Sure death revenge (V.O. Hissatsu 4: Urami harashimasu) – Kinji Fukasaku, 1987

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Sure death revenge (V.O. Hissatsu 4: Urami harashimasu)

Japón, 1987

Director: Kinji Fukasaku

Género: Jidaigeki, thriller, acción

Guión: Kinji Fukasaku

Intérpretes: Makoto Fujita (Mondo Nakamura), Hiroaki Murakami (Masa), Kazuko Kato (Otama)

 

Argumento

Mondo Nakamura es un veterano samurai, agente de policía en algún momento del último tramo del periodo Tokugawa. Tras el asesinato de su jefe, llega a suplantarlo un nuevo magistrado. De esa forma, su superior pasa a ser el muy joven y un tanto afeminado Okuda, que nadie sabe muy bien cómo ha podido llegar a un puesto de tan alta responsabilidad. A partir de ese momento, comienzan a sucederse misteriosos asesinatos en la corte, y Nakamura iniciará sus investigaciones, comenzando pronto a sospechar del nuevo magistrado. Por otra parte, los criados del shogun, excéntricos jinetes con estrafalarias vestimentas de colores y pelucas leoninas, hostigan a los campesinos que habitan en una aldea, y provocan la muerte de un anciano, antiguo samurai retirado. No lo asesinaron directamente, pero el deceso se produce después de que el hombre fuera coceado por un caballo que a su vez se había encabritado al ser alcanzado por un shuriken ninja. Nakamura, que descubre el shuriken, se pregunta quién lo lanzó, y por qué. Por su parte, la hija del anciano jura venganza. Intenta recaudar oro para pagar a un asesino que de caza al responsable de la muerte de su progenitor. Pero al carecer de recursos, deberá recurrir a prostituírse.

Nakamura vive con su esposa y su suegra, dos intrigantes que a sus espaldas buscan la mejor manera de librarse de él; y tiene una especie de amante, con la que proyecta escapar a una isla.

El único de los asesinos profesionales que acepta el encargo de vengar al viejo samurai, es un experto artista marcial que tiene bajo su custodia una adolescente y un niño, que como se verá no son realmente sus hijos. La chica, que ha sido rechazada por su padre adoptivo, trata por todos los medios de ser aceptada de nuevo. Éste mercenario, cuya seña de identidad principal (además del típico sombrero de los arrozales asiáticos) es una extraña peonza que gusta de hacer girar sobre un palo, competirá primero con Nakamura para esclarecer los delitos y liquidar a los malhechores, pero llegados a un cierto punto, unirán esfuerzos contra los hombres del nuevo magistrado.

El shogun, entrado en años, abusó en el pasado durante una orgía de una joven llamada Okiku. Ésta, avergonzada tras haber sido violada, se suicidó después. Ahora el shogun se arrepiente de haber provocado esa tragedia, y en sus sueños y delirios pide perdón a su víctima.

Finalmente se descubrirá que el extravagante Okuda era el hermano de la tal Okiku, y que se ha infiltrado en las altas esferas del shogunato con la intención de ganarse la confianza del shogun, para así vengarse. Para ello, el imberbe magistrado ha urdido una compleja conspiración que le permite escalar dentro del poder político para acercarse a su meta. Pero la consecución de sus objetivos siembra la corte de cadáveres, y el aguerrido aunque maduro Nakamura no está dispuesto a consentirlo.

El “espadachín de la peonza” que busca vengar al samurai coceado, mata en un encarnizado enfrentamiento al asesino material de éste, uno de los más diestros mercenarios de Okuda, que para espiar mejor a los campesinos se había hecho pasar por humilde herrero errante. Pero en el fragor de la lucha, también él ha sido herido, y expira abrazado por sus hijos adoptivos, reconciliándose con la adolescente; y ante la presencia de Nakamura y sus agentes. Tras ello, éstos toman la resolución de atacar el palacio de Okuda. Nakamura y el jóven magistrado combatirán, haciendo uso éste último de una naginata.

Comentario:

Entretenido aunque bastante largo (más de dos horas) post-jidaigeki ochentero curiosamente aderezado con una pseudo-morriconiana banda sonora más propia de un italo-western (o que no desentonaría tampoco en un film sobre bandoleros andaluces, resultando vagamente reminiscente de “Curro Jiménez”…).

Al parecer se trata de la cuarta parte de una serie de películas “Hissatsu” sobre el personaje de Mondo Nakamura (Makoto Fujita), formando así parte de la tradición cinematográfica japonesa en la que también se encuentran las de “Kozure Okami”, “Zatoichi”, “Hanzo”, etc. Lo que no sabemos es hasta qué punto hubiera sido importante ver las tres anteriores para el mejor disfrute y comprensión de la trama. Las películas de Zatoichi, por ejemplo, son independientes entre sí, pero en otros casos los acontecimientos están relacionados con otros sucedidos en una entrega anterior.

El actor que interpreta a Bunshichi (el misterioso “espadachín de la peonza”) es Sonny Chiba.

