Lone Wolf and Cub / Kozure Okami (Parte I): “La espada de la venganza” – Kenji Misumi, 1972

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El lobo solitario y su cachorro: niño y maestría de alquiler (V.O. Kozure Ōkami: Kowokashi udekashi tsukamatsuru / T.I. „Lone Wolf and Cub: Sword of Vengeance“)

Japón, 1972

Director: Kenji Misumi

Género: Chambara, Jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Goseki Kojima

Intérpretes: Tomisaburo Wakayama (Itto Ogami), Akihiro Tomikawa (Daigoro), Tokio Oki (Retsudo Yagyu), Tomoko Mayama (Osen)

Música: Hideaki Sakurai

Argumento

El shogunato Tokugawa controla férreamente el Japón, pero las intrigas entre los diversos clanes que se reparten el poder hacen tambalear de vez en cuando la estabilidad. Para mantener la situación bajo control, el shogunato ha creado desde Edo varios organismos oficiales cuya misión es velar por el buen funcionamiento de las instituciones y el equilibrio entre los clanes. A esos aparatos estatales está supeditada la función de los espías (que hoy se llaman más frecuentemente agentes secretos), la de los ninjas (o integrantes de los cuerpos de élite) y la del kaishakunin shogunal, el verdugo supremo. La misión de éste último consiste en asistir a los nobles que hayan sido condenados por el shogun a practicarse el suicidio ritual del seppuku, cortándoles la cabeza de un certero tajo para evitarles el inmenso sufrimiento que implica tener que abrirse el vientre.

Itto Ogami, samurai de rancio abolengo y experto en el manejo de la espada con el estilo de la escuela Suio (Suiō-ryū) ostenta la dignidad de kaishakunin al inicio de ésta historia. Todo vestido de blanco (el color del luto en la tradición japonesa), ejerce solemnemente sus funciones de verdugo decapitando a nobles que han perdido la gracia del shogun. En las primeras escenas debe incluso decapitar a un niño, un pequeño príncipe que, guiado por su desolado preceptor, se aprieta una espadita de madera contra el vientre para remedar simbólicamente el acto del hara-kiri.

Una noche, mientras ora en el templo dedicado a aquellos que murieron por su espada, Ogami escucha un alarido proferido por su esposa: Azami, su mujer, acaba de ser asesinada. Un comando ninja huye de la casa tras la comisión del crimen. El pequeño Daigoro, de un año de edad, ha sobrevivido. Se trata sin duda de un ajuste de cuentas, piensa el kaishakunin. Itto Ogami jura dar caza a los asesinos de su mujer.

A la mañana siguiente, un funcionario llamado Bizen Yagyu llega con la intención de arrestar a Ogami. Le acusan de haber colocado el emblema shogunal en el templo de su casa dedicado a los muertos (lo que está destinado a traer mal agüero, pues ello implica que le desea la muerte al shogun). Los tres samurais que, según Bizen, ordenaron el ataque a su casa la noche anterior (matando a su esposa) y que seguidamente cometieron seppuku, eran seguidores de un daimyo que pereció ejecutado por Ogami. Supuestamente esos tres nobles acusan de traición al verdugo de la corte, por haber colocado el emblema Tokugawa en el templo morturio. Pero Ogami (que no ha hecho nunca tal cosa) sospecha inmediatamente que algo más oscuro y retorcido se esconde tras tales infames y falsas acusaciones…

Para la estupefacción del kaishakunin, en el Templo de la Muerte instalado en su propiedad se encuentra efectivamente el mon (emblema) de los Tokugawa. Ahora Bizen tiene la “prueba” que necesita para arrestarlo. Sin embargo, Ogami está convencido de que todo responde a una conspiración para hundirle, pergeñada por los Ura-Yagyu (una facción del clan Yagyu a la que pertenece el inspector Bizen, y que está comandada por su abuelo Retsudo). Los Yagyu son rivales de los Ogami y aspiran al puesto de kaishakunin. Por eso han urdido ese pérfido ardid: Su objetivo de desembarazarse del incómodo Itto Ogami para que uno de los suyos ocupe su lugar.

Ogami no está dispuesto a dejarse prender. Lucha a muerte contra los hombres de Bizen, matándolos a todos (incluído finalmente al propio Bizen).

Lo hasta ahora relatado corresponde a un flashback, que Ogami rememora mientras vaga por los caminos, estando desterrado, y manejando un carrito de madera a bordo del cual viaja su hijo Daigoro. El ex-kaishakunin busca ahora vengarse del clan Yagyu, especialmente de su líder Retsudo. Busca resarcimiento por el asesinato de su mujer, por la ruin acusación falsa, por la ignominiosa confabulación que le ha convertido en proscrito. De ser un dignatario oficial del shogunato, Itto Ogami ha pasado a convertirse en un mercenario, en un asesino a sueldo que viaja por todo el país empujando un carrito de bebé. Ahora se le conoce como Kozure Okami – Lobo Solitario.

A lo largo de su recorrido se encuentra con samurais y ronins que le reconocen, y que tienen encargos que hacerle: Matar a algún poderoso enemigo, o acabar con alguien que amenaza su clan… Un chambelán decide contratar los servicios del ex-verdugo para liquidar a cuatro desalmados individuos que a su vez han tramado una conspiración contra su daimyo. Para estar completamente seguro de que el hombre con el carrito es efectivamente el antiguo kaishakunin, el chambelán pide a dos de sus mejores hombres que le ataquen – sólo si sobrevive será el auténtico Ogami Itto. Mientras el que busca contratarle le explica el plan, Ogami es atacado por la espalda, pero a la velocidad de la luz elimina a los dos agresores sin inmutarse y sin ni siquiera volver la cabeza. El atónito chambelán ahora está seguro: Éste hombre sí es Ogami.

El verdugo-mercenario y su pequeño Daigoro se dirigen ahora a cumplir el encargo encomendado. Por el camino, ven a unas niñas jugando a la pelota. Ello trae un recuerdo a la memoria de Itto, que vemos a modo de flashback: Cuando Ogami fue víctima de la conspiración y la dignidad de kaishakunin le fue retirada, puso a su hijo de un año de edad ante una elección:

“Daigoro, tu padre ya ha elegido el camino que va a tomar. Es el camino del infierno. No voy a rendirme ante el shogun, sino que me voy a rebelar; viviré como fugitivo y no descansaré hasta vengar la afrenta que nos hicieron los Yagyu. Ahora ha llegado el momento de que elijas tú: Aquí hay una pelota y aquí una espada. Si eliges la pelota, te mandaré con tu madre. Pero si eliges la espada, vendrás conmigo y juntos recorreremos el camino del infierno. Seguramente no entiendes mis palabras ni lo que todo ésto significa, pero por tus venas fluye la sangre de los Ogami, deja que sea la sangre la que elija por tí. La pelota o la espada, elige Daigoro!!” El pequeño gatea hasta la espada. Su padre (orgulloso pero sombrío como siempre) lo toma en brazos y añade: “Has elegido el camino más duro. Habrías sido más feliz con tu madre…” ¡Colosal!

También recuerda Ogami como se negó a practicar el seppuku ante los enviados del shogun. Éstos fueron liquidados por su katana, y el ahora ronin abandonó junto a su hijo Daigoro sus propiedades para convertirse en proscrito. Antes, el maligno Retsudo (que consiguió para su clan el codiciado puesto de kaishakunin) propuso que uno de los suyos luchase en un duelo contra Ogami. Pero el Yagyu fue eliminado; tras lo cual padre e hijo se marcharon de Edo. La cuenta pendiente con Retsudo sigue abierta, pero de momento, a lo largo de sus periplos a través de Japón, Ogami se verá envuelto en otras peripecias…

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Comentario

Para cumplir su primera misión como mercenario, Ogami llega a un poblado que ha sido tomado por unos brutales forajidos. Por allí van a pasar los nobles que el chambelán ha indicado como sus objetivos. Los bandidos confiscan la espada de Ogami y lo recluyen a él y a Daigoro en una casa con otros viajeros que se encontraban allí de paso. Entre ellos se haya una bella prostituta y ladrona llamada Osen (Tomoko Mayama). El kaishakunin exiliado, frío como un témpano, imperturbable, hace todo lo posible para pasar inadvertido. No se deja provocar por los criminales (el más fanfarrón y agresivo de los cuales es un tal Monosuke) y permanece quieto e introspectivo… Espera que lleguen sus “clientes” aquellos a los que debe mandar al infierno…

Así comienza la historia de Itto Ogami, la excelente saga de seis películas del “Lobo Solitario y su cachorro”. Hace bastantes años ya ví la hexalogía al completo y me impactó profundamente, hasta el punto de despertar en mí un creciente interés por el Japón y por su historia, así como por las artes marciales (especialmente el kendo y el iaido, aquellas relacionadas con el manejo de la espada).

A destacar los excelentes diálogos, algunos de clara impronta nitzscheana (y espartana) y de una enorme profundidad; como la paterna alocución, antes señalada, de Itto a su pequeño Daigoro: “(…) por tus venas fluye la sangre de los Ogami, deja que sea la sangre la que elija por tí…”

Ésta primera parte, como las dos siguientes, está dirigida por el célebre Kenji Misumi, realizador de innumerables jidaigeki de grandísima calidad (entre ellas muchas de Zatoichi, mi otra saga predilecta del género). Tomisaburo Wakayama brilla dando vida al hierático e inmutable Ogami Itto. Su hermano Shintaro Katsu (el actor que da vida a Zatoichi) produjo ésta entrega.

FHP, 2015

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La Muñeca Perversa – Rafael Baledón, 1969

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La Muñeca Perversa

México, 1969

Director: Rafael Baledón

Género: Suspense, terror

Guión: Rafael Baledón

Intérpretes: Marga López (Elena), Joaquín Cordero (Ricardo), Norma Lazareno (Rosi)

Música: Raúl Lavista

 

Argumento

La atribulada familia Montenegro atraviesa por un momento de duelo. Acaba de fallecer la matriarca, una severa y complicada señora; lo cual ha reunido de nuevo bajo un mismo techo a sus hijos e hijas, a sus yernos y nueras, y a sus dos nietas. Tras el entierro, todos regresan a la mansión y Leticia, una de las hijas, declara histéricamente estar convencida de que su madre fue asesinada mediante envenenamiento. Ello contribuye a exasperar e irritar a los demás integrantes del clan. Casualmente ese mismo día, los Montenegro tienen noticia de que la esposa de uno de los hijos de la difunta ha escapado del centro psiquiátrico en el que se encontraba recluída. La mujer había sido internada en el manicomio por haber asesinado al jardinero con unas tijeras de podar. Y se dala coincidencia de que se llevaba muy mal con su suegra… Por ello las sospechas de Leticia no hacen mas que incrementarse, y algunos de los demás también comienzan a creer que no anda tan desencaminada. Deciden realizar una exhumación del recién sepelido cadáver para analizar la causa concreta del deceso.

Mediante una serie de flashbacks vamos descubriendo ciertos transfondos acerca de los sucesos que han desembocado en la situación actual. La loca que ahora escapó del frenopático comenzó a perder sus facultades mentales a causa del alcoholismo. Cuando ella y su esposo llegaron, recién casados, a casa de la matriarca, la nuera empezó a beber al sentirse rechazada por su despótica madre política. Años más tarde, recluída en una casa que el joven matrimonio se había hecho construir frente a la de la anciana, la mujer siguió bebiendo ya nacida su hija Rosi. Ésta, una dulce y sensual, pero sumamente pérfida adolescente, continuó suministrándole bebidas alcohólicas a su madre con el fin de incrementar su adicción. Las botellas las conseguía Rosi a través de su amigo Larry, el hijo de un farmacéutico y boticario, que a cambio reclamaba favores carnales.

Habiendo contribuído a convertir a su propia madre en una alcóholica empedernida, la tendió una trampa asesinando al jardinero brutalmente y por la espalda, para entregar a continuación las tijeras ensangrentadas a su progenitora haciendo así aparentar ante el resto de los parientes que era ésta la que había cometido el crimen. Conociendo el problema que la desventurada mujer tenía ya de antemano con el alcohol, nadie dudó que fuera ella la asesina, y achacando el crimen a un delirio etílico, fue recluída en un manicomio donde se la sometió a las más bestiales prácticas y metodologías psiquiátricas. Antes sólo era una borracha, pero tras pasar por el manicomio además se volvió loca. La auténtica homicida, la demoníaca Rosi de angelical apariencia, quedó impune, y con ganas de seguir cometiendo fechorías… pues fue ella la que envenenó más tarde a su abuela…

Pronto llega la confirmación oficial del forense: y, efectivamente, la abuela había sido envenenada. El padre y el tío de Rosi, ambos hijos de la difunta, se ponen en camino hacia el lugar donde se le ha practicado la autopsia a su madre. Permanenciendo ahora en casa solamente las mujeres, la malvada adolescente comienza a eliminarlas una por una, de forma que “parezca un accidente”. A su tía paralítica a la que años atrás había empujado escaleras abajo, y que desde entonces vivía postrada en la silla de ruedas, le hace caer encima una pesada lámpara de cristal que descuelga del techo, aplastando a la pobre mujer. A otra de sus tías la envenena, introduciéndole pastillas en su vaso de leche. Y a su tía Leticia, la que había despertado las suspicacias de la familia respecto a la muerte de la matriarca, la ahoga cuando está en la bañera, sumergiéndole la cabeza en el agua. También acaba con la vida de su amigo Larry, quien le había proporcionado arsénico de la farmacia de su padre (para envenenar a su abuela) aspirando a recibir a cambio ciertos “favores”. Sólo una pariente se le escapa: su pequeña prima Luisita, hija de una de sus tías, quien se escabulle a tiempo de la joven psicópata. La madre de Rosi, escapada del centro psiquiátrico y ahora definitivamente perturbada, a retornado al domicilio familiar. Impide que su hija mate a la niña y prende fuego a la casa cuando los demás familiares (entre ellos su esposo, y padre de Rosi) regresan de la morgue. Los hombres y los parientes supervivientes contemplan con impotencia como la casa arde. Rosi se tranquiliza en el regazo de su madre mientras las llamas lo devoran todo… También una vieja muñeca que siempre acompañó a la joven asesina… la muñeca perversa.

Comentario

Estamos ante una interesante y digna muestra de cine de terror mexicano, similar en su estilo a las excelentes películas de Carlos Enrique Taboada, y también a las del maestro español del suspense Narciso Ibáñez Serrador. En una de las “historias para no dormir” de éste último también pudimos ver un caso de niña/adolescente actuando psicopáticamente bajo los influjos de una muñeca endemoniada. La extrema maldad de Rosi, que a los ojos de sus parientes no es más que una frágil jovencita, aunque rebelde y sensual, es reminiscente de un genial aunque desconocido film italiano llamado “Il Terzo Occhio” (Mino Guerrini), y también de otra obra del antes citado Taboada, “Rubí”, cuya protaginista es una sumamente maligna joven sin escrúpulos (esa película serviría más adelante para inspirar una telenovela).

“La muñeca perversa”, sin embargo, no está al mismo nivel que “Hasta el viento tiene miedo” y otras obras maestras de Taboada. Aunque resulta bastante atractiva a nivel atmosférico, y cuenta con toques góticos “argentianos”, no llega a ser tan envolvente y fascinante como podría esperarse.

En el rol protagonista tenemos a la bella Norma Lazareno, colaboradora habitual de Taboada y presente en numerosas películas mexicanas de género de la época. El director Rafael Baledón cuenta en su haber con films como “La maldición de la Llorona”, una adaptación a la gran pantalla de la fantasmal leyenda mexicana, y todo un clásico del terror en su país de origen.

FHP, 2015

Trilogía Hanzo the Razor / Goyokiba (Parte III): ¿Quién tiene el oro? – Yoshio Inoue, 1974

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Hanzo el Navaja: ¿Quién tiene el oro? (V.O. Goyōkiba: Oni no Hanzō yawahada koban, a.k.a. “Hanzo the Razor: Who’s Got the Gold?”)

Japón, 1974

Director: Yoshio Inoue

Género: Chanbara, jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Takeshi Kanda, Yasuzo Masumura

Intérpretes: Shintaro Katsu (Hanzo), Ko Nishimura (Magobei Onishi), Mako Midori (Yumi), Mikio Narita (Bansaku Tonami)

Música: Hideaki Sakurai

Argumento

Los dos escoltas de Hanzo, “Víbora“ y „Fuego del Infierno“, se encuentran una noche pescando en las inmediaciones del castillo de Edo donde se custodian las reservas de oro. De repente perciben una extraña presencia: El fantasma de una mujer se les acerca amenazante. Los dos echan a correr despavoridos y regresan junto a su jefe. Éste, entre socarronas risas, les dice que lo lleven a éste lugar, pues nunca “se lo ha montado” con una fantasma… Hanzo y sus escoltas regresan, y la espectral mujer vuelve a aparecer. Pero el oficial de la policía shogunal intuye que el misterioso “fantasma” es en realidad una fémina de carne y hueso, y ordena a sus lacayos que la capturen. La mujer se lanza al río pero Hanzo se echa al agua tras ella y consigue apresarla. Además, “el Navaja” encuentra unas gruesas cañas de bambú en el fondo del río, y las saca fuera. La “fantasma” y las cañas son transportadas hasta la casa del agente.

De un certero tajo con su katana, Hanzo corta por la mitad las huecas cañas de bambú, descubriendo que en su interior se encontraba toda una fortuna en monedas de oro. El oficial adivina el procedimiento de los delincuentes: Éstos rellenaban las huecas cañas con el oro en el interior del castillo para lanzarlas desde la ventana al vecino río. De ahí sus cómplices las transportarían al lugar indicado por los cabecillas de la banda. La misión de la mujer disfrazada de “fantasma” consistía en ahuyentar a aquellos pescadores y paseantes que frecuentasen la zona.

Ahora Hanzo trata de hacerle confesar a la mujer quién le encargó su trabajo como “fantasma” (función de “espanta-humanos” en lugar de espantapájaros)… Inicialmente, la detenida se niega a hablar, pero Hanzo conoce un método infalible (ya empleado en las anteriores entregas de la trilogía)… La ensartará con su falo (cual oriental Príapo) mientras la “torturada” se encuentra desnuda en una malla de cuerdas que los servidores de Hanzo van izando y bajando rítmicamente. Como siempre en esos casos, la mujer sometida al peculiar juego sexual se resiste al principio pero poco después gime extasiada: “No, eso no! … No! No… No pares!!” Hanzo repone: “Si no hablas, pararé!”. La chica termina explicando que debía interpretar el papel de fantasma por órdenes de su marido: Un samurai encargado de la custodia del tesoro. Hanzo explota furibundo, ante la idea de que un samurai sea capaz de cometer tan indigno deshonor: Robar de las arcas del estado. Pero antes de que la joven revele el nombre de su esposo, y mientras el oficial sigue penetrándola, una daga se clava en sus carnes. De inmediato, un comando de ninjas fuertemente armados entran en tropel en casa de Hanzo. Los dirige el samurai Chozaburo Kato, el encargado de la custodia del oro en el castillo y marido de la “fantasma”, a la que acaba de asesinar.

Kato explica, tras quitarse la máscara de ninja, que se veía obligado a participar en el robo del oro porque su sueldo era demasiado bajo… A continuación ordena a sus hombres que maten a Hanzo. Pero éste reacciona de inmediato presionando los mecanismos en la estancia que hacen que lanzas, flechas y pinchos salgan de techos y paredes. Ello, unido a su maestría en la esgrima y el combate cuerpo a cuerpo, deja a todos los ninjas muertos o lesionados, hasta que sólo Kato queda en pie. Hanzo sabe que no es él el cerebro de la conspiración, y con el filo de su katana en el cuello trata de hacerle desembuchar. Pero también Kato es liquidado, ésta vez por un desconocido que logra escapar.

Hanzo deberá proseguir sus investigaciones, tirando del hilo para hallar a los máximos responsables del desfalco.

En la propiedad de un daimyo, el señor Hotta, Hanzo se reencuentra con su viejo amigo Heisuke. Éste es un samurai empobrecido que es presionado por Hotta para que le entregue una lanza que guarda como reliquia familiar. También allí, Hanzo presencia como el médico de Hotta es condenado a prisión por su “actitud rebelde”, y el oficial recibe la misión de conducirle a la cárcel. Pero Hanzo decide llevar al reo a su casa y ocultarlo en una habitación secreta que tiene preparada, pues algo que dijo sobre las “innovaciones de occidente” despertó su curiosidad. El doctor Sugino Genan está mortalmente enfermo, y él mismo sabe que no va a sobrevivir más de un mes.

Cuando Hebi-no-Magobei, el superior de Hanzo, descubre que Genan no ha llegado a la prisión como estaba previsto, monta en cólera y pide explicaciones al oficial al que se le había asignado su custodia. Mientras golpea y derriba con sus puños de hierro estatuas de budas de piedra de tamaño humano a modo de entrenamiento, Hanzo responde que “lamentablemente” se le “escapó”.

Al día siguiente, ante el daimyo Hotta, Hanzo promete apresar al fugitivo o darle muerte „en el plazo de un mes”… Mientras tanto, piensa el Navaja, Genan trabajará para él desde el escondite secreto fabricando un arma portentosa de tecnología occidental: Un cañón.

Hanzo descubre a través de sus espías que Yumi, la mujer de Hotta, acude con frecuencia al castillo del poderoso sacerdote ciego Kengyo, “a recibir clases de koto“(tradicional instrumento musical japonés semejante al arpa). Pero lo que en realidad va a hacer allí (como constata Hanzo) es participar en orgías con los clérigos, al igual que otras aristocráticas mujeres casadas. Haciendo presión sobre Yumi (chantajeándola con revelar a su marido sus escarceos, y usando con ella sus ya conocidos métodos fálicos), Hanzo averigua que Kengyo y Hotta son los jefes de la red de ladrones del tesoro nacional, y que además se dedican a especular con el dinero del estado y a prestarlo con usura…

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Comentario

Ésta es la tercera y última entrega del tríptico sobre el héroe mangaka Inami Kamisori Hanzo, el incorruptible y ultrapotente oficial de la policía de Edo al servicio del shogun. Cada una de las tres películas fueron dirigidas por directores diferentes: La primera por Kenji Misumi (realizador de grandes joyas del género jidaigeki como varias Zatoichi y algunas de la saga de Kozure Okami), la segunda por Yasuzo Masumura (especialista en films de yakuza que tuvo a Yukio Mishima trabajando a sus órdenes) y ésta tercera por el menos conocido Yoshio Inoue.

En mi opinión, la mejor de las tres es la segunda, cuyo título internacional es „Hanzo the Razor: The Snare“, pero todas son buenísimas. Ésta “Who´s got the gold” también tiene deliciosos y remarcables momentos (y como la mayoría de las jidaigeki, aporta valiosa información histórica y cultural para japanófilos).

Hanzo no tolera que nadie practique la usura ni la especulación con dinero nacional, y no duda en enfrentarse (a cañonazos, si es necesario) contra quienquiera que practique tales injusticias, tenga el rango que tenga, sea samurai, daimyo o sacerdote. Ambos jefes de la trama reciben su merecido, y Hanzo termina enfrentándose en singular duelo a su oponente más capacitado: Bansaku, el guardaespaldas de Kengyo.

El “médico rebelde” al que Hanzo protege, era un honorable erudito que tenía buenas intenciones para con su país. Corría el año 1850 y los occidentales trataban de apropiarse de los recursos del Japón. Genan quería combatirlos con sus propios medios, fabricando armas modernas como cañones para contenerlos y evitar así ser invadidos. Pero “la vieja guardia” del shogunato (aquella que le condenó por “rebelde”) seguía empecinada en aislarse completamente del mundo exterior (incluyendo los avances tecnológicos procedentes de ese exterior). Genan y otros como él tenían razón, ello se demostraría pocos años más tarde, tras la llegada del comodoro Perry en 1853. Pues es imposible defenderse con espadas y lanzas de los cañonazos norteamericanos e ingleses… El shogunato sería abolido en 1868.

Del mismo modo que cada una de las tres partes fue dirigida por un cineasta diferente, también tres compositores distintos se encargaron de las respectivas bandas sonoras: Kunihiko Murai, Isao Tomita y Hideaki Sakurai. Tomita es uno de los pioneros de la música electrónica y de la llamada “space music”, con un estilo muy similar al de los alemanes Tangerine Dream o al del francés Jean Michel Jarre. Probablemente su banda sonora para la segunda Goyōkiba (The Snare) contribuye a que esa sea mi predilecta de la trilogía. En general, la música de las películas de Hanzo es típicamente setentera, con grandes influencias funkys.

FHP, 2015

Trilogía Hanzo the Razor / Goyokiba (Parte II): La trampa – Yasuzo Masumura, 1973

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Hanzo el navaja: La trampa (V.O. Goyōkiba: Kamisori Hanzō jigoku zeme, a.k.a. “Hanzo the Razor: The Snare”)

Japón, 1973

Director: Yasuzo Masumura

Género: Chanbara, jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Yasuzo Masumura

Intérpretes: Shintaro Katsu (Hanzo), Ko Nishimura (Magobei Onishi), Keiko Aikawa, Kazuko Inano

Música: Isao Tomita

Argumento

El agente de policía Itami “Kamisori” Hanzo persigue a dos sospechosos que huyen al verlo llegar. Cuando éstos se disponen a cruzar un puente por el que en esos momentos pasa la comitiva del tesorero shogunal Okubo, Hanzo continúa persiguiéndoles, sin presentar sus respetos al importante funcionario, ignorando su presencia y chocando con sus acompañantes. Ello indigna a los samurais de Okubo, que se disponen a atacar al oficial. Uno de ellos, Junai Mikoshiba, desenfunda y comienza a pelear contra Hanzo cuando su jefe se lo ordena. Pero, al ver que están demasiado igualados, Okubo frena la disputa, y “perdona” a Hanzo por su “poco respetuosa” actitud. El policía, conocido como Kamisori (el Navaja), porque domina una técnica de combate con armas blancas cortas, no se disculpa, pues piensa haber actuado en todo momento con corrección: Su deber consiste en arrestar delincuentes allá donde éstos se encuentren.

Cuando Okubo y sus samurais prosiguen su camino, Hanzo arresta finalmente a los sospechosos que estaba persiguiendo: Éstos llevaban consigo una bolsa que contenía ropas caras de mujer, pero manifiestan no haber cometido ningún delito: Se limitaron a desnudar a una chica muerta que encontraron en un molino, para vender el valioso kimono que llevaba puesto.

Los detenidos conducen hasta allí a Hanzo y a sus dos escoltas (dos antiguos presos cuyos apodos son “Víbora” y “Fuego del Infierno”). Hanzo comprueba que la joven murió a causa de un aborto. El policía comienza sus investigaciones, y averigua que la ilegal interrupción del embarazo se realizó en un templo, por parte de una sacerdotisa.

Hanzo asalta de improviso el lugar consagrado, interrumpiendo un nuevo ritual abortivo… Sus criados portan consigo el féretro con el cadáver de la muchacha, y la sacerdotisa la reconoce, revelando su identidad. Pero afirma que Omachi abandonó viva su templo, y que ella no tiene responsabilidad alguna de su muerte. La vestal asegura que se ve obligada a practicar abortos porque el gobierno produce monedas falsas, devaluando el dinero, y empobreciendo a los campesinos… Así las mujeres de clase baja no pueden permitirse traer al mundo demasiados hijos y no tienen más remedio que recurrir frecuentemente al aborto.

El intrépido oficial está dispuesto a llegar hasta el fondo. El cuerpo de la difunta lo llevan a sus padres, y allí Hanzo interroga al progenitor, para averiguar quién pudo haber dejado embarazada a Omachi. El pobre hombre, entre sollozos, asegura que su hija “era virgen”, que no tenía ningún pretendiente… Pero finalmente sale a la luz que la joven pasó un tiempo “aprendiendo la ceremonia del té” en el templo de Kaizan… “Tuvo que ser allí donde la chica fue preñada…” piensa Hanzo.

Tras recibir la autorización de que Omachi puede ser sepultada allí, los padres de la joven parten hacia Kaizan acompañados por “Víbora” y “Fuego del Infierno”, los criados de Hanzo. Éstos portan el ataúd, que es enterrado en el camposanto del convento.

Por la noche, cuando todos se han retirado, comienza a temblar la tierra en el lugar donde supuestamente los restos de la muchacha han sido inhumados… Hanzo, que era quien en realidad se encontraba en el interior del ataúd, surge de la tumba; con blanca túnica y cabello suelto. El “entierro de Omachi” era la estratagema empleada para poder colarse en el convento de Kaizan y continuar investigando.

Allí la sacerdotisa Nyokai no se dedica precisamente a “enseñar la ceremonia del té”, sino a cosas muy distintas: Subasta bellas jóvenes a ricos mercaderes, que pagan fortunas a cambio de acostarse con virginales muchachas (como Omachi). Kamisori Hanzo interviene, habiendo destapado la trama de prostitución y trata de blancas con la que se financia el convento, y arrestando a la sacerdotisa Nyokai.

A ésta, el oficial la lleva a su casa, donde le tiene reservadas algunas “torturas” que ya vimos en la primera entrega de la trilogía: Primero, la rapada sacerdotisa debe soportar sobre sus piernas el peso de gruesos bloques de piedra (de 45 kilos cada uno). Hanzo mismo “conoce el límite” pues él mismo se autoimpone esa mortificación para comprobar el dolor que es capaz de aguantar el cuerpo humano (tal y como puede verse en Goyōkiba). La extenuada Nyokai pierde el conocimiento, pero se niega a hablar. Hanzo trata de hacerle confesar quienes son los que manejan los hilos de la red dedicada a la prostitución; pues ella desde su convento no es más que una simple intermediaria.

Como no hay forma de hacerla confesar, el muy viril agente de la ley recurre a otra modalidad de “tortura” para la que entrará en juego su portentoso falo (que Hanzo entrena diariamente flagelando con una madera, y copulando con sacos de arroz). La sacerdotisa es introducida desnuda en una malla de cuerdas, y mientras los criados la suben y la bajan tirando de una soga con el sistema de polea, Hanzo se sitúa debajo con su miembro erecto… “No puedes hacerme eso, soy una sacerdotisa consagrada al señor Buda” “Sacerdotisa o no, aún eres una mujer” repone Hanzo impertérrito. “Antes has conocido el infierno” añade aludiendo a la tortura con los bloques de piedra, “ahora verás el paraíso…” Y así, con varios giros usando su colosal falo a modo de eje, el oficial “tortura” a su detenida, con el propósito de que revele todo lo que sabe… Como a todas las mujeres que caen en sus redes (nunca mejor dicho, en éste caso) a Nyokai la “violación” termina gustándole: “No! No… No pares!” “Si no me lo cuentas todo, pararé…” De ese modo, Hanzo consigue la información que necesitaba… y después se relaja con la sacerdotisa en un baño caliente bebiendo sake…

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Comentario

Gracias a la confesión de la sacerdotisa, Hanzo averigua que el daimyo Okubo, el tesorero shogunal con el que se enfrentó al principio, no sólo se lucra gracias a la trama de prostitución organizada en su convento, sino que además está implicado en la devaluación de la moneda, pues ordena la producción de más dinero del que está respaldado por las reservas de oro. Ello provoca que la gente humilde se empobrezca cada vez más, viéndose las mujeres pobres en la necesidad de abortar cuando ya no pueden mantener a más niños en sus familias.

Además, Hanzo pronto recibe un nuevo encargo de sus superiores, entre los que se encuentra el corrupto Hebi-no-Magobei (El “Serpiente” Magobei Onishi). Cuando Hanzo, acusado de entrar por la fuerza en conventos y ser poco respetuoso con el tesorero Okubo, repone que él es “el mejor policía del Japón”; el alto magistrado le exhorta a que entonces detenga al “peor ladrón del Japón”: Un peligroso, brutal y violento criminal llamado Shobei Hamajima. Se ha extendido el rumor de que Shobei, quien viola y asesina a las víctimas de sus asaltos, piensa desvalijar la Casa de la Moneda, que es donde se fabrica el dinero del estado.

Hanzo acude allí, para proteger el edificio y a la aún joven viuda Riku, responsable del buen funcionamiento de la institución…

Ésta segunda parte de la trilogía sobre Hanzo, que también vi en su momento allá por 2008, cuenta nuevas historias que nada tienen que ver con la primera Goyōkiba. Aún así es mejor ver las tres películas por orden, porque en la Goyōkiba del año anterior, dirigida por Kenji Misumi, nos presentan a los personajes: El carismático policía protagonista Hanzo, sus acólitos ex-presidiarios (no exentos de tintes cómicos pese a sus feroces apodos: “Víbora” y “Fuego del Infierno”), el superior Onishi…

La segunda entrega (“Hanzo the Razor: The Snare”, 1973) resulta aún mejor que la primera parte (“Hanzo the razor: Sword of Justice”, 1972) y está llena de numerosos momentos memorables: El falso hara-kiri que Hanzo realiza habiéndose colocado en el vientre una sandía… La forma que tiene el oficial de “proteger” a la encargada de la Casa de la Moneda (que no difiere demasiado de la forma de “torturar” a las sospechosas)… Riku se encontraba inicialmente muy tensa y nerviosa, algo que podría delatar al ladrón Shobei la presencia de Hanzo allí. Por ello, el oficial decidió tranquilizarla a base de una sesión de sexo salvaje. Las mujeres no pueden resistirse a su pétreo y hercúleo falo (entrenado diariamente en el saco de arroz).

También en “The Snare” apreciamos las trampas de las que está llena la casa del héroe: Mientras Hanzo se relaja y bebe sake con la sacerdotisa, unos ninjas hacen irrupción en su domicilio, pero son frenados por las lanzas y afiladas barras que surgen de techos y paredes. Luego, con su navaja, su katana y sus puños de hierro, Hanzo se encarga de los supervivientes.

Excelente también la escena del duelo final en el puente entre Hanzo y el samurai Junai Mikoshiba, escolta de Okubo. Cuando Kamisori Hanzo destapa los turbios negocios en los que el tesorero está inmerso (trata de blancas, juego, especulación financiera…) y presenta como testigos de sus acusaciones a la sacerdotisa Nyokai y a la encargada de la Casa de la Moneda, Okubo es arrestado, confinado en prisión, su título de daimyo disuelto y sus propiedades repartidas. (Hanzo nunca se siente intimidado por la posición social de nadie; si se trata de un individuo corrupto su misión es neutralizarlo, sea quien sea). De ese modo, Junai queda sin amo y vuelve a ser un ronin. En la escena final reta a Hanzo a un duelo, y tras una breve pelea es herido de muerte por el oficial… Pero antes de expirar, usa las últimas fuerzas que le quedan para practicarse el seppuku, ante la atónita mirada de Hanzo y sus criados.

En ésta segunda parte, también la música es mejor que en el primer film. En Goyōkiba, la banda sonora (de Kunihiko Murai) tenía ritmos demasiado setenteros, que por momentos se aproximaban más al blacksploitation que al jidaigeki. Aquí, sin embargo, también se incluyen ritmos envolventes e hipnóticos, rozando en ocasiones la psicodelia, que resultan más apropiados para la película (banda sonora de Isao Tomita).

Si la primera parte fue realizada por Kenji Misumi, para “The Snare” el director encargado fue Yasuzo Masumura. En 1960, Masumura había dirigido “Karakkaze Yaro”, un gendai-geki (película japonesa de gangsters) cuyo personaje principal era un yakuza interpretado nada más y nada menos que por el gran escritor Yukio Mishima (quien diez años más tarde se haría el seppuku a modo de protesta para expresar su disgusto por la colonización y la decadencia de su patria).

FHP, 2015

Trilogía Hanzo the Razor / Goyokiba (Parte I): La espada de la justicia – Kenji Misumi, 1972

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Hanzo el navaja: La espada de la justicia (V.O. Goyōkiba, a.k.a. “Hanzo the Razor: Sword of Justice”)

Japón, 1972

Director: Kenji Misumi

Género: Chanbara, jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Takeshi Kanda

Intérpretes: Shintaro Katsu (Hanzo), Ko Nishimura (Magobei Onishi), Yukiji Asaoka, Mari Atsumi

Música: Kunihiko Murai

Argumento

Itami Hanzo es un oficial de policía en la ciudad de Edo (actual Tokyo) durante los últimos años del shogunato Tokugawa. Cuando le llega el momento de prestar juramento de fidelidad ante sus superiores y camaradas se niega a hacerlo, pues es consciente de que el organismo al que pertenece es sumamente corrupto. Su sentido del honor le impide firmar con su propia sangre un documento que no es más que una hueca formalidad burocrática. A Hanzo le asquea la doble moral: Los ricos y poderosos, aquellos que están “conectados” con las altas esferas, los “peces gordos” de la criminalidad, nunca son molestados; y los policías shogunales deben entretenerse limitándose a arrestar a pequeños malhechores.

El superior inmediato de Hanzo es Magobei Onishi, apodado “Serpiente”. Hanzo tiene a su servicio a dos rehabilitados ex-delincuentes que trabajan para él como criados. El incorruptible oficial, que practica metodologías sumamente contundentes a la hora de interrogar sospechosos, se somete voluntariamente a pruebas físicas muy dolorosas: “Las torturas que aplico, debo conocerlas yo mismo”. De ese modo, siguiendo tal vez el nitzscheano precepto de que “lo que no me mata me hace más fuerte”, ordena a sus sirvientes que le vayan colocando gruesos bloques de cemento en las piernas, mientras se encuentra sentado sobre sus tobillos encima de un tablón de madera con afiladas puntas.

Además de practicar las artes marciales (derribando a puñetazos figuras de piedra) “El Navaja” también entrena su enorme miembro viril: Cada tarde después del baño, sacude su falo en erección con un trozo de madera para así endurecerlo; y tras ello copula con un saco relleno de arroz al que previamente ha hecho un agujero…

En una ocasión, un criminal que huye de los agentes es detenido por Hanzo. El fugitivo, que no quiere volver a la cárcel, se dispone a darle una “información confidencial”… El policía le rompe la nariz dejándolo inconsciente, y se lo lleva diciendo a los demás agentes que está muerto. Una vez en su casa, mientras sus sirvientes le van vendando la destrozada nariz al herido, Hanzo le ordena que cuente más en detalle en qué consiste la confidencia.

Minokichi, el fugado retenido por Hanzo, le revela que el importante jefe criminal Kanbei en realidad no está preso como todos creen. Se encuentra en libertad, y en la cárcel un doble ocupa su lugar. Hanzo se dispone a investigar cómo eso ha llegado a ser posible.

A través de sus espías, el aguerrido oficial descubre que Kanbei tenía una amante. Esa joven (que según los informadores, que la siguen literalmente hasta las letrinas, carece de vello púbico) resulta ser la misma mujer con la que últimamente se ha estado viendo “Serpiente” Onishi, el superior de Hanzo.

Hanzo decide que hay que interrogar a la chica, llamada Omino, para que aclare la conexión existente entre el criminal Kanbei y Onishi, el jefe de la policía. El “desnarigado” Minokichi se hace pasar por muerto en casa de Omino, y así, con la excusa de su “asesinato” la joven es arrestada y llevada ante Hanzo: Éste se dispone a interrogarla, y lo hará realizando con ella lo que ya ha estado practicado con sacos de arroz… Pasados unos pocos minutos, la chica comienza a difrutar lo que inicialmente era una violación: “No… no… no pares!” gime entrecortadamente. Pues Hanzo no sólo es experto con la espada y la lucha, sino también en las artes amatoriales. El oficial insta a la muchacha a que confiese todo lo que sabe; y si ella no habla, él “parará” de embestirla. Más tarde, mientras se relajan tomando un baño y bebiendo sake, Omino cuenta más detalles sobre el caso: Dos misteriosos personajes enmascarados, un hombre y una mujer, acudieron cierto día ante Onishi para sobornarle, ofreciéndole un baúl en el que se encontraba ella desnuda, cubierta por monedas de oro… Los desconocidos, pertenecientes a alguna oscura organización secreta, querían que Onishi liberara a Kanbei y lo sustituyera por otro que se le pareciera físicamente. El jefe de la policía aceptó la propuesta.

Así Hanzo ha conseguido un nuevo indicio acerca de la corrupción que existe en el seno del aparato policial, y se ha cerciorado una vez más de que la honorabilidad de su inmediato superior Onishi deja mucho que desear. Pero conforme va indagando y profundizando en el turbio asunto, Hanzo constata con estupefacción que la trama salpica a gente mucho más poderosa que Onishi…

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Comentario

Después de unos siete años vuelvo a ver ésta primera parte de la trilogía sobre Kamisori Hanzo, cuya trama había ya olvidado. Tras tanto tiempo, no es extraño olvidar las conspiraciones e intrigas que formaban el enrevesado esqueleto argumental de la película. Lo que sin embargo sí recordaba perfectamente eran los pintorescos entrenamientos sexuales del protagonista, saco de arroz mediante, y sus métodos de interrogación a las féminas sospechosas (que primero se le resisten, pero después terminan convirtiéndose en sus más dóciles amantes)

Itami Hanzo, conocido como Kamisori (Navaja, o Cuchilla), tiene en su casa numerosas trampas mortales que se accionan presionando resortes en las paredes. Lanzas y otros punzantes objetos emergen del techo y atraviesan a “huéspedes no deseados”. Eso les sucede a unos ninjas que irrumpen en su morada con la intención de matarlo. Con ese artesanal dispositivo de seguridad, Hanzo está siempre protegido de sus numerosos enemigos.

