Rapiña – Carlos Enrique Taboada, 1975

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Rapiña

México, 1975

Director: Carlos Enrique Taboada

Género: Drama

Guión: Carlos Enrique Taboada

Intérpretes: Ignacio López Tarso (Porfirio), Norma Lazareno (Rita), Germán Robles (Evodio), Rosenda Monteros (Fina)

Música: Raúl Lavista

Argumento

Porfirio es un humilde leñador indígena en un pueblito mexicano de las montañas. Vive en una cabaña con su embarazada esposa Rita y su anciano padre enfermo. Evodio y su mujer Fina son sus vecinos y más cercanos amigos. Porfirio está preocupado por la salud de su padre, el tata, quien cada día está más débil. Pero no tiene dinero suficiente para pagar al médico del pueblo. Su amigo Evodio le regala su cerdo para que lo venda en el mercado y pueda costearse la visita del doctor.

Así, Porfirio se dirige a la consulta, y escucha una conversación que el médico mantiene con el nuevo maestro. Éste es joven, acaba de llegar, y se dispone a emprender su tarea con grandes ánimos. Pero el galeno, hombre burgués que ya lleva viviendo allí varios años, no oculta su hastío por tener que consumir su existencia en ese pueblucho lleno de “salvajes”. El médico desprecia a la “chusma” que allí habita, porque considera que llevan una vida vacía, dedicándose a vegetar sin sentido, como animales, sin ganas de progresar, y cree que “se morirán como si nunca hubieran existido”. El médico está cansado de ese pueblo, pero no se atreve a marcharse de allí, piensa que ya es demasiado tarde para empezar de nuevo en otro sitio. “Tal vez ellos me contagiaron su apatía…”

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Ignacio López Tarso como Porfirio

Porfirio, que ha escuchado todo eso, se queda muy pensativo e influenciado y empieza a sentir deseos de salir de ese “pueblo mugriento”, de ser “civilizado”, de ir en busca de fortuna, de convertirse en un “hombre de mundo”. La idea de dejar atrás la pobreza y la monotonía aldeana le inquieta cada día más, hasta el punto de llegar a obsesionarle. Se lo comunica a su mujer y a su amigo Evodio. Se emborracha en la cantina, desesperado porque no sabe qué hacer para escapar de la rutina y de la miseria. Por primera vez es consciente de su situación, y de que hay “algo más” al otro lado de las montañas…

Sin embargo, su padre moribundo le aconseja que abandone esas obnubilaciones, que se quede en su pueblo y sea un hombre trabajador y honrado como sus antepasados.

“Si uno no tiene que salir del pueblo, ¿para qué hicieron el camino?” Le pregunta un día Porfirio a Evodio mientras descansan tras talar un árbol en el bosque.

De nuevo en la consulta del médico, el leñador le confiesa al doctor que escuchó su  conversación del otro día; y que ello hizo que le cayera una venda de los ojos: Ahora siente los impulsos de mejorar, para poder salir de ese ambiente atrasado y que su futuro hijo no crezca como un “animal”…

El padre de Porfirio, enfermo desde hace tiempo y de ya muy avanzada edad, fallece. Ello no hace más que reafirmar las nuevas ideas del rústico leñador.

Una mañana, mientras trabaja solo en el bosque, escucha un ruido de motores procedente de lo alto, que se va aproximando cada vez más… Un avión se estrella en el cerro vecino con enorme estruendo. Porfirio, tras recobrarse del susto incial, escala hasta el lugar del accidente. El avión está partido en varios pedazos, y entre los pasajeros no hay supervivientes. Junto a los amasijos de hierros yacen desperdigados cadáveres y montones de maletas.

Porfirio regresa a su casa. Nadie en la aldea sabe nada del accidente, la colisión no se vió ni se  escuchó desde allí. Porfirio le propone a su mujer tomar para sí las cosas de valor que encuentren en el lugar del siniestro. “Los muertos ya no las van a necesitar, y nosotros nunca volveremos a tener una oportunidad como ésta”. Rita inicialmente se opone, pero cambia de opinión al ver una gruesa cadena de oro que su marido ha encontrado entre los restos del avión. La mujer insiste en que Porfirio avise a los “compadres”, Evodio y Fina. El leñador sólo accede cuando su esposa le recuerda que ellos le regalaron el único cerdo que tenían cuando él no tenía con qué pagar al médico.

A la mañana siguiente, Porfirio y Evodio parten rumbo a la montaña donde está el avión despedazado. Comienzan a saquear todo lo que encuentran de valor: Las billeteras, anillos y relojes, un abrigo de pieles… Hallan incluso una pistola. Evodio parece contentarse con lo que consiguen juntar ese día, pero Porfirio lo quiere todo, incluídas las maletas. “En unos 20 viajes podremos conseguirlo”. Deberán darse prisa, pues en cualquier momento pueden llegar la policía y los equipos de rescate.

Sin embargo, los dos amigos se percatan de que no están solos: Otros dos aldeanos como ellos se encuentran allí… No son del mismo pueblo, pero también subieron hasta el cerro para curiosear tras la caída del avión. Y al igual que Porfirio y Evodio, los otros dos tienen la intención de desvalijar lo que les sea posible. “Hay suficiente para los cuatro, podemos compartirlo…” En realidad, las dos parejas de saqueadores no se fían la una de la otra. El recelo es mutuo, y se incrementa con el paso de las horas…

Porfirio decide golpear primero, y cuando los otros pueblerinos se encuentran desprevenidos, los mata a machetazos. Evodio no se ha atrevido a apoyar a su compadre en eso, y se siente bastante afligido tras los sangrientos asesinatos. “Seguro que ellos habrían hecho lo mismo con nosotros…”, trata de consolarle Porfirio. Los dos esconden todas las maletas en una cueva y regresan al pueblo, donde les aguardan sus mujeres.

Ahora deberán esperar unas semanas a que las autoridades lleguen al lugar del accidente y a que, tras los procedimientos pertinentes, las aguas vuelvan a su cauce… Mientras tanto deberán ser discretos y mantener un perfil bajo. Luego ya podrán ir vendiendo las cosas poco a poco, para finalmente marcharse del odiado pueblo…

Uno de esos días, la policía militar, el ejército y los equipos de rescate llegan al cerro. Descubren, además de los cadáveres de los pasajeros, los de dos indígenas locales no lejos de allí. Éstos no han muerto a consecuencia del accidente, sino a salvajes machetazos. Al registrar los cuerpos, los policías hallan algunas joyas y relojes, suponiendo acertadamente que “éstos llegaron al avión siniestrado antes que nosotros”… “Y los que los mataron también”… La policía de la comarca inicia sus pesquisas, pues ya no hay duda de que individuos de algún pueblo vecino se han dedicado al pillaje en los restos del avión, matando luego a sus rivales…

Mientras tanto, Porfirio y Evodio comienzan a vender los objetos en una pequeña ciudad cercana. Pero no tienen demasiado éxito, