No profanar el sueño de los muertos – Jorge Grau, 1974

No profanar el sueño de los muertos –  España / Italia 1974

Género: Terror (fantaterror)

Director: Jorge Grau

Guión: Sandro Continenza, Marcello Coscia

Intérpretes: Cristina Galbó (Edna), Ray Lovelock (George), Arthur Kennedy (inspector)

Música: Giuliano Sorgini

Inspirados por el éxito de George Romero con su “Night of the living dead”, muchos profesionales del cine siguieron su ejemplo en Europa y se dedicaron con mayor o menor acierto a dirigir películas de temática zombi. La mayoría eran italianos, como Lucio Fulci con su “Zombi2” (producida por Dario Argento), o Joe d´Amato, talentoso rey del exploitation más bizarro. Pero tambien encontramos entre ellos a varios españoles, como el afamado y casposo Jess Franco; el gallego Amando de Ossorio, autor de la Tetralogía de los Muertos sin Ojos (de la cual he visto “La Noche del Terror Ciego”, interesantísima); o el director del film que nos ocupa, el catalán Jorge Grau. Ésta co-producción hispanoitaliana rodada en Inglaterra fué una de sus pocas contribuciones al género de terror, pues hasta el momento se había dedicado exclusivamente a producir banales documentales sobre la Costa Brava.
“No profanar el sueño de los muertos” es una película inteligente y con mucho estilo, no equiparable a la mayoría de  baratas producciones del género realizadas únicamente con propósitos comerciales. Cuenta con una trama sencilla pero sólida y consistente, diálogos de notable calidad, tétrica atmósfera muy bien lograda, y tensión creciente a lo largo del metraje.

George, un jóven anticuario post-hippy (interpretado por el italobritánico Ray Lovelock), toma la moto y se marcha de su negocio en Londres en dirección a la bucólica campiña inglesa, con el propósito de visitar a unos amigos que viven alejados de la ciudad. Cuando para en una gasolinera, su motocicleta queda inutilizada tras un fortuito choque con el automóvil de una mujer llamada Edna. La culpa del accidente ha sido de ella, por lo que, además de ofrecerse a pagar la reparación, se muestra dispuesta a que George se sirva de su vehículo para llegar al pueblo al que se dirige. Éste percance del azar une a nuestros dos protagonistas y hace posible que se desarrolle la historia narrada en el film. George ha tomado el volante, y al ver que el viaje se prolonga Edna insiste para que la lleve primero a la casa de su hermana, que es a donde ella tenía intención de ir y parece estar más cerca. George accede refunfuñante y acaban perdiéndose poco despues, por lo cual el jóven anticuario (valga la paradoja) debe preguntar por el camino a unos trabajadores que se encuentran en los cercanos prados. Al aproximarse a éstos George observa que se encuentran manipulando un artilugio emisor de rayos ultravioleta que sirve para eliminar a los insectos que parasitan la cosecha. Los rayos afectan a sus organismos provocándoles una febril agresividad que los lleva a destruírse entre ellos. Al mismo tiempo, Edna, que permanece sola junto al coche, es atacada por un cadavérico individuo de ojos inyectados en sangre, que intenta estrangularla. Logra zafarse en el último momento y cuando regresa George no queda ni rastro del agresor.
Cae la noche y el escenario pasa a ser ahora la granja de Katie y Martin, hermana y cuñado de Edna, que discuten como de costumbre. El motivo es la drogadicción de ella: Martin quiere meterla en un centro de rehabilitación donde se trate su heroinomanía, pero Katie se niega. La mujer sale de la casa y en el establo se dispone a prepararse una dosis, cuando es atacada por el mismo zombi que intentó matar a su hermana horas antes. Histérica huye de la granja perseguida por el monstruo, y ambos se encuentran con Martin, que es fotógrafo y había salido para tomar unas instantáneas. Éste acude en defensa de su esposa pereciendo en el intento, pues el muerto viviente necesita alimentarse de calientes vísceras. En esos precisos instantes aparecen George y Edna, y el zombi se esfuma.

A la mañana siguiente la apacible granja y los terrenos circundantes se encuentran infestados de policías, a causa de la brutal muerte. El jefe de los agentes es un sargento fascistoide particularmente odioso, que desde el primer momento, obnubilado por sus prejuicios, no oculta su incredulidad en cuanto a la declaración de los jóvenes, que se convierten para él en potenciales sospechosos. Ésta convicción suya se ve solidificada tras encontrar heroína entre las pertenencias de Katie.

Debido a la descripción que del asesino da su hermana, Edna está segura de que se trata del mismo que la asaltó a ella. Poco más tarde en el pueblo descubre consternada al ojear en un periódico de la semana anterior, que el agresor murió ahogado en un río cercano días antes de los ataques. Su cadáver se reconoce en una gran foto. George, aún escéptico tiene la idea de ir al cementerio local para comprobar si el cuerpo sigue en su sitio. Una vez allí, accidentalmente encerrados en una mohosa cripta, son atacados por el zombi antes visto y varios congéneres suyos, en lo que parece ser una plaga de muertos que emergen de sus tumbas.
Pronto la desventurada pareja, que escapa en el último momento, llegará a la conclusión de que el desencadenante de las no deseadas resurrecciones son los adversos efectos secundarios de los rayos empleados para aniquilar insectos. Pues parece ser que esas ondas tambien repercuten en los organismos muertos. Pero como era de esperar el férreo sargento no les cree una palabra y sigue arguyendo insinuatoriamente la supuesta culpabilidad de los protagonistas, a los que considera asesinos seriales hippy-satánicos al estilo de Charles Manson. Memorable el siguiente diálogo entre el policía y George:

Sargento: You’re all the same, the lot of you with your long hair and faggot clothes, drug, sex, every sort of filth… and you hate the police, don’t you?
George: You make it easy…

En mi reciente crítica a “The Beyond” de Fulci comenté que aquella era la pionera en cuanto a emplear escenas de persecuciones zombis en hospitales. Debo ahora retractarme, pues en “No profanar el sueño de los muertos”, que es de 7 años antes, tambien aparecen muertos andantes que surgen de la morgue y desfilan sombríos y amenazadores por los pasillos emitiendo sus guturales quejidos.
Los zombis de ésta película están más en la línea de los creados por George Romero, maquillaje sencillo y poco trabajado; en contraste a los fulcianos, de escabroso aspecto pútrido. Aún así son tambien efectivos y atemorizan por su mortecina sobriedad, sus lentos movimientos y la inexpresividad de sus lívidos rostros. Una de las características de éstos zombis de Grau son sus ojos rojos, de inquietante intensidad.

“No profanar el sueño de los muertos” es una excelente muestra del cine de terror español en la línea de Amando de Ossorio y Chicho Ibañez Serrador; lejos del desenfadado desparpajo de Jess Franco,  que si bien tiene en su haber un par de películas “decentes” es el indiscutible abanderado ibérico del trash más zetoso.
En mi opinión, “No profanar…” supera en muchas cosas (sobre todo en el argumento) a los clásicos romerianos “Night of the Living Dead” y “Dawn of the Dead”. Está inexplicablemente incluida en la thatcheriana lista negra de los Video Nasty, una censura cinematográfica que prohíbe la comercialización en el Reino Unido de ciertas películas debido, supuestamente, a su exceso de violencia.

Obra maestra del cine de zombis, infravalorada y bastante desconocida, y que merece ser vista y reivindicada. Altamente recomendable.

FHP, 2008 (AlucineCinéfago)

Crítica originalmente publicada en el anterior blog