La historia de Hanzo, y su lucha contra la corrupción enquistada en las altas instancias del shogunato (que por aquel entonces ya daba sus últimos coletazos) no termina en ésta película. Un año después, en 1973, se rodaría la continuación; y en 1974 saldría la tercera parte. Sin embargo, ninguna de las dos secuelas estuvo dirigida por Kenji Misumi.

Hacia el final del film, el oficial se ve involucrado en un asunto triste pero hermoso al mismo tiempo, que no tiene relación con la trama principal. Hanzo ayudará a una niña y a su hermanito, cuyo padre, mortalmente enfermo y sin remedio, yace agonizante.

Shintaro Katsu como Hanzo, interpreta un papel bastante diferente al de Zatoichi, hasta el punto de que resulta casi irreconocible para aquellos que estamos más habituados a verlo en su rol del espadachín y masajista ciego. Hanzo y Zatoichi tienen carácteres y temperamentos bien diferentes, pero sin embargo comparten un mismo código ético y un mismo sentido del honor.

Hanzo es una especie de “Dirty Harry” nipón decimonónico, con métodos harto expeditivos; un agente policial para el cual el fin justifica los medios; y que repudia el nepotismo, el elitismo y la hipocresía.

Goyokiba es una trilogía jidaigeki que se acerca, debido a su contenido sexual y a su sutil humor negro, al género de las pinku eiga. Recuerda por momentos a las películas de Norifumi Suzuki “El Imperio del sexo” y “El lujurioso shogun y sus 21 concubinas”, ambas de 1972. (Por los contenidos, pero también a causa de la banda sonora extremadamente setentera, y que guarda poca relación con la música tradicional japonesa).

La historia de Kamisori Hanzo está basada en un manga de Kazuo Koike, autor también de „Kozure Okami“ („Lone Wolf and Cub“) que asimismo fue llevado a la pantalla en forma de miniserie por Kenji Misumi y otros directores. En la excelente “Kozure Okami” el protagonista es Tomisaburo Wakayama, el hermano de Shintaro Katsu.

FHP, 2015

Soñar no cuesta nada – Rodrigo Triana, 2006

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Soñar no cuesta nada

 

Colombia, 2006

Director: Rodrigo Triana

Género: bélica, drama, comedia

Guión: Jörg Hiller, Clara María Ochoa

Intérpretes: Diego Cadavid (Lloreda), Juan Sebastián Aragón (Venegas), Manuel José Chávez (Porras)

Música: Nicolás Uribe

 

Argumento

Un grupo de soldados del ejército colombiano se encuentra cumpliendo una misión en el interior de la selva. El comando “Destroyer” debe enfrentarse a la guerrilla y llega hasta un campamento abandonado hace poco por los subversivos. Lo que no saben es que su misión consistía concretamente en liberar a tres gringos. “Para eso estamos arriesgando el pellejo” protestan varios cuando se enteran a través de la radio. Allí en el campamento descubren un pequeño arsenal a base de fusiles de asalto AK-47. Esperan ser recogidos lo antes posible por otras unidades del ejército, pues se les están acabando las provisiones, y hay varios “lanzas” enfermos con paludismo.

Uno de los reclutas tiene la fortuna de encontrar semienterradas varias caletas repletas de millones de dólares. Se lo comunica a unos pocos camaradas y tratan de que no se enteren más. Al principio no piensan reportar el hallazgo a su superior, pero son descubiertos de todos modos tras el accidental explosionar de una mina, tambien enterrada junto a uno de los contenedores. Uno de los reclutas, Elmer Porras, no considera que sea honesto quedarse con el dinero, que procede de las actividades ilícitas de las FARC, y piensa que hay que entregarlo a las instancias competentes. Pero hasta el teniente, la máxima autoridad en el pelotón, decide que la fortuna sea equitativamente repartida entre todos los componentes del comando “Destroyer”. La suma total que corresponde a cada uno de los soldados asciende a unos 100.000 US$.

Pero pronto empiezan los problemas, pues los “dolorosos” no se pueden comer. Los nuevos millonarios siguen en las profundidades de la selva abandonados a su suerte por el ejército para el cual combaten, que parece haberse olvidado de ellos. También comienzan ciertas maniobras especulativas, con arbitrarios cambios de pesos por dólares y juegos de cartas con altas apuestas, que dan pie a enfrentamientos y rivalidades en el seno de la tropa. Para agilizar el rescate, uno de los soldados toma la resolución de dispararse un tiro en el pie. Consigue de ese modo que el teniente pueda comunicarse exitosamente con otras unidades con la excusa de que “están siendo atacados y hay un soldado herido”, para que rápidamente envíen refuerzos y helicópteros al rescate.

Sin embargo no los llevan aún a la ciudad, para que puedan retirarse y disfrutar de sus recién adquiridos millones, sino que deben continuar en otra zona de la selva, conjuntamente con otras unidades, para desempeñar una misión de aún mayor envergadura. El nuevo oficial al mando tiene la intención de requisar los equipajes de los reclutas del “Destroyer”, porque ha oído que encontraron un arsenal de fusiles de la guerrilla y desea evitar que alguno de los soldados se hayan apoderado de algunas de esas armas ilegalmente… Lo que no sospecha es que las mochilas de los soldados están atiborradas de billetes verdes… Pero tras el primer registro al equipaje de Porras (el único que no llevaba nada de dinero) es frenado el procedimiento, pues el teniente milagrosamente recibe una comunicación que les ordena partir hacia otra zona.

Momentos de tensión se viven a bordo del avión militar cuando uno de los soldados, que desesperado afirma que alguien le ha robado su parte del botín, amenaza con hacer estallar una granada de mano. Sus compañeros logran aplacarlo en el último momento, y una vez en tierra debe render cuentas ante una superior. Pero no dice nada, y tras regresar con sus camaradas, el teniente le devuelve su dinero (que alguno de ellos había sustraído, o bien que entre todos habían contribuído a colectar…)

Los reclutas reciben un día de permiso para ir a la ciudad, y entonces se desbocan sus estrafalarias extravagancias y su ostentosidad, lo que resultará sumamente contraproductivo. Compran coches de alta gama, ropa cara, artículos de lujo, despilfarran en restaurantes y discotecas, llamando la atención allá a donde van. El mayor error lo comenten al acudir a una especie de club de alterne, alquilando el local para ellos solos. Uno de los soldados está platónica y perdidamente enamorado de una de las chicas que allí trabaja (a la que ha visto actuar allí en otras ocasiones); una bailarina y prostituta llamada Dayana, cuya ropa interior le acompañó como reliquia durante sus largos días en la selva y las duras marchas como pobre soldado…

Comentario

Divertida e interesante producción colombiana basada al parecer en hechos reales. En algunos apectos recuerda a la magistral “Rapiña” (México, 1975), drama psicológico que trata de unos pobres campesinos que consiguen una pequeña fortuna saqueando los restos de un avión siniestrado en las montañas. Los bienes materiales que nunca antes poseyeron esas sencillas gentes y el miedo a ser descubiertos, hacen que cambien progresivamente (especialmente el protagonista, interpretado por Ignacio López Tarso). El principal personaje de ese film mexicano, un humilde leñador indígena, una vez “rico” se va volviendo codicioso y retorcido.

