pie. Consigue de ese modo que el teniente pueda comunicarse exitosamente con otras unidades con la excusa de que “están siendo atacados y hay un soldado herido”, para que rápidamente envíen refuerzos y helicópteros al rescate.

Sin embargo no los llevan aún a la ciudad, para que puedan retirarse y disfrutar de sus recién adquiridos millones, sino que deben continuar en otra zona de la selva, conjuntamente con otras unidades, para desempeñar una misión de aún mayor envergadura. El nuevo oficial al mando tiene la intención de requisar los equipajes de los reclutas del “Destroyer”, porque ha oído que encontraron un arsenal de fusiles de la guerrilla y desea evitar que alguno de los soldados se hayan apoderado de algunas de esas armas ilegalmente… Lo que no sospecha es que las mochilas de los soldados están atiborradas de billetes verdes… Pero tras el primer registro al equipaje de Porras (el único que no llevaba nada de dinero) es frenado el procedimiento, pues el teniente milagrosamente recibe una comunicación que les ordena partir hacia otra zona.

Momentos de tensión se viven a bordo del avión militar cuando uno de los soldados, que desesperado afirma que alguien le ha robado su parte del botín, amenaza con hacer estallar una granada de mano. Sus compañeros logran aplacarlo en el último momento, y una vez en tierra debe render cuentas ante una superior. Pero no dice nada, y tras regresar con sus camaradas, el teniente le devuelve su dinero (que alguno de ellos había sustraído, o bien que entre todos habían contribuído a colectar…)

Los reclutas reciben un día de permiso para ir a la ciudad, y entonces se desbocan sus estrafalarias extravagancias y su ostentosidad, lo que resultará sumamente contraproductivo. Compran coches de alta gama, ropa cara, artículos de lujo, despilfarran en restaurantes y discotecas, llamando la atención allá a donde van. El mayor error lo comenten al acudir a una especie de club de alterne, alquilando el local para ellos solos. Uno de los soldados está platónica y perdidamente enamorado de una de las chicas que allí trabaja (a la que ha visto actuar allí en otras ocasiones); una bailarina y prostituta llamada Dayana, cuya ropa interior le acompañó como reliquia durante sus largos días en la selva y las duras marchas como pobre soldado…

Comentario

Divertida e interesante producción colombiana basada al parecer en hechos reales. En algunos apectos recuerda a la magistral “Rapiña” (México, 1975), drama psicológico que trata de unos pobres campesinos que consiguen una pequeña fortuna saqueando los restos de un avión siniestrado en las montañas. Los bienes materiales que nunca antes poseyeron esas sencillas gentes y el miedo a ser descubiertos, hacen que cambien progresivamente (especialmente el protagonista, interpretado por Ignacio López Tarso). El principal personaje de ese film mexicano, un humilde leñador indígena, una vez “rico” se va volviendo codicioso y retorcido.

Éste no es exactamente el caso de los soldados de “Soñar no cuesta nada”. Ellos no se vuelven cada vez más avaros, sino más bien cada vez más estúpidos. Dilapidando a manos llenas la “lotería” que les acaba de tocar, sólo logran llamar la atención. El caso del pobre ingenuo enamorado de la prostituta es casi hilarante, de dimensiones tragicómicas. La meretriz a la que acaba de declarar su amor eterno y a la que ha incluso propuesto matrimonio no solamante le roba su dinero, sino que además le denuncia al ejército, y todos terminan en la cárcel. O más bien casi todos…

El sumamente escrupuloso recluta Porras resultó ser finalmente el menos estúpido, comparado con sus compañeros de armas, que despilfarraron la fortuna hallada de la noche a la mañana. Pues, pese a negarse en un principio a aceptar su parte del tesoro, finalmente la tomó y ocultó en la selva para su mujer y su pequeña hija, que pasaban por apuros económicos. Él fue así el único que logró que su parte del botín tuviera una finalidad realmente útil.

FHP, 2015

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