Zatoichi y el ajedrecista – Kenji Misumi, 1965

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Zatoichi jigoku tabi (a.k.a. “Zatoichi and the chess expert”)

Japón, 1965

Director: Kenji Misumi

Género: Chanbara, Jidaigeki

Guión: Daisuke Ito

Intérpretes: Shintaro Katsu (Zatoichi), Mikio Narita (Tadasu Jumonji)

Música: Akira Ifukube

Argumento

Zatoichi se dirige en ésta ocasión a la isla de Honshu. Durante el viaje, participa a bordo del barco en un juego de dados apostando con otros pasajeros. Éstos tratan de engañarlo, aprovechándose de su condición de ciego. Pero Ichi ya contaba con eso, y se les adelanta astutamente… Logra así ganar la partida final. El invidente masajista errante es un experto jugador de dados, y raras veces es derrotado en las apuestas. Además, sabe siempre defenderse, y cuando sus contrincantes no se resignan con haber perdido y tratan de retomar su dinero, Zatoichi los contiene sin necesidad siquiera de desenvainar su espada (una afilada hoja siempre oculta en la caña de bambú que usa como bastón de ciego). A dos que poco después le atacan en la cubierta, les quema en la cara con su pipa y casi les tira por la borda.

Durante el naval trayecto, Ichi conoce al samurai Tadasu Jumonji, un avezado jugador de ajedrez. Se hacen amigos y juegan varias partidas (sin hacer apuestas de dinero). El misterioso  Jumonji tiene una misión que cumplir, sobre la cual no da detalles al ciego vagabundo. En el barco también se encuentran, además de otros muchos viajeros, una mujer llamada Tane y una niña pequeña.

Más adelante, en Honshu, Zatoichi y Jumonji se hospedan en la misma posada. Allí, durante una nueva partida de ajedrez, el samurai se da cuenta de que no es justo que él tenga la facultad de ver mientras que su oponente sea ciego y no pueda contemplar los movimientos de las fichas. Así, Jumonji se coloca una venda en los ojos para que ambos estén en igualdad de condiciones. Resulta sumamente memorable verles jugar de ese modo: El tablero lo han colocado a un lado y ya no lo usan para nada, pero cada vez que a uno le llega su turno, dice en voz alta su “movimiento de fichas” y el otro, tras unos instantes para pensar su estrategia, contesta con el suyo. Nadie toca ya las fichas ni el tablero, no los necesitan, y se dedican a ejercitar un “ajedrez mental”. (Para lo que es necesario un prodigioso grado de concentración)

Mientras están enfrascados en la práctica de esa disciplina, unos individuos irrumpen estruendosamente en la estancia desenvainando sus katanas: Jumonji pensaba que iban a por él, pero en realidad los asesinos trataban de liquidar a Zatoichi. Los intrusos eran miembros de un clan de la Yakuza, que pretendían ajustarle las cuentas al invidente espadachín. Pero Zatoichi y el samurai logran repeler con éxito a sus atacantes. Sin embargo, la espada de uno de ellos cae desde la ventana a la calle, hiriendo en el pie a una niña que caminaba por allí en ese momento. Se trata de la misma pequeña que iba a bordo del barco en el que también llegaron a Honshu Zatoichi y Tadasu Jumonji.

La niña Miki comienza a padecer altas fiebres y su estado es sumamente grave. Para consternación de su tía Tane, la anciana chamán asegura que la herida se ha infectado, provocando el tétanos. Sólo una medicina muy cara y difícil de conseguir podrá salvar a la pequeña. Zatoichi, que se halla presente durante la visita de la chamán y que se siente responsable del accidente, se ofrece a partir en busca del milagroso remedio. Jumonji le acompañará “como guardaespaldas”.

Ichi trata de reunir el dinero en varias casas de juego, apostando a los dados, y participando en ferias locales. Cuando finalmente ha conseguido la suma, adquiere la preciada medicina y se dirige de vuelta a la posada… Pero durante el camino de regreso, es nuevamente atacado por la noche en una cañada por un grupo fuertemente armado. Una vez más vence a sus enemigos pero constata acongojado que ha perdido la caja con la medicina… Sin embargo, cuando tras varios minutos de búsqueda el abatido Ichi está a punto de darse por vencido, finalmente palpa la cajita. El espectador podía ver en todo momento que la cajita se encontraba junto a Zatoichi; sólo él, al ser ciego, no se daba cuenta. Tensa y conmovedora escena.