Éste no es exactamente el caso de los soldados de “Soñar no cuesta nada”. Ellos no se vuelven cada vez más avaros, sino más bien cada vez más estúpidos. Dilapidando a manos llenas la “lotería” que les acaba de tocar, sólo logran llamar la atención. El caso del pobre ingenuo enamorado de la prostituta es casi hilarante, de dimensiones tragicómicas. La meretriz a la que acaba de declarar su amor eterno y a la que ha incluso propuesto matrimonio no solamante le roba su dinero, sino que además le denuncia al ejército, y todos terminan en la cárcel. O más bien casi todos…

El sumamente escrupuloso recluta Porras resultó ser finalmente el menos estúpido, comparado con sus compañeros de armas, que despilfarraron la fortuna hallada de la noche a la mañana. Pues, pese a negarse en un principio a aceptar su parte del tesoro, finalmente la tomó y ocultó en la selva para su mujer y su pequeña hija, que pasaban por apuros económicos. Él fue así el único que logró que su parte del botín tuviera una finalidad realmente útil.

FHP, 2015

Zatoichi el fugitivo – Tokuzo Tanaka, 1963

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Zatoichi el fugitivo (V.O. Zatôichi kyôjô-tabi, a.k.a. „Zatoichi the fugitive“)

Japón, 1963

Director: Tokuzo Tanaka

Género: Chambara, jidaigeki

Guión: Kenichiro Hara

Intérpretes: Shintaro Katsu (Zatoichi), Miwa Takada (Nobu), Masayo Banri (Tane)

Música: Akira Ifukube

Argumento

 

Argumento

Llegado a una nueva comarca, Ichi participa en unos torneos de lucha libre para ganarse el sustento. Sin grandes dificultades vence rápidamente a cinco contrincantes, a pesar de ser ciego. Tras ello, se dispone a proseguir su camino. Pero ignora que la Yakuza local ha puesto precio a su cabeza. Un asesino a sueldo trata de matarlo cuando se relaja junto a un río. Pero Zatoichi se percata de su presencia y tras desenfundar su afilada hoja de la caña que le sirve de bastón, raja a su agresor. Éste se tambalea y cae moribundo, pero aún acierta a decirle a Zatoichi que había intentado matarle para cobrar la jugosa recompensa que por su cabeza se ofrece. Antes de exhalar su último aliento, también le dice al prodigioso espadachín invidente el municipio donde reside su madre, que pertenece a la Yakuza. Ichi se encamina hacia esa localidad en busca de la señora, la anciana Maki, a la que informa con pesadumbre sobre la muerte en combate de su vástago, reconociendo ser él mismo el responsable de tal defunción. Maki inicialmente se acongoja y enfurece, pero pronto reconoce la valentía, el coraje y la honestidad de su interlocutor, por atreverse a ir a verla con esa noticia y traerle personalmente los ahorros que su hijo portaba consigo. Así, Maki decide perdonar a Ichi. No así otros miembros de la Yakuza local, que insisten en que el ciego debe ser ejecutado por haber desafiado al clan, y que incluso incrementan la cantidad de ryos a la que asciende la recompensa por la caza del invidente pero aguerrido masajista errante.

Zatoichi, como es su costumbre, se hospeda en una posada. Allí se reencuentra con la bella Tane (ver Zatôichi monogatari, 1962 – Kenji Misumi), que ahora se ha casado con un ronin de nombre Tanakura. También conoce a la dulce e ingenua Nobu, hija del dueño del establecimiento, con la que entabla amistad. El posadero es un antiguo Yakuza, y el local funcionó antaño como casa de juegos. Nobu es pretendida por el heredero de otro clan Yakuza, un inexperto muchacho de carácter débil llamado Sakichi, que está sometido a una creciente presión por sus compañeros de profesión. Zatoichi se verá envuelto, una vez más, en múltiples e intrincadas intrigas en el seno de la Yakuza decimonónica…

Tanakura, un duro ronin sombrío y ceñudo, trata también de tomar el control de las organizaciones clandestinas de la región. Por su pericia con las armas blancas es el único de los potenciales contrincantes de Zatoichi capaz de medirse con el genial invidente en su mismo nivel.

Tanakura le tiende una trampa a Zatoichi en una casa abandonada, utilizando a Tane como cebo y a Sakichi como forzado cómplice…

Comentario

En ésta cuarta entrega de la saga Zatoichi, se nos desvela algo más el oscuro y fascinante mundo de la Yakuza, con su característico código de honor, su énfasis en la lealtad, y el culto a la fuerza de voluntad que han de poseer sobre todas las cosas aquellos que aspiran al liderazgo.

El antiguo yakuza Zatoichi es un lobo solitario, un vagabundo que sólo confía en su espada (oculta en una caña hueca como bastón de ciego) y que se desplaza por todo Japón en los años del ocaso de la era Tokugawa, residiendo en posadas, trabajando sobre la marcha como masajista de otros cansados viajeros y apostando de vez en cuando algunos ryo a los dados para tratar de incrementar su escaso y volátil capital. Zatoichi también es un santo. Humilde, siempre cortés, honesto y honorable, sabio y amante de la justicia. No guarda rencor a sus adversarios y siempre está dispuesto a perdonar. Ichi es su nombre; Zato es una denominación por la cual se conocía a los integrantes de rango más bajo en la jerarquía de la Tōdōza (el gremio de los ciegos en el Japón feudal; sus miembros solían desempeñar las labores de músicos, masajistas o acupunturistas).

A destacar las escenas finales, en las que el masajista se enfrenta en frenético combate con decenas de espadachines que le cercaban en la casa abandonada. Las ansias de vengar a Tane, asesinada por su esposo Tanakura, hacen que sus fuerzas se multipliquen. Que sus enemigos estén en posesión de un rifle tampoco es impedimento para que Ichi salga victorioso. Tenso y emocionante el igualado duelo final entre Zatoichi y el samurai Tanakura. Éste último logra romper la espada del ciego, pero Ichi termina clavándole la hoja partida hasta la empuñadora. Las revelaciones finales de Tanakura dejan dubitativo a Ichi: Será cierto que Tane le había traicionado y que fue ella quien se propuso como cebo al enterarse de que la recompensa por Ichi ascendía a 300 ryo? “Acaso temes la verdad?” – dice el moribundo Tanakura – “las mujeres no tienen 17 años para siempre…” Ichi se resiste a creer esos infundios sobre su idealizada amiga. Sumamente entrañable resulta la despedida de Zatoichi de la vieja Maki, que acaba convirtiéndose en la madre que nunca tuvo, y de la pareja formada por Sakichi y Nobu.

FHP, 2015