FHP, 2014

Dojo yaburi (V.O.) a.k.a. “Samurai from nowhere” – Seiichiro Uchikawa, 1964

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Dojo yaburi (V.O.) a.k.a. Samurai from nowhere

Japón, 1964

Director: Seiichiro Uchikawa

Género: Jidaigeki, Chanbara

Guión: Hideo Oguni

Intérpretes: Isamu Nagato, Tetsuro Tanba, Shima Iwashita

Música: Masaru Sato

 

Argumento

Ishikawa Hachiemon es un ronin en busca de empleo que vive en una destartalada posada, y que se ve obligado a realizar tareas de toda índole para garantizar su sustento. Está casado, pero su esposa se encuentra ausente, y Hachiemon tiene previsto reencontrarse con ella cuando haya ahorrado lo suficiente para permitirse una vida digna. El ronin interviene para defender a una bella joven de noble familia que, en compañía de un sirviente y una criada se disponía a cruzar el río: Los barqueros que habitualmente realizan ese servicio reclamaron una suma mucho más alta, y comenzaron además a hostigarla. Hachiemon logra ponerlos en fuga sin tener ni siquiera que enfrentarse directamente a ellos, pues basta una demostración de sus proezas con las artes marciales para que los matones-barqueros emprendan la retirada. La joven aristócrata resultó ser Chigusa, la hija de Komuro Tatewaki, un importante funcionario del daimyo. El ronin carga a la chica en sus espaldas para cruzarla a la otra orilla, y a cambio recibe varios ryo como recompensa. Así, Ishikawa va ahorrando para que un día no muy lejano pueda presentarse ante su aguardante esposa.

Mientras tanto, otro ronin llamado Ohba Gunjuro (Tetsuro Tanba), reside en otra posada y también busca trabajo. De momento, como Hachiemon, sobrevive participando en combates en los dojos, recibiendo dinero de las recaudaciones de las apuestas por derrotar a sus oponentes. Tras amputar el brazo al propietario de un dojo durante una disputa, explica a la posadera cuáles son sus precios mientras devora su bol de arroz: cobra por la comisión de asesinatos por encargo, por secuestros, por enfrentamientos en puestos fronterizos, etc. Su temperamento, frío como un témpano, parco de palabras pero siempre contundente en sus acciones, es diametralmente opuesto al de Hachiemon, de aire bonachón, campechano y entrañablemente despistado. No obstante ambos ronin tienen algo muy importante en común: son maestros indiscutibles de las artes marciales y dominan la espada como si fuera una parte más de su cuerpo.

Así pues, está claro que tarde o temprano ambos se tendrán que enfrentar. En una competición de artes marciales (en la que los samurai tienen moralmente prohibido participar, porque sus técnicas de lucha no son para las exhibiciones ni para el lucro), Gunjuro derrota fácilmente a todos los oponentes que se habían atrevido a luchar contra él… Los miembros del jurado están a punto de concederle el máximo premio cuando aparece Hachiemon, que también busca probar su suerte. Ambos combaten, con palos en lugar de espadas, y las depuradas técnicas de las cuales ambos hacen gala, demuestran que se encuentran muy igualados. Finalmente, el palo de Gunjuro sale volando… pero al mismo tiempo, por el mismo golpe, el de Hachiemon se ha partido en dos. Están pues empatados, y se ven obligados a compartir el premio.

Poco después, Ishikawa pesca en el río con el niño de una de las mujeres que se hospeda en su posada. Le explica al pequeño que para pescar es importante el desapego, y lo mismo sirve para la esgrima: “Una espada sin pensamientos mundanos es invencible”. En ese momento, se produce una lucha en el cercano bosque, e Ishikawa interviene para separar a los bandos contendientes y evitar el derramamiento de sangre… y también “para impedir que se les escapen los peces”. Su intromisión es observada atentamente.

A continuación, la posada donde se aloja Ishikawa es visitada por un huésped de muy alto rango: Komuro Tatewaki, el funcionario del daimyo. Es él quien ha observado las proezas del ronin con las armas, al lograr separar a los bandos que luchaban entre sí, y además está al corriente de que fue él quien ayudó a su hija Chigusa. Por ello, Komuro desea ofrecerle un empleo, como supervisor de esgrima en el señorío. Sin embargo, Ishikawa debe confesar algo sobre su pasado que le impide aceptar un puesto de tal categoría: Para empezar, no es Ishikawa Hachiemon su verdadero nombre, sino Misawa Ihei, antiguo samurai que se vió obligado a escapar. Su prometida Tae había sido elegida contra su voluntad como concubina por un importante señor feudal, e Ihei intervino para rescatarla de caer en sus garras. Ambos huyeron y se casaron, permaneciendo desde entonces como prófugos, y en busca de un nuevo trabajo. Tras escuchar su historia, Komuro afirma que no le importa su pasado, y que pese a lo sucedido está dispuesto a contratarlo igualmente.

Sumamente halagado y agradecido de haber finalmente encontrado un trabajo de tanto prestigio y tan buena remuneración, Ihei (que ya no debe emplear su nombre falso) se dirige a recoger a su esposa Tae, y juntos retornan a la posada para prepararse a emprender su nueva vida al servicio de Komuro… Pero lamentablemente surgen complicaciones. Komuro ha descubierto que Ihei ha participado recientemente en esos torneos-espectáculo de lucha a cambio de dinero. Ésto está considerado como algo sumamente indigno para el código de honor samurai, y Komuro por tanto retira su oferta de empleo. Ihei pierde así una brillante oportunidad de prosperar. Ya estaba ataviado con el kimono de gala y su mujer le había afeitado la parte superior de la cabeza al estilo “samurai en funciones”, pero sus perspectivas de trabajar como supervisor de esgrima se ven frustradas en el último momento.