Tras serle aplicada la medicina a la niña, ella y su tía, acompañadas por Zatoichi y Jumonji, se dirigen a Hakone, en Kanagawa; una población famosa por sus aguas termales, que deberán contribuir a la completa recuperación de la pequeña.

De ese modo, tras tomar el remedio antitetánico y una vez en Hakone, Miki logra rápidamente reponerse. Para ella, el masajista ciego que le salvó la vida será a partir de ahora el “tío Ichi”. Miki le agradece con un infantil y sincero arigato lo que ha hecho por ella, y Zatoichi reacciona profundamente emocionado. Más adelante, la tía de la niña (que se llama Tane al igual que la mujer que Zatoichi amaba en las primeras entregas de sus aventuras) le cuenta al ciego que Miki es hija de un antiguo sacerdote shintoísta que colgó los hábitos para convertirse en bandido, y que fue matado durante una de sus correrías. Desde entonces su pequeña sobrina pasó a estar a su cargo.

A la misma posada también llegan un enfermizo noble llamado Sasagara, acompañado por su leal sirviente Roppei. A ellos pronto se une la hermana del primero, la bella Kume; que llegó ataviada con kimono de hombre creyendo así que su viaje sería más seguro. Ellos, igual que el enigmático experto ajedrecista Jumonji, tienen una importante misión que cumplir. Zatoichi es empleado como masajista por el convaleciente Sasagara.

Pocos días después, el criado Roppei es asesinado, estrangulado con una cuerda. Sasagara le revela a Zatoichi que el que mató a su sirviente no puede ser otro que el que segó la vida de su padre: Pues el progenitor del joven aristócrata fue asesinado años atrás y Roppei fue el único que vió la cara del homicida, el único que podría identificarlo. El objetivo del noble y de su hermana Kume es vengar la muerte de su padre, quien fue matado, añade Sasagara, “tras una partida de ajedrez”…

Zatoichi comienza a sospechar que su compañero de viaje, el misterioso samurai ajedrecista, tiene algo que ver con los asesinatos.

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Comentario

Una vez más, Shintaro Katsu realiza una brillante interpretación del masajista ciego Zatoichi, vagabundo con un ejemplar código ético y experto en las artes marciales.

Ésta doceava entrega de la serie de películas dedicadas a la figura de Zatoichi está dirigida por Kenji Misumi, indiscutible sensei del género chanbara.

Tras la partida de “ajedrez mental” (sin usar fichas ni tablero) entre Zatoichi y Jumonji, éste último comienza a practicar disciplinadamente el arte de la visualización… algo que según sus propias palabras le sirve para desarrollar la facultad de ver sin sus ojos, y de ver lo que sucede, por ejemplo, a sus espaldas. Desde que el samurai le expone eso a Zatoichi, está claro que ambos están destinados a enfrentarse tarde o temprano en un implacable duelo final (también en igualdad de condiciones)… Ichi ya le había contado que prefiere siempre evitar cualquier derramamiento de sangre, y aunque él no pertenece a la casta de los samurais (sino a la de los masajistas ciegos) sigue los honorables preceptos del bushido y nunca desenvaina la afilada hoja de su caña de bambú a menos que sea estrictamente necesario. A ello, el samurai ajedrecista repuso fríamente que él “mataba por matar”…

Pronto está claro que Jumonji asesinó al padre de Sasagara así como a Roppei; y Zatoichi se ve envuelto en medio de las hostilidades y de la sed de venganza entre su compañero de viaje, el noble Sasagara y su hermosa hermana con kimono de hombre. Mientras tanto, Tane comienza a encariñarse con Zatoichi y la pequeña Miki ve en él la figura de un padre…

(El ajedrez japonés que juega un papel tan importante en ésta película se llama shogi y es diferente al occidental: en lugar de figuras como peones, caballos y demás tiene fichas, como en el juego de las damas.)

 

FHP, 2015

 

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