Especial Todos los Santos / Día de Muertos: Macario – Roberto Gavaldón, 1960

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México, 1960

Director: Roberto Gavaldón

Guión: Emilio Carballido y Roberto Gavaldón (basándose en una historia de B. Traven)

Intérpretes: Ignacio López Tarso (Macario), Pina Pellicer (Mujer de Macario), Enrique Lucero (La Muerte)

Música: Raúl Lavista

Género: Drama

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Argumento

En el México rural del siglo XVIII, Macario es un pobre campesino y leñador indígena constantemente sumido en la escasez. A duras penas gana lo suficiente para sustentar a su numerosa familia; a su mujer y a sus siete hijos pequeños. Perseguido siempre por un hambre voraz, su mayor aspiración en la vida es poder darse un día un gran banquete, una comilona que lo sacie de una vez por todas.

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Como es el Día de los Muertos, la ciudad está repleta de puestos de comida por las calles: Hay comestibles calaveras dulces y también suculentos pavos asados (cuya ingesta el pobre Macario no se puede permitir; solamente los ve salir del horno en el lugar donde acude a entregar la leña).

El desesperado Macario decide pues que no volverá a probar bocado hasta que consiga un “guajolote” (pavo) que pueda comerse él solo, sin la necesidad de compartirlo con nadie (ni siquiera con sus hijos). Su esposa está bastante preocupada ante tan radical determinación:

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Ella: ¿No tienes hambre? (le pregunta cuando una mañana él rechaza el almuerzo al marcharse a trabajar al campo)

Macario: ¿Hambre? ¡Si no he tenido otra cosa en toda mi vida!

La buena mujer se dispone a ayudarle para que logre cuanto antes su objetivo. Así, la señora aprovecha la ocasión de las fiestas para robar un pavo en el corral de una familia rica.

Macario se marcha al bosque con el pavo asado, para comérselo a escondidas de sus hijos. Una vez allí se le van apareciendo sucesivamente tres misteriosos personajes, que tratan de convencerle de que comparta su guajolote con ellos. El primero es el Diablo, quien habiendo tomado la forma de un rico terrateniente está dispuesto a darle algo de valor a cambio. El Diablo le ofrece las espuelas de plata de sus botas, pero Macario responde que no tiene caballo. Luego, le tienta con unas monedas de oro que saca de su bolsillo, pero el campesino dice que todos creerían que las robó y que le cortarían las manos por ladrón. Entonces le ofrece todo el bosque; a lo que Macario responde que si le cedieran el bosque él seguiría siendo pobre, y debería continuar cortando la leña. Y además: El bosque no es suyo “sino de Dios”. Entonces, el Diablo se volatiliza.

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El Diablo

El segundo personaje que intenta persuadir a Macario de compartir su suculento manjar con él no es otro que el mismísimo Dios, bajo la forma de un humilde y decrépito anciano.Tampoco a Dios le cede el pavo, pues el pobre campesino argumenta que Él ya lo posee todo y que nada necesita, que sólo quiere ponerle a prueba y ver un gesto de su parte. Acto seguido el divino viejo se esfuma.

El tercero que se cruza en su camino es la Muerte, transformada en un campesino indígena a imagen y semejanza del propio Macario, pero vestido de riguroso negro y un sombrero de paja. Cuando la Muerte le dice que hace “miles de años” que no come, Macario acepta finalmente compartir su comida por comprensión (pues su propia situación era parecida). El campesino se da cuenta además de que nadie escapa ante el ineludible designio de la Muerte y le confiesa a su interlocutor que también aceptó convidarle para retrasar así su propia muerte.

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Tras el festín, y para recompensarle por su generoso gesto, la Muerte hace brotar del suelo un chorro de agua con propiedades curativas, capaz de sanar a personas gravemente enfermas. Macario vacía su cantimplora y la llena con ese agua nueva. Sin embargo, el uso de ese milagroso remedio tiene una condición: Si Macario ve, en el momento de proporcionar el agua al enfermo, que la Muerte está a los pies de su cama, la persona que beba el agua sanará. Pero si la ve en la cabecera, no hay ya nada que hacer; esa persona está acabada sin remedio.

Macario regresa a su casa y pronto se le presenta la oportunidad de usar su agua curativa. Una sola gota basta para que un moribundo recupere la salud. El primero al que puede socorrer es uno de sus hijos, quien yacía inconsciente tras caer en un pozo. Luego, a algunos vecinos de su poblado. Entre ellos, la esposa del acaudalado don Ramiro. Éste pretende hacer negocio a costa de las facultades de Macario, y prepara una lista con los nombres de amigos y conocidos enfermos y ricos, para cobrarles a cambio de su curación.

Poco a poco va creciendo la fama de Macario como curandero a nivel local e incluso en todo el virreinato. Los enfermos acuden masivamente a solicitar las atenciones de Macario, y éste en la mayor parte de las ocasiones logra sanarlos (sólo le es imposible cuando la Muerte se aparece en la cabecera de la cama del paciente). El éxito del antes humilde campesino es tal que deja sin trabajo al médico del lugar (y también al enterrador). Inicialmente no desea cobrar a la gente, pero los lugareños le traen comida y dinero por iniciativa propia. Así Macario deja de ser pobre, y como ahora vive en la abundancia comparte lo que gana con los más desfavorecidos.

Sin embargo, el agua curativa no es ilimitada, y pasado un tiempo está a punto de agotarse. Para empeorar las cosas, un día aparecen las autoridades de la Inquisición, quienes acusan a Macario de practicar hechicería…

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Comentario

Éste maravilloso clásico de la “Edad de Oro” del cine mexicano tiene todas las características de una parábola, de un cuento metafísico con sentido transcendente que invita a reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre la delgada línea que separa ambos conceptos, y también sobre la predestinación. “Macario” es una bellísima fábula fúnebre, cuyo visionado es especialmente idóneo para el Día de los Muertos (o Día de Todos los Santos), 1 de Noviembre – Una tradicional festividad que está muy arraigada en la cultura mexicana. La película nos recuerda que, al igual que el agua milagrosa de la cantimplora de Macario, también la vida se acaba algún día, y que desde la perspectiva de la eternidad “pasamos más tiempo muertos que vivos”.

El film está ambientado en la época del Virreinato de Nueva España y se basa en una novela de B. Traven – pseudónimo del autor anarquista alemán Otto Feige (1882-1969), afincado en México desde los años ´20. Rodado en blanco y negro, recuerda tanto por su mortuoria temática como por su estilo y su estética al “Séptimo Sello” (1957) de Ingmar Bergman. En mi opinión, “Macario” es superior en interés al celebérrimo (pero en ocasiones un tanto cansino) largometraje del aclamado realizador sueco, y es una lástima que ésta maravillosa película hispana sea tan desconocida fuera de su país de su origen.

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Entre las mejores escenas deben ser destacadas la del calabozo, cuando a Macario las autoridades inquisitoriales le instan a que prediga allí las próximas muertes entre los condenados (y para asombro de todos el que está a punto de morir es el individuo menos pensado…); así como también la secuencia de la gruta hacia el final, cuando la Muerte le muestra a Macario la multitud de velas que allí se consumen (cada una representa una vida, y cuando la vela se apaga la persona muere. Macario se da cuenta de que también su propia vela está allí…)

Quien da vida (nunca mejor dicho en éste caso) a Macario es el gran Ignacio López Tarso, a quien ya conocemos por sus memorables roles protagónicos en las obras maestras “Rapiña” y “El profeta Mimí”. Al momento de escribir éstas líneas (marzo del 2016), el ya nonagenario López Tarso sigue activo en el mundo del cine en su México natal, participando como actor en películas actuales.

FHP, marzo de 2016

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