Tras despedirse de los inquilinos de la cochambrosa posada, Ihei y su esposa Tae abandonan el poblado y cruzan una frontera entre señoríos feudales. Allí son abordados por los hombres del daimyo que pretendía hacer de Tae su concubina, quienes se abalanzan sobre ellos para arrestarlos. Pero, sorpresivamente aparece el hosco Gunjuro quien interviene en auxilio de la pareja. Ambos ronin luchan contra el destacamento del paso fronterizo y logran derrotarlos.

Cuando los tres están solos, Gunjuro (que les había delatado sólo para cobrar la recompensa, pero no estaba dispuesto a permitir que fueran detenidos) dice a Ihei que intervino porque hace cinco años él estaba en la misma situación que él, pero en cambio su esposa murió antes de que hubiese conseguido un buen empleo.

Comentario

Clásico jidaigeki con la presencia del gran Tetsuro Tanba y muy buenas escenas de lucha, donde los entendidos apreciarán las técnicas de combate y iaido que con soberbia pericia ejecutan los espadachines. Como ya se ha indicado, en el film intervienen dos polarizados personajes con opuestos temperamentos: Gunjuro encarna al prototípico “tipo duro”, hierático, impertérrito y taciturno, de pétreas facciones y gélida mirada. Por su parte, Hachiemon/Ihei (interpretado por el actor Isamu Nagato) recuerda en su forma de proceder al teniente Colombo, una especie de Peter Falk japonés; da la falsa impresión de ser patoso y despistado, sin embargo es tan diestro con la espada y tan buen luchador como el que más.

Ambos actores, Tanba y Nagato, participan en la obra maestra “Sanbiki no samurai” (a.k.a. Three outlaw samurai), también de 1964, y dirigida por Hideo Gosha. Tetsuro Tanba también interviene en “Seppuku”/”Harakiri” (1962) de Masaki Kobayashi.

FHP, 2014

Gardenia il giustiziere della mala – Domenico Paolella, 1979

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Gardenia il giustiziere della mala

Italia, 1979

Director: Domenico Paolella

Género: Polizziesco

Guión: Augusto Caminito

Intérpretes: Franco Califano (Gardenia), Martin Balsam (Salluzzo), Licinia Lentini (Miriam Bella)

Música: Franco Califano

 

Argumento

El popular y exitoso Gardenia, muy apreciado en su barrio y gran conquistador de mujeres, es el propietario de un restaurante en Roma, y está muy bien conectado con los bajos fondos. La banda de Salluzzo, interesada en extender a la zona el tráfico de heroína, y operar entre otros sitios desde su restaurante, intentará extorsionar a Gardenia, para “convencerle” de que lo mejor es aceptar su hegemonía. Pero Gardenia no se deja intimidar, y para contrarrestar los hostiles esfuerzos de Salluzzo cuenta con la ayuda de sus fieles y entrañables (aunque patosos) colaboradores, como “el Abogado” o “el Colombiano”, así como con los chivatazos de sus mujeres, que le mantienen informado acerca de los movimientos del enemigo.

Los matones de Salluzzo le emboscarán en un callejón y le pegarán una brutal paliza, rompiéndole los brazos; más tarde también realizarán un atentado con granada, provocando la muerte de uno de sus cocineros, el más anciano de sus empleados, que ya había trabajado para su padre. En respuesta a ese asesinato, Gardenia localiza al autor del crimen (tras interrogar expeditivamente a una prostituta) y le aplica el “ojo por ojo”.

Poco después, el local de Gardenia es pasto de las llamas en un incendio provocado mediante una explosión de dinamita. Resignado, Gardenia decide que hay que empezar desde cero, “sin rendirse nunca ante la adversidad”.

Salluzzo lo visita poco después, para proponerle una vez más que acepte sus condiciones. Gardenia finge aceptar, pero sólo para ganar tiempo y jugársela: En el aeropuerto intercepta al “correo” de la droga, un filipino llegado con las aerolíneas iraquíes. Con la ayuda de sus colaboradores, se hace pasar por taxista y durante el trayecto a la ciudad le sustrae la heroína, sustituyéndola por otros paquetitos con polvos de apariencia similar.

Más tarde, cuando Salluzzo y sus hombres están a punto de realizar la transacción, intercambiando la mercancía recién adquirida por dinero, deciden por cuestiones de seguridad comprobar la autenticidad del producto… “no sea que nos pase como la otra vez”. Un doctor, experto en química, rocía un líquido sobre una muestra de los polvos y dice: “Ésta vez no es bicarbonato…” (todos ya ríen maliciosamente y se frotan las manos) “…son polvos de talco” (gran decepción de los presentes, que se transforma en furia).

Al día siguiente, Gardenia y los suyos están observando el río Tiber, cuando ven aparecer flotando el cadáver del filipino (a quienes los gangsters atribuían el timo). Gardenia ya lo había previsto. Para evitar que la droga interceptada llegase a la calle, el mujeriego y carismático restaurador también la tiró al río.

