Trilogía Hanzo the Razor / Goyokiba (Parte III): ¿Quién tiene el oro? – Yoshio Inoue, 1974

https://i0.wp.com/i.imgur.com/utAxu6f.jpg

Hanzo el Navaja: ¿Quién tiene el oro? (V.O. Goyōkiba: Oni no Hanzō yawahada koban, a.k.a. “Hanzo the Razor: Who’s Got the Gold?”)

Japón, 1974

Director: Yoshio Inoue

Género: Chanbara, jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Takeshi Kanda, Yasuzo Masumura

Intérpretes: Shintaro Katsu (Hanzo), Ko Nishimura (Magobei Onishi), Mako Midori (Yumi), Mikio Narita (Bansaku Tonami)

Música: Hideaki Sakurai

Argumento

Los dos escoltas de Hanzo, “Víbora“ y „Fuego del Infierno“, se encuentran una noche pescando en las inmediaciones del castillo de Edo donde se custodian las reservas de oro. De repente perciben una extraña presencia: El fantasma de una mujer se les acerca amenazante. Los dos echan a correr despavoridos y regresan junto a su jefe. Éste, entre socarronas risas, les dice que lo lleven a éste lugar, pues nunca “se lo ha montado” con una fantasma… Hanzo y sus escoltas regresan, y la espectral mujer vuelve a aparecer. Pero el oficial de la policía shogunal intuye que el misterioso “fantasma” es en realidad una fémina de carne y hueso, y ordena a sus lacayos que la capturen. La mujer se lanza al río pero Hanzo se echa al agua tras ella y consigue apresarla. Además, “el Navaja” encuentra unas gruesas cañas de bambú en el fondo del río, y las saca fuera. La “fantasma” y las cañas son transportadas hasta la casa del agente.

De un certero tajo con su katana, Hanzo corta por la mitad las huecas cañas de bambú, descubriendo que en su interior se encontraba toda una fortuna en monedas de oro. El oficial adivina el procedimiento de los delincuentes: Éstos rellenaban las huecas cañas con el oro en el interior del castillo para lanzarlas desde la ventana al vecino río. De ahí sus cómplices las transportarían al lugar indicado por los cabecillas de la banda. La misión de la mujer disfrazada de “fantasma” consistía en ahuyentar a aquellos pescadores y paseantes que frecuentasen la zona.

Ahora Hanzo trata de hacerle confesar a la mujer quién le encargó su trabajo como “fantasma” (función de “espanta-humanos” en lugar de espantapájaros)… Inicialmente, la detenida se niega a hablar, pero Hanzo conoce un método infalible (ya empleado en las anteriores entregas de la trilogía)… La ensartará con su falo (cual oriental Príapo) mientras la “torturada” se encuentra desnuda en una malla de cuerdas que los servidores de Hanzo van izando y bajando rítmicamente. Como siempre en esos casos, la mujer sometida al peculiar juego sexual se resiste al principio pero poco después gime extasiada: “No, eso no! … No! No… No pares!!” Hanzo repone: “Si no hablas, pararé!”. La chica termina explicando que debía interpretar el papel de fantasma por órdenes de su marido: Un samurai encargado de la custodia del tesoro. Hanzo explota furibundo, ante la idea de que un samurai sea capaz de cometer tan indigno deshonor: Robar de las arcas del estado. Pero antes de que la joven revele el nombre de su esposo, y mientras el oficial sigue penetrándola, una daga se clava en sus carnes. De inmediato, un comando de ninjas fuertemente armados entran en tropel en casa de Hanzo. Los dirige el samurai Chozaburo Kato, el encargado de la custodia del oro en el castillo y marido de la “fantasma”, a la que acaba de asesinar.

Kato explica, tras quitarse la máscara de ninja, que se veía obligado a participar en el robo del oro porque su sueldo era demasiado bajo… A continuación ordena a sus hombres que maten a Hanzo. Pero éste reacciona de inmediato presionando los mecanismos en la estancia que hacen que lanzas, flechas y pinchos salgan de techos y paredes. Ello, unido a su maestría en la esgrima y el combate cuerpo a cuerpo, deja a todos los ninjas muertos o lesionados, hasta que sólo Kato queda en pie. Hanzo sabe que no es él el cerebro de la conspiración, y con el filo de su katana en el cuello trata de hacerle desembuchar. Pero también Kato es liquidado, ésta vez por un desconocido que logra escapar.