Gardenia es sorprendido husmeando en las cercanías de la villa de Salluzzo. Los esbirros de éste, lo conducen adentro, ante la presencia de su jefe. Salluzzo está allí con su amante, la voluptuosa (e insidiosa) Miriam Bella, que previamente había intrigado contra Gardenia afirmando que éste la acosaba, actuando así por despecho, pues en realidad él la había rechazado… Salluzzo propone zanjar la disputa de una vez por todas: “La ciudad es demasiado pequeña para los dos”, y propone resolverlo… con una partida de billar! El que pierda, se irá. Cuando Gardenia es preguntado por su opinión, repone lacónicamente: “Pensaba que una idea tan estúpida sólo era posible en las películas”. No obstante acepta. Y Miriam Bella arbitrará entre ambos…

Comentario

Interesante film del poco conocido Domenico Paolella, con el también ignoto Franco Califano; que se desenvuelve magistralmente como Gardenia, un restaurador malavitoso y playboy, galán mujeriego que se atiene a sus propias reglas sin plegarse a las imposiciones de los jefes del gran crimen organizado, manteniéndose en su personal código de honor opuesto al tráfico de drogas.

Gardenia es una epítome de lo cool, y resulta en muchos aspectos (en el carácter, el temperamento y la forma de proceder) reminiscente de Tony Montana y de los personajes de Henry Silva. Los empleados de Gardenia aportan el toque cómico (algo bastante habitual en muchos polizzioteschi, como por ejemplo en “Napoli, Palermo, New York – el triangolo della Camorra” (1981) o en las de Tomas Milian) y la sensual Miriam Bella (Licinia Lentini) el toque caliente.

FHP, 2014

Quelli della calibro 38 – Massimo Dallamano, 1976

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Quelli della calibro 38

Italia, 1976

Director: Massimo Dallamano

Género: Polizziesco

Guión: Massimo Dallamano, Franco Bottari

Intérpretes:Marcel Bozzuffi (inspector Vanni), Carole Andre (Sandra), Ivan Rassimov (Marsigliese)

Música: Stelvio Cipriani

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Argumento

El inspector Vanni organiza una redada en un caserón abandonado contra la banda del Marsellés. Éste logra zafarse del cerco policial, pero varios de sus hombres son detenidos, otros perecen en el tiroteo.

En la siguiente escena vemos a dos niños jugando a persecuciones y tiroteos en las escaleras de un edificio. Uno de ellos se despide, “pero la próxima vez te toca morir a tí“. El otro, sube hasta su piso, junto al cual aguarda (en el portal) un misterioso individuo con gabardina y bigote: Es el Marsellés. El niño, instintivamente asustado, deja caer su pistola de juguete y golpea insistentemente la puerta hasta que le abre su madre. En ese momento, el sombrío personaje saca su pistola (que es de verdad) y dispara varios tiros contra la mujer, ante la atónita y acongojada presencia de su pequeño hijo. A continuación, el comisario Vanni recibe una llamada telefónica en su oficina: Se trata del Marsellés que le recuerda que “tú mataste a mi hermano…” (en el tiroteo inicial) “…y ahora yo me he vengado”. Vanni, presintiendo lo peor, acude a su domicilio, donde ya se han congregado agentes, vecinos y curiosos. Allí debe constatar, sin perder la compostura, que su mujer ha sido asesinada.

Tras la tragedia personal sufrida, Vanni logra finalmente que sus superiores autoricen la constitución de una escuadrón policial de élite para combatir al crimen con más eficacia. Él y su grupo reciben las pistolas del calibre 38 (que dan nombre a la película) y comienzan los entrenamientos: destreza al volante, pericia con las motos, luchas cuerpo a cuerpo, dominio de las armas de fuego… El escuadrón de Vanni consigue detener a una banda de atracadores que habían tomado una rehén, evitando el derramamiento de sangre durante la peligrosa operación.

Además del grupo de élite de reciente creación, Vanni recurre a los servicios de un “soplón” de los bajos fondos, que le informa periódicamente acerca de los proyectos delictivos de ciertos criminales. Así, el inspector se entera de que los hombres del Marsellés que habían sido detenidos, estaban planeando una fuga, durante un traslado de una prisión a otra, mediante la ayuda de unos cómplices disfrazados de policías. El día en el que va a tener lugar el traslado, los hombres de Vanni están preparados para intervenir, pero sólo consiguen retener a uno de los bandidos (que, herido en una pierna, es dejado de lado por los suyos; le cierran de golpe la puerta del coche ya en marcha pillándole los dedos de una mano, que son de ese modo arrancados de cuajo). A pesar de haber sido abandonado (y mutilado) de ese modo, el delincuente se niega a hablar: “je ne sais pas” dirá una y otra vez. Los superiores de Vanni le recriminan el hecho de que sus hombres hubieran empleado balas explosivas dum-dum, prohibidas por el reglamento.

Dispuesto a capturar al Marsellés a toda costa, Vanni ordena a uno de sus agentes que comience a “dejarse caer” por los locales que frecuentan los miembros de la banda, con el fin de recabar información sobre la misma.

Por su parte, uno de los fugados llega a casa de su novia, Sandra (que es la propietaria del club nocturno donde comienza a aparecer el policía secreto de Vanni). Sandra, que no participa directamente en las actividades criminales de su prometido, sin embargo está al corriente de las mismas, y las tolera. Es la encargada de recoger en coche al prófugo Marsellés, recién llegado a Turín y llevarlo a un nuevo refugio. El líder de la banda ha modificado su apariencia; tras afeitarse el bigote resulta irreconocible y ahora, con ese un nuevo aspecto con el que pasa desapercibido; se oculta en un nuevo refugio. Su organización se dedica al tráfico masivo de explosivos, y el Marsellés trama para el futuro un plan demencial que pondrá en jaque a toda la ciudad…

Mientras tanto, el agente de Vanni “se infiltra” en el club, y con sus dotes de galán intenta conquistar a Sandra (sin saber aún que es la novia de uno de los gangsters) y a una de las baristas (tras enterarse que es la hermana de otro de los bandidos).

Al mismo tiempo, el Marsellés y los suyos han descubierto quien fue el chivato que informó a la policía sobre los planes de fuga, y van a hacerle una visita… Cuando lo encuentran, en un parque, le prometen que no le harán daño (tras conseguir que les confiese a punta de pistola que trabaja para Vanni) si colabora con ellos en un trabajo: Le dan un maletín, diciéndole que su misión consistirá en “entregárselo a una rubia que a cambio le dará unos millones”. Pero ello no resulta ser más que una “broma pesada”… Cuando el Marsellés y sus socios se ha retirado a una distancia prudencial, y ya se encuentran dentro de su coche, hacen estallar por control remoto la carga explosiva que se encontraba en el interior del maletín. El soplón prácticamente se volatiliza.

Vanni y los suyos han descubierto que el negocio más lucrativo en el que se mantienen ocupados “los marselleses” es el del tráfico de explosivos. Poco después, uno de los bandidos llama a las oficinas del inspector y le pide que “se asome a la ventana” y que “mire al coche blanco y cuente hasta cinco”. Ante los incrédulos ojos del agente, el automóvil estalla y no quedan de él más que restos calcinados. Se trata de “un aviso”…

El Marsellés le ordena a Sandra que lleve otro maletín y lo introduzca en cierta consigna de la estación central de ferrocarriles. Ignorando qué contiene y para qué debe hacerlo, la jóven obedece. Cuando se ha retirado, los hombres del Marsellés activan a distancia la bomba, provocando devastación y muerte. Varios pasantes inocentes pierden la vida ante el estallido de la carga de dinamita, muchos son heridos y mutilados. El atentado era “otro aviso”: Pues el maligno plan del Marsellés consiste en chantajear a toda la ciudad; tal y como da a conocer mediante un comunicado a las autoridades. Dice que “Turín se ha convertido en un campo minado”, que hay decenas de maletines bomba en las zonas más concurridas de la ciudad, y que irán estallando si no se le entrega una considerable suma de millones… Como requisito, el Marsellés impone que el inspector Vanni, jefe del escuadrón de élite, se mantenga alejado del caso. Así pues, sus superiores se ven obligados a claudicar ante las presiones del psicópata y alejan a Vanni de las pesquisas oficiales… Éste sin embargo no se dará por vencido, y jura acabar con el Marsellés con sus propias manos.

Mientras tanto, Sandra ha descubierto que fue utilizada para cometer una masacre, se siente culpable por haber sido cómplice (aunque inconsciente) de varias muertes, y amenaza con delatar a la banda… Su novio consigue convencerla de que no lo haga, pero el Marsellés comienza a mirarla con suspicacia, como una potencial “fuente de problemas” (por sus escrúpulos y por saber demasiado)…

Comentario

Buen thriller policial italiano, que si bien no resulta demasiado realista en muchos aspectos, sí es sumamente entretenido y consigue matener el interés y el suspense.

“El Marsellés” (o “Il Marsigliese”) es al parecer un nombre recurrente para los villanos de los poliziotteschi: También en “Il Grande Racket“ (Enzo Castellari, 1976) y en “Milano Calibro 9” (Fernando Di Leo, 1972) aparecen personajes apodados así, aunque no representan necesariamente al mismo individuo ni están interpretados por el mismo actor.

Tema central de la trama sera el antagonismo entre el curtido, duro y circunspecto inspector Vanni (Marcel Bozzufi, francés de origen italiano) y el peligrosísimo criminal conocido como “El Marsellés” (Ivan Rassimov, de origen ruso, pero criado en Italia).

FHP, 2014

El ciudadano se rebela – Enzo G. Castellari, 1974

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Il cittadino si ribella

Italia, 1974

Director: Enzo G. Castellari

Género: Polizziesco

Guión: Massimo De Rita

Intérpretes: Franco Nero (Carlo), Barbara Bach (Barbara), Giancarlo Prete (Tommy)

Música: Guido & Maurizio De Angelis

 

Argumento

Italia, años setenta. Atracos y robos violentos están a la orden del día. Los delincuentes campan a sus anchas, casi con impunidad, cometiendo los más atroces asaltos. Un trío de profesionales del crimen realiza un brutal atraco en un banco. En su huída, se llevan consigo a Carlo (Franco Nero), un ingeniero. No es el primer delito del cual es víctima; poco antes su casa ha sido desvalijada e incendiada por desconocidos. Se sucede una trepidante persecución automovilística por las calles. Durante la fuga, los criminales (que se han sacado los pasamontañas dejando sus rostros al descubierto) golpean con saña a Carlo, y una vez en el puerto, lo abandonan y escapan en un segundo coche que tenían preparado.

Carlo es llamado a declarar ante la policía. Pero el comisario no parece demasiado interesado en indagar en profundidad, y Carlo tiene la impresión de que los agentes no hacen todo lo que está en su poder para proteger al ciudadano. Carlo se siente humillado, y abandonado por la “justicia”, por lo cual decide investigar por su cuenta y vengarse de los tres bandidos una vez los haya encontrado. Sus conocidos y amigos (entre ellos, su novia Barbara) tratan de hacerle desistir, insistiendo en que es demasiado arriesgado, en que “no hay que tomarse la justicia por su mano”, etc.