Hanzo deberá proseguir sus investigaciones, tirando del hilo para hallar a los máximos responsables del desfalco.

En la propiedad de un daimyo, el señor Hotta, Hanzo se reencuentra con su viejo amigo Heisuke. Éste es un samurai empobrecido que es presionado por Hotta para que le entregue una lanza que guarda como reliquia familiar. También allí, Hanzo presencia como el médico de Hotta es condenado a prisión por su “actitud rebelde”, y el oficial recibe la misión de conducirle a la cárcel. Pero Hanzo decide llevar al reo a su casa y ocultarlo en una habitación secreta que tiene preparada, pues algo que dijo sobre las “innovaciones de occidente” despertó su curiosidad. El doctor Sugino Genan está mortalmente enfermo, y él mismo sabe que no va a sobrevivir más de un mes.

Cuando Hebi-no-Magobei, el superior de Hanzo, descubre que Genan no ha llegado a la prisión como estaba previsto, monta en cólera y pide explicaciones al oficial al que se le había asignado su custodia. Mientras golpea y derriba con sus puños de hierro estatuas de budas de piedra de tamaño humano a modo de entrenamiento, Hanzo responde que “lamentablemente” se le “escapó”.

Al día siguiente, ante el daimyo Hotta, Hanzo promete apresar al fugitivo o darle muerte „en el plazo de un mes”… Mientras tanto, piensa el Navaja, Genan trabajará para él desde el escondite secreto fabricando un arma portentosa de tecnología occidental: Un cañón.

Hanzo descubre a través de sus espías que Yumi, la mujer de Hotta, acude con frecuencia al castillo del poderoso sacerdote ciego Kengyo, “a recibir clases de koto“(tradicional instrumento musical japonés semejante al arpa). Pero lo que en realidad va a hacer allí (como constata Hanzo) es participar en orgías con los clérigos, al igual que otras aristocráticas mujeres casadas. Haciendo presión sobre Yumi (chantajeándola con revelar a su marido sus escarceos, y usando con ella sus ya conocidos métodos fálicos), Hanzo averigua que Kengyo y Hotta son los jefes de la red de ladrones del tesoro nacional, y que además se dedican a especular con el dinero del estado y a prestarlo con usura…

https://i2.wp.com/wrongsideoftheart.com/wp-content/gallery/stills/snare_06.jpg

Comentario

Ésta es la tercera y última entrega del tríptico sobre el héroe mangaka Inami Kamisori Hanzo, el incorruptible y ultrapotente oficial de la policía de Edo al servicio del shogun. Cada una de las tres películas fueron dirigidas por directores diferentes: La primera por Kenji Misumi (realizador de grandes joyas del género jidaigeki como varias Zatoichi y algunas de la saga de Kozure Okami), la segunda por Yasuzo Masumura (especialista en films de yakuza que tuvo a Yukio Mishima trabajando a sus órdenes) y ésta tercera por el menos conocido Yoshio Inoue.

En mi opinión, la mejor de las tres es la segunda, cuyo título internacional es „Hanzo the Razor: The Snare“, pero todas son buenísimas. Ésta “Who´s got the gold” también tiene deliciosos y remarcables momentos (y como la mayoría de las jidaigeki, aporta valiosa información histórica y cultural para japanófilos).

Hanzo no tolera que nadie practique la usura ni la especulación con dinero nacional, y no duda en enfrentarse (a cañonazos, si es necesario) contra quienquiera que practique tales injusticias, tenga el rango que tenga, sea samurai, daimyo o sacerdote. Ambos jefes de la trama reciben su merecido, y Hanzo termina enfrentándose en singular duelo a su oponente más capacitado: Bansaku, el guardaespaldas de Kengyo.