Sin embargo el intrépido (pero muy ingenuo) Carlo está decidido a aventurarse en los bajos fondos de la ciudad para averiguar las identidades de sus agresores (cuyas caras recuerda perfectamente). Pero lo inexperto de su metodología impide que sus pesquisas den sus frutos: Se dedica a preguntar (casi abiertamente) en los locales de la malavita sobre los tres individuos, realizando descripciones de los mismos. Obviamente, los delincuentes interpelados lo miran con suspicacia y buscarán quitárselo de encima, también se burlarán e incluso golpearán a ese extraño que hace demasiadas preguntas. De ese modo, Carlo no va a ninguna parte: Está comportándose como un “pardillo”.

A pesar de las dificultades iniciales, Carlo emplea más tarde una táctica más fructífera: Sigue a un delincuente al azar y le fotografía constantemente, logrando unas instantáneas a su salida de una joyería, que prueban su implicación en un delito. Así, con las fotos comprometidas en su poder, Carlo le hace chantaje a ese gangster (llamado Tommy), presionándole para que le revele los nombres de los tres asaltantes que la policía “no ha podido” capturar. Por mediación de Tommy, Carlo busca asimismo tener acceso a armas de fuego, para el caso de verse confrontado a sus enemigos.

Tommy se dispone a ayudarlo; y como muestra de buena voluntad, Carlo le entrega los carretes de las fotos que probaban su autoría del atraco (aunque sigue sin saber la identidad de los tres). Carlo había conseguido citarlos a través de Tommy en una nave industrial, y cuando estuvieron allí avisó velozmente a la policía, pero los criminales supieron por adelantado que les buscaban y escaparon a tiempo… Ello levantó en Carlo sospechas de una connivencia entre la policía y ciertos delincuentes profesionales, aunque el comisario lo negó, haciendo hincapié en que el crimen organizado tiene la capacidad de interceptar llamadas…

Carlo y Tommy terminan haciéndose amigos. Cuando Carlo llega a la presencia de los tres delincuentes que está buscando, éstos se abalanzan sobre él y lo masacran, propinándole una paliza bestial. Tras ello lo encierran en una especie de zulo, pero Tommy le ayuda a salir (Es irónico que al ciudadano justiciero le sea de más ayuda un delincuente que la policía). Uno de los tres criminales se percata de su fuga y le persigue en coche, Carlo corre desesperado delante del vehículo, y es embestido en varias ocasiones, hasta que cae rodando por un barranco… Pero logra salir casi ileso, y encuentra una pala, que usa para destrozar el parabrisas del coche de su perseguidor… y poco después a su propio perseguidor. No obstante, Tommy le detiene antes de que Carlo descargase el “palazo” de gracia… Ambos tratarán a partir de ese momento de dar caza a los otros dos criminales y probar ante la policía que fueron ellos tres los autores del atraco que le tomaron como rehén.

Comentario

Curioso polizziotesco de Enzo Castellari desde una perspectiva un tanto diferente: Ésta vez la historia no es vista a través de los ojos de un policía, ni a través los de un delincuente; sino desde el punto de vista del ciudadano común y corriente, que harto de la ola de crímenes y de la ineficiencia policial está dispuesto a asumir los riesgos necesarios para convertirse él mismo en “justiciero”… aunque sus procedimientos amateur dejen al inicio bastante que desear.

Viendo sobre todo las escenas iniciales de éste film, resulta bastante bastante obvio de dónde recogieron su inspiración directores como Martin Scorsese (las escenas violentas con música de fondo recuerdan a “Casino” -1995- o “Goodfellas” -1990) para rodar algunas películas de su exitosa filmografía. Castellari es sin duda uno de los directores a los que Scorsese le debe mucho. Tarantino, por su parte, no es que “se inspire”, sino que más bien plagia y recicla en numerosas ocasiones el estilo italiano-setentero (inclusive en la música) tan característico de los polizzioteschi.

Muy buena, por cierto, la banda sonora de los hermanos De Angelis.

FHP, 2014

La polizia ringrazia – Steno, 1972

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La polizia ringrazia

Italia, 1972

Director: Stefano Vanzina (a.k.a. Steno)

Género: Polizziesco

Guión: Steno, Lucio De Caro

Intérpretes: Enrico Maria Salerno (comisario Bertone), Mariangela Melato (Sandra), Mario Adorf (Ricciuti)

Música: Stelvio Cipriani

 

Argumento

Roma, principios de los años setenta. La policía tiene las manos atadas. Una ola insólita de delitos violentos asola la ciudad. Los criminales son arrestados, pero poco después deben ser puestos en libertad “por falta de pruebas”. Los agentes no pueden emplear una metodología expeditiva para arrancar confesiones a los delincuentes y poner fin a sus sangrientas fechorías.

El veterano gangster Bettarini, detenido por un atraco con homicidio, es absuelto. Cuando vuelven a arrestarlo poco después, por posesión ilícita de armas, es conducido a la comisaría, donde reclama la presencia de su abogado. Mientras esperan al letrado, provoca a los policías iniciando una trifulca, para conseguir así que le golpeen. De ese modo, con fracturas y lesiones, puede declararse “víctima de la brutalidad policial” y afirmar que “le torturaron”.

El comisario Bertone (Enrico Maria Salerno) está desesperado por la impotencia que le produce no poder impedir el exponencial aumento de la delincuencia. Por si fuera poco, la prensa se dedica a acusar siempre a la policía (las “derechas” por “pasividad” – las “izquierdas” por “abuso de poder”), de forma que Bertone está sometido a una creciente presión por todos los frentes. Tiene una amiga periodista, la “progre” Sandra. Nadie parece darse cuenta de que el auténtico responsable es el sistema en sí… o casi nadie.

Mientras tanto, el auge de la criminalidad se recrudece. Dos jóvenes en moto atracan una joyería y asesinan a la empleada, también en su huída matan a tiros a un pasante. Perseguidos por las patrullas, se ven obligados a separarse. Uno es detenido y conducido ante el comisario Bertone, a quien confiesa la identidad de su cómplice. El otro, sin embargo, logra zafarse del cerco policial secuestrando a punta de pistola a una joven automovilista. En una casa abandonada la mantendrá como rehén.

Ante lo insostenible de la situación, surge un grupo de estilo para-policial que se dedica a aplicar a los criminales los castigos que la policía no puede permitirse implementar. La secreta organización, conocida pronto en la prensa como “los Anti-Crímenes”, consiste en un conjunto de escuadrones compuestos por misteriosos individuos taciturnos que no vacilan en ejecutar a asesinos, violadores y demás lumpen. Un joven atracador reincidente es conducido junto al río y fusilado. El muchas veces absuelto Bettarini, autor del homicidio de un vigilante de seguridad, es atado a un poste de alta tensión y electrocutado. Una prostituta aparece estrangulada, también se deshacen de un pederasta, y de un extremista político. Éstas últimas tres ejecuciones tienen un transfondo simbólico; es decir, no se trataba de nada “personal” contra esos tres individuos en concreto, sino contra el “grupo social” ( o más bien anti-social) que cada uno de esos tres representaba. Para más carga simbólica, los enigmáticos ejecutores dejan los cadáveres junto a carteles de concienciación ciudadana (distribuídos por toda la ciudad por la administración municipal) donde dice “Mantengamos a Roma limpia”.

Paradójicamente, la policía “oficial” a la que pertenece el comisario Bertone, debe combatir por ley a ésta organización “de asesinos” que en realidad les está facilitando el trabajo, aplicando la “mano dura” que muchos ciudadanos reclaman pero que al estado no le está permitida.

Un conocido asesino, buscado desde hace años, decide por voluntad propia entregarse a la policía porque tiene miedo de las represalias de “los Anti-Crímenes”. Aún así, la misteriosa sociedad consigue liquidarlo, mediante el envenenamiento con cianuro de su comida en el calabozo.

Mientras tanto, el atracador y asesino que secuestró a la chica, está parapetado en la casa abandonada, cercada por un amplio dispositivo policial. El comisario Bertone insiste en intervenir, pero el magistrado Ricciuti (Mario Adorf) dice que la operación “conllevaría un gran riesgo” para la vida de la joven, y accede a las exigencias del delincuente, que pide un vehículo para escapar mientras encañona a la rehén. Así, logra burlarse una vez más de la justicia.

Poco después, el criminal continúa huyendo con la chica, ésta vez en moto, perseguido por varios coches de la policía. En cierto momento, tira a la joven de la moto en marcha, de modo que se estrella contra la autopista y es arrollada por el coche policial que les pisaba los talones. Una vez más, el atracador-asesino-secuestrador consigue escapar; y la policía no ha podido hacer nada para evitarlo, ni para impedir la muerte de la chica.

Por su parte, el comisario Bertone continúa indagando sobre “los Anti-Crímenes”, la sociedad secreta que tan exitosamente le hace la competencia a la policía del sistema. Para ello, cuenta con la ayuda de Sandra, su amiga la periodista progre…

Comentario

Interesante polizziotesco a tres bandas: una especie de confrontación triangular entre la policía sistémica, la delincuencia callejera y la nueva organización creada como alternativa a la ineficaz policía “oficial” para combatir al crimen.

Está visto que muchas veces, el fenómeno de la delicuencia aplicado contra la pequeña y mediana empresa, y contra los honestos y trabajadores ciudadanos “de a pie”, sirve a los intereses de las “altas esferas”, contribuyendo a que los pequeños comerciantes sean arrasados o absorbidos en beneficio de las multinacionales. El crimen callejero que proliferó en Italia durante los años setenta (y en España durante los ochenta, con heroinomanía de por medio) forma parte de una estrategia (“de la tensión”) mucho más amplia, y que de ningún modo se trata de algo que surge “de la nada” de la noche a la mañana… Y tal vez tampoco su reacción.

Al inicio del film podría pensarse que estamos ante una más de las incontables películas policiacas setenteras que, con una estructura casi de documental (como en “Banditi a Milano”), incursionan en el violento mundo de la delincuencia callejera de aquellos tiempos. Pero algo hace diferenciarse a ésta obra de Steno del resto de los polizzieschi “del montón”; pues el planteamiento de “La Polizia Ringrazia” es uno de los más interesantes del subgénero polizziotesco italiano, junto al de “Il Grande Racket” (Enzo Castellari, 1976).