El “médico rebelde” al que Hanzo protege, era un honorable erudito que tenía buenas intenciones para con su país. Corría el año 1850 y los occidentales trataban de apropiarse de los recursos del Japón. Genan quería combatirlos con sus propios medios, fabricando armas modernas como cañones para contenerlos y evitar así ser invadidos. Pero “la vieja guardia” del shogunato (aquella que le condenó por “rebelde”) seguía empecinada en aislarse completamente del mundo exterior (incluyendo los avances tecnológicos procedentes de ese exterior). Genan y otros como él tenían razón, ello se demostraría pocos años más tarde, tras la llegada del comodoro Perry en 1853. Pues es imposible defenderse con espadas y lanzas de los cañonazos norteamericanos e ingleses… El shogunato sería abolido en 1868.

Del mismo modo que cada una de las tres partes fue dirigida por un cineasta diferente, también tres compositores distintos se encargaron de las respectivas bandas sonoras: Kunihiko Murai, Isao Tomita y Hideaki Sakurai. Tomita es uno de los pioneros de la música electrónica y de la llamada “space music”, con un estilo muy similar al de los alemanes Tangerine Dream o al del francés Jean Michel Jarre. Probablemente su banda sonora para la segunda Goyōkiba (The Snare) contribuye a que esa sea mi predilecta de la trilogía. En general, la música de las películas de Hanzo es típicamente setentera, con grandes influencias funkys.

FHP, 2015

Anuncios

Trilogía Hanzo the Razor / Goyokiba (Parte II): La trampa – Yasuzo Masumura, 1973

https://i1.wp.com/40.media.tumblr.com/tumblr_lzb9wmNlK71qze455o1_1280.jpg

Hanzo el navaja: La trampa (V.O. Goyōkiba: Kamisori Hanzō jigoku zeme, a.k.a. “Hanzo the Razor: The Snare”)

Japón, 1973

Director: Yasuzo Masumura

Género: Chanbara, jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Yasuzo Masumura

Intérpretes: Shintaro Katsu (Hanzo), Ko Nishimura (Magobei Onishi), Keiko Aikawa, Kazuko Inano

Música: Isao Tomita

Argumento

El agente de policía Itami “Kamisori” Hanzo persigue a dos sospechosos que huyen al verlo llegar. Cuando éstos se disponen a cruzar un puente por el que en esos momentos pasa la comitiva del tesorero shogunal Okubo, Hanzo continúa persiguiéndoles, sin presentar sus respetos al importante funcionario, ignorando su presencia y chocando con sus acompañantes. Ello indigna a los samurais de Okubo, que se disponen a atacar al oficial. Uno de ellos, Junai Mikoshiba, desenfunda y comienza a pelear contra Hanzo cuando su jefe se lo ordena. Pero, al ver que están demasiado igualados, Okubo frena la disputa, y “perdona” a Hanzo por su “poco respetuosa” actitud. El policía, conocido como Kamisori (el Navaja), porque domina una técnica de combate con armas blancas cortas, no se disculpa, pues piensa haber actuado en todo momento con corrección: Su deber consiste en arrestar delincuentes allá donde éstos se encuentren.

Cuando Okubo y sus samurais prosiguen su camino, Hanzo arresta finalmente a los sospechosos que estaba persiguiendo: Éstos llevaban consigo una bolsa que contenía ropas caras de mujer, pero manifiestan no haber cometido ningún delito: Se limitaron a desnudar a una chica muerta que encontraron en un molino, para vender el valioso kimono que llevaba puesto.

Los detenidos conducen hasta allí a Hanzo y a sus dos escoltas (dos antiguos presos cuyos apodos son “Víbora” y “Fuego del Infierno”). Hanzo comprueba que la joven murió a causa de un aborto. El policía comienza sus investigaciones, y averigua que la ilegal interrupción del embarazo se realizó en un templo, por parte de una sacerdotisa.

Hanzo asalta de improviso el lugar consagrado, interrumpiendo un nuevo ritual abortivo… Sus criados portan consigo el féretro con el cadáver de la muchacha, y la sacerdotisa la reconoce, revelando su identidad. Pero afirma que Omachi abandonó viva su templo, y que ella no tiene responsabilidad alguna de su muerte. La vestal asegura que se ve obligada a practicar abortos porque el gobierno produce monedas falsas, devaluando el dinero, y empobreciendo a los campesinos… Así las mujeres de clase baja no pueden permitirse traer al mundo demasiados hijos y no tienen más remedio que recurrir frecuentemente al aborto.

El intrépido oficial está dispuesto a llegar hasta el fondo. El cuerpo de la difunta lo llevan a sus padres, y allí Hanzo interroga al progenitor, para averiguar quién pudo haber dejado embarazada a Omachi. El pobre hombre, entre sollozos, asegura que su hija “era virgen”, que no tenía ningún pretendiente… Pero finalmente sale a la luz que la joven pasó un tiempo “aprendiendo la ceremonia del té” en el templo de Kaizan… “Tuvo que ser allí donde la chica fue preñada…” piensa Hanzo.

Tras recibir la autorización de que Omachi puede ser sepultada allí, los padres de la joven parten hacia Kaizan acompañados por “Víbora” y “Fuego del Infierno”, los criados de Hanzo. Éstos portan el ataúd, que es enterrado en el camposanto del convento.

Por la noche, cuando todos se han retirado, comienza a temblar la tierra en el lugar donde supuestamente los restos de la muchacha han sido inhumados… Hanzo, que era quien en realidad se encontraba en el interior del ataúd, surge de la tumba; con blanca túnica y cabello suelto. El “entierro de Omachi” era la estratagema empleada para poder colarse en el convento de Kaizan y continuar investigando.

Allí la sacerdotisa Nyokai no se dedica precisamente a “enseñar la ceremonia del té”, sino a cosas muy distintas: Subasta bellas jóvenes a ricos mercaderes, que pagan fortunas a cambio de acostarse con virginales muchachas (como Omachi). Kamisori Hanzo interviene, habiendo destapado la trama de prostitución y trata de blancas con la que se financia el convento, y arrestando a la sacerdotisa Nyokai.

A ésta, el oficial la lleva a su casa, donde le tiene reservadas algunas “torturas” que ya vimos en la primera entrega de la trilogía: Primero, la rapada sacerdotisa debe soportar sobre sus piernas el peso de gruesos bloques de piedra (de 45 kilos cada uno). Hanzo mismo “conoce el límite” pues él mismo se autoimpone esa mortificación para comprobar el dolor que es capaz de aguantar el cuerpo humano (tal y como puede verse en Goyōkiba). La extenuada Nyokai pierde el conocimiento, pero se niega a hablar. Hanzo trata de hacerle confesar quienes son los que manejan los hilos de la red dedicada a la prostitución; pues ella desde su convento no es más que una simple intermediaria.

Como no hay forma de hacerla confesar, el muy viril agente de la ley recurre a otra modalidad de “tortura” para la que entrará en juego su portentoso falo (que Hanzo entrena diariamente flagelando con una madera, y copulando con sacos de arroz). La sacerdotisa es introducida desnuda en una malla de cuerdas, y mientras los criados la suben y la bajan tirando de una soga con el sistema de polea, Hanzo se sitúa debajo con su miembro erecto… “No puedes hacerme eso, soy una sacerdotisa consagrada al señor Buda” “Sacerdotisa o no, aún eres una mujer” repone Hanzo impertérrito. “Antes has conocido el infierno” añade aludiendo a la tortura con los bloques de piedra, “ahora verás el paraíso…” Y así, con varios giros usando su colosal falo a modo de eje, el oficial “tortura” a su detenida, con el propósito de que revele todo lo que sabe… Como a todas las mujeres que caen en sus redes (nunca mejor dicho, en éste caso) a Nyokai la “violación” termina gustándole: “No! No… No pares!” “Si no me lo cuentas todo, pararé…” De ese modo, Hanzo consigue la información que necesitaba… y después se relaja con la sacerdotisa en un baño caliente bebiendo sake…

https://i0.wp.com/wrongsideoftheart.com/wp-content/gallery/stills/snare_04.jpg

Comentario

Gracias a la confesión de la sacerdotisa, Hanzo averigua que el daimyo Okubo, el tesorero shogunal con el que se enfrentó al principio, no sólo se lucra gracias a la trama de prostitución organizada en su convento, sino que además está implicado en la devaluación de la moneda, pues ordena la producción de más dinero del que está respaldado por las reservas de oro. Ello provoca que la gente humilde se empobrezca cada vez más, viéndose las mujeres pobres en la necesidad de abortar cuando ya no pueden mantener a más niños en sus familias.

Además, Hanzo pronto recibe un nuevo encargo de sus superiores, entre los que se encuentra el corrupto Hebi-no-Magobei (El “Serpiente” Magobei Onishi). Cuando Hanzo, acusado de entrar por la fuerza en conventos y ser poco respetuoso con el tesorero Okubo, repone que él es “el mejor policía del Japón”; el alto magistrado le exhorta a que entonces detenga al “peor ladrón del Japón”: Un peligroso, brutal y violento criminal llamado Shobei Hamajima. Se ha extendido el rumor de que Shobei, quien viola y asesina a las víctimas de sus asaltos, piensa desvalijar la Casa de la Moneda, que es donde se fabrica el dinero del estado.

Hanzo acude allí, para proteger el edificio y a la aún joven viuda Riku, responsable del buen funcionamiento de la institución…

Ésta segunda parte de la trilogía sobre Hanzo, que también vi en su momento allá por 2008, cuenta nuevas historias que nada tienen que ver con la primera Goyōkiba. Aún así es mejor ver las tres películas por orden, porque en la Goyōkiba del año anterior, dirigida por Kenji Misumi, nos presentan a los personajes: El carismático policía protagonista Hanzo, sus acólitos ex-presidiarios (no exentos de tintes cómicos pese a sus feroces apodos: “Víbora” y “Fuego del Infierno”), el superior Onishi…

La segunda entrega (“Hanzo the Razor: The Snare”, 1973) resulta aún mejor que la primera parte (“Hanzo the razor: Sword of Justice”, 1972) y está llena de numerosos momentos memorables: El falso hara-kiri que Hanzo realiza habiéndose colocado en el vientre una sandía… La forma que tiene el oficial de “proteger” a la encargada de la Casa de la Moneda (que no difiere demasiado de la forma de “torturar” a las sospechosas)… Riku se encontraba inicialmente muy tensa y nerviosa, algo que podría delatar al ladrón Shobei la presencia de Hanzo allí. Por ello, el oficial decidió tranquilizarla a base de una sesión de sexo salvaje. Las mujeres no pueden resistirse a su pétreo y hercúleo falo (entrenado diariamente en el saco de arroz).

También en “The Snare” apreciamos las trampas de las que está llena la casa del héroe: Mientras Hanzo se relaja y bebe sake con la sacerdotisa, unos ninjas hacen irrupción en su domicilio, pero son frenados por las lanzas y afiladas barras que surgen de techos y paredes. Luego, con su navaja, su katana y sus puños de hierro, Hanzo se encarga de los supervivientes.

Excelente también la escena del duelo final en el puente entre Hanzo y el samurai Junai Mikoshiba, escolta de Okubo. Cuando Kamisori Hanzo destapa los turbios negocios en los que el tesorero está inmerso (trata de blancas, juego, especulación financiera…) y presenta como testigos de sus acusaciones a la sacerdotisa Nyokai y a la encargada de la Casa de la Moneda, Okubo es arrestado, confinado en prisión, su título de daimyo disuelto y sus propiedades repartidas. (Hanzo nunca se siente intimidado por la posición social de nadie; si se trata de un individuo corrupto su misión es neutralizarlo, sea quien sea). De ese modo, Junai queda sin amo y vuelve a ser un ronin. En la escena final reta a Hanzo a un duelo, y tras una breve pelea es herido de muerte por el oficial… Pero antes de expirar, usa las últimas fuerzas que le quedan para practicarse el seppuku, ante la atónita mirada de Hanzo y sus criados.

En ésta segunda parte, también la música es mejor que en el primer film. En Goyōkiba, la banda sonora (de Kunihiko Murai) tenía ritmos demasiado setenteros, que por momentos se aproximaban más al blacksploitation que al jidaigeki. Aquí, sin embargo, también se incluyen ritmos envolventes e hipnóticos, rozando en ocasiones la psicodelia, que resultan más apropiados para la película (banda sonora de Isao Tomita).

Si la primera parte fue realizada por Kenji Misumi, para “The Snare” el director encargado fue Yasuzo Masumura. En 1960, Masumura había dirigido “Karakkaze Yaro”, un gendai-geki (película japonesa de gangsters) cuyo personaje principal era un yakuza interpretado nada más y nada menos que por el gran escritor Yukio Mishima (quien diez años más tarde se haría el seppuku a modo de protesta para expresar su disgusto por la colonización y la decadencia de su patria).

FHP, 2015

Trilogía Hanzo the Razor / Goyokiba (Parte I): La espada de la justicia – Kenji Misumi, 1972

https://i1.wp.com/de.web.img2.acsta.net/medias/nmedia/18/76/56/04/19289945.jpg

Hanzo el navaja: La espada de la justicia (V.O. Goyōkiba, a.k.a. “Hanzo the Razor: Sword of Justice”)

Japón, 1972

Director: Kenji Misumi

Género: Chanbara, jidaigeki

Guión: Kazuo Koike, Takeshi Kanda

Intérpretes: Shintaro Katsu (Hanzo), Ko Nishimura (Magobei Onishi), Yukiji Asaoka, Mari Atsumi

Música: Kunihiko Murai

Argumento

Itami Hanzo es un oficial de policía en la ciudad de Edo (actual Tokyo) durante los últimos años del shogunato Tokugawa. Cuando le llega el momento de prestar juramento de fidelidad ante sus superiores y camaradas se niega a hacerlo, pues es consciente de que el organismo al que pertenece es sumamente corrupto. Su sentido del honor le impide firmar con su propia sangre un documento que no es más que una hueca formalidad burocrática. A Hanzo le asquea la doble moral: Los ricos y poderosos, aquellos que están “conectados” con las altas esferas, los “peces gordos” de la criminalidad, nunca son molestados; y los policías shogunales deben entretenerse limitándose a arrestar a pequeños malhechores.

El superior inmediato de Hanzo es Magobei Onishi, apodado “Serpiente”. Hanzo tiene a su servicio a dos rehabilitados ex-delincuentes que trabajan para él como criados. El incorruptible oficial, que practica metodologías sumamente contundentes a la hora de interrogar sospechosos, se somete voluntariamente a pruebas físicas muy dolorosas: “Las torturas que aplico, debo conocerlas yo mismo”. De ese modo, siguiendo tal vez el nitzscheano precepto de que “lo que no me mata me hace más fuerte”, ordena a sus sirvientes que le vayan colocando gruesos bloques de cemento en las piernas, mientras se encuentra sentado sobre sus tobillos encima de un tablón de madera con afiladas puntas.

Además de practicar las artes marciales (derribando a puñetazos figuras de piedra) “El Navaja” también entrena su enorme miembro viril: Cada tarde después del baño, sacude su falo en erección con un trozo de madera para así endurecerlo; y tras ello copula con un saco relleno de arroz al que previamente ha hecho un agujero…

En una ocasión, un criminal que huye de los agentes es detenido por Hanzo. El fugitivo, que no quiere volver a la cárcel, se dispone a darle una “información confidencial”… El policía le rompe la nariz dejándolo inconsciente, y se lo lleva diciendo a los demás agentes que está muerto. Una vez en su casa, mientras sus sirvientes le van vendando la destrozada nariz al herido, Hanzo le ordena que cuente más en detalle en qué consiste la confidencia.

Minokichi, el fugado retenido por Hanzo, le revela que el importante jefe criminal Kanbei en realidad no está preso como todos creen. Se encuentra en libertad, y en la cárcel un doble ocupa su lugar. Hanzo se dispone a investigar cómo eso ha llegado a ser posible.

A través de sus espías, el aguerrido oficial descubre que Kanbei tenía una amante. Esa joven (que según los informadores, que la siguen literalmente hasta las letrinas, carece de vello púbico) resulta ser la misma mujer con la que últimamente se ha estado viendo “Serpiente” Onishi, el superior de Hanzo.

Hanzo decide que hay que interrogar a la chica, llamada Omino, para que aclare la conexión existente entre el criminal Kanbei y Onishi, el jefe de la policía. El “desnarigado” Minokichi se hace pasar por muerto en casa de Omino, y así, con la excusa de su “asesinato” la joven es arrestada y llevada ante Hanzo: Éste se dispone a interrogarla, y lo hará realizando con ella lo que ya ha estado practicado con sacos de arroz… Pasados unos pocos minutos, la chica comienza a difrutar lo que inicialmente era una violación: “No… no… no pares!” gime entrecortadamente. Pues Hanzo no sólo es experto con la espada y la lucha, sino también en las artes amatoriales. El oficial insta a la muchacha a que confiese todo lo que sabe; y si ella no habla, él “parará” de embestirla. Más tarde, mientras se relajan tomando un baño y bebiendo sake, Omino cuenta más detalles sobre el caso: Dos misteriosos personajes enmascarados, un hombre y una mujer, acudieron cierto día ante Onishi para sobornarle, ofreciéndole un baúl en el que se encontraba ella desnuda, cubierta por monedas de oro… Los desconocidos, pertenecientes a alguna oscura organización secreta, querían que Onishi liberara a Kanbei y lo sustituyera por otro que se le pareciera físicamente. El jefe de la policía aceptó la propuesta.

Así Hanzo ha conseguido un nuevo indicio acerca de la corrupción que existe en el seno del aparato policial, y se ha cerciorado una vez más de que la honorabilidad de su inmediato superior Onishi deja mucho que desear. Pero conforme va indagando y profundizando en el turbio asunto, Hanzo constata con estupefacción que la trama salpica a gente mucho más poderosa que Onishi…

https://i2.wp.com/images.kino.de/flbilder/max07/auto07/auto31/07310821/b640x600.jpg

Comentario

Después de unos siete años vuelvo a ver ésta primera parte de la trilogía sobre Kamisori Hanzo, cuya trama había ya olvidado. Tras tanto tiempo, no es extraño olvidar las conspiraciones e intrigas que formaban el enrevesado esqueleto argumental de la película. Lo que sin embargo sí recordaba perfectamente eran los pintorescos entrenamientos sexuales del protagonista, saco de arroz mediante, y sus métodos de interrogación a las féminas sospechosas (que primero se le resisten, pero después terminan convirtiéndose en sus más dóciles amantes)

Itami Hanzo, conocido como Kamisori (Navaja, o Cuchilla), tiene en su casa numerosas trampas mortales que se accionan presionando resortes en las paredes. Lanzas y otros punzantes objetos emergen del techo y atraviesan a “huéspedes no deseados”. Eso les sucede a unos ninjas que irrumpen en su morada con la intención de matarlo. Con ese artesanal dispositivo de seguridad, Hanzo está siempre protegido de sus numerosos enemigos.

La historia de Hanzo, y su lucha contra la corrupción enquistada en las altas instancias del shogunato (que por aquel entonces ya daba sus últimos coletazos) no termina en ésta película. Un año después, en 1973, se rodaría la continuación; y en 1974 saldría la tercera parte. Sin embargo, ninguna de las dos secuelas estuvo dirigida por Kenji Misumi.

Hacia el final del film, el oficial se ve involucrado en un asunto triste pero hermoso al mismo tiempo, que no tiene relación con la trama principal. Hanzo ayudará a una niña y a su hermanito, cuyo padre, mortalmente enfermo y sin remedio, yace agonizante.

Shintaro Katsu como Hanzo, interpreta un papel bastante diferente al de Zatoichi, hasta el punto de que resulta casi irreconocible para aquellos que estamos más habituados a verlo en su rol del espadachín y masajista ciego. Hanzo y Zatoichi tienen carácteres y temperamentos bien diferentes, pero sin embargo comparten un mismo código ético y un mismo sentido del honor.

Hanzo es una especie de “Dirty Harry” nipón decimonónico, con métodos harto expeditivos; un agente policial para el cual el fin justifica los medios; y que repudia el nepotismo, el elitismo y la hipocresía.

Goyokiba es una trilogía jidaigeki que se acerca, debido a su contenido sexual y a su sutil humor negro, al género de las pinku eiga. Recuerda por momentos a las películas de Norifumi Suzuki “El Imperio del sexo” y “El lujurioso shogun y sus 21 concubinas”, ambas de 1972. (Por los contenidos, pero también a causa de la banda sonora extremadamente setentera, y que guarda poca relación con la música tradicional japonesa).

La historia de Kamisori Hanzo está basada en un manga de Kazuo Koike, autor también de „Kozure Okami“ („Lone Wolf and Cub“) que asimismo fue llevado a la pantalla en forma de miniserie por Kenji Misumi y otros directores. En la excelente “Kozure Okami” el protagonista es Tomisaburo Wakayama, el hermano de Shintaro Katsu.

FHP, 2015