FHP, 2014

Bandidos en Milán – Carlo Lizzani, 1968

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Banditi a Milano (a.k.a. “The Violent Four”)

 

Italia, 1968

Director: Carlo Lizzani

Género: Polizziesco

Guión: Massimo De Rita, Carlo Lizzani

Intérpretes: Gian Maria Volontè (Piero Cavallero), Tomas Milian (comisario Basevi)

Música: Riz Ortolani

 

Argumento

Milán, finales de los años sesenta. El comisario Basevi (Tomas Milian) debe arrestar a una banda de peligrosos atracadores de bancos, cuyo principal líder es Piero Cavallero (Gian Maria Volontè). Los periódicos (extrañamente en alemán) informan sobre los robos y asaltos (en muchas ocasiones con víctimas) que se van sucediendo en Milán, los actos delictivos planificados por grupos criminales muy bien estructurados, que se reparten además fuentes de ingresos poco loables como la extorsión recaudada por la “protección” de locales de ocio, o la prostitución (presenciaremos, de forma harto sintética, la desventurada historia de una joven, quien tras ganar un concurso artístico es embaucada para ir a caer en las redes de unos proxenetas, que terminan rociándola con gasolina para quemarla viva).

Cuando el comisario captura a uno de los integrantes de la banda de Cavallero, el bandido arrestado comienza a “cantar”, y relata a los agentes los pormenores relacionados con los asaltos y todo lo concerniente al grupo de atracadores del cual era integrante.

A partir de ese momento, arranca la historia, y el film finalmente se pone interesante. Cavallero, el jefe de la banda, resulta ser un “respetable hombre de negocios” con varios empleados y oficinistas, que lleva una doble vida a la hora de ejecutar sus fechorías. Esconde sus armas en el taller de su padre, que es carpintero; y el joven aprendiz de éste, un adolescente llamado Tuccio, las descubre un día por casualidad. Piero se da cuenta de que el chico está al corriente, y compra su silencio sobornándole con más dinero del que recibe de su padre en calidad de aprendiz. Poco después, Tuccio es aceptado como un miembro más de la banda. Cavallero decide que la próxima sucursal que atracarán sera el Banco de Nápoles en la ciudad de Turín. Tras una meticulosa planificación que tiene en cuenta los más nimios detalles (incluídos los tiempos que tardan en cambiar de color los semáforos de las cercanías, para que al escapar puedan alejarse más rápido), los bandidos llevan a cabo el atraco. El asalto en sí sale bien. Tuccio, apostado afuera, lleva a cabo la tarea de vigilante. Pero cuando huyen, unas mujeres anotan el número de la matrícula del coche de los delincuentes (que es robado) y avisan a la policía. Se produce así una persecución por las calles, con tiroteos incluídos. Víctimas de los disparos resultan ciudadanos inocentes que pasaban por la calle. La persecución se prolonga durante tensas horas, hasta que los bandidos abandonan el automóvil y se dispersan.

Uno de ellos es detenido allí mismo por los agentes de Basevi – Ese es precisamente el que estaba narrando la historia del último atraco, pues toda la cronología del último delito de la banda de Cavallero resulta ser un flashback que se retrotrae al interrogatorio policial de Basevi al delator. Por su parte, el jóven Tuccio ha logrado escapar y retorna a casa, donde le espera su preocupada madre. Pero pocos días después es arrestado. Cavallero y otro integrante de su grupo, con el botín, se han dado a la fuga y escapan por los campos a las afueras de la ciudad. Grandes destacamentos policiales y militares les siguen la pista. Tras ocho días de “caza del hombre”, finalmente logran capturarlos. Al ser llevado a proceso, esposado en el coche policial y rodeado de furiosos ciudadanos que desearían lincharlo, Cavallero estalla en una carcajada demencial, que recuerda más a un psicópata que a un clásico bandido.

Comentario

La película comienza como si fuera un documental, mostrando el violento modus operandi de las bandas organizadas que en aquellos años hicieron irrupción casi de la noche a la mañana en el hasta entonces tranquilo norte de Italia. Durante gran parte del metraje no existe una línea argumental definida, y se nos presentan varios atracos, persecuciones, detenciones, y el bullicio en la ajetreada comisaría donde Basevi (siempre fumando en boquilla) y sus hombres se ven desbordados ante los atracos que se cometen casi simultáneamente en diversos puntos de la ciudad. Ello en sí mismo no logra cautivar la atención del espectador, y a los veinte minutos comienza a manifestarse la impaciencia y el tedio. Ello resulta preocupante, teniendo en cuenta que dos grandes actores como el cubano radicado en Italia Tomas Milian y Gian Maria Volontè (famoso sobre todo por dar vida a “El Indio” en la segunda entrega de la “leonina” Trilogía del Dólar) comparten cartel. El hilo narrativo resulta muy general, al menos durante la primera media hora, retratando varios acontecimientos propios de la crónica de sucesos. Sólo pasados casi unos cuarenta minutos inicia la auténtica trama; que ofrece casi una radiografía metodológica sobre la planificación del prototípico atraco a un banco (de aquella época), con el involucramiento del jóven Tuccio y el liderazgo del (por momentos rozando lo lunático) Cavallero (Volontè).

Es imposible evitar que surjan a la memoria paralelismos con la alemana “Blutiger Freitag” (1972), donde también el atraco a un banco es el argumento central. Aunque en la historia que cuenta la producción germana tiene lugar una larga toma de rehenes, mientras que en “Banditi a Milano” el peso de la tensión recae en la persecución por las calles. Pero al parecer, ambos films están basados en sucesos reales.

El hecho de que la película no “arranque” hasta bien entrado el metraje, le resta bastantes puntos. También se hecha de menos una buena banda sonora.

FHP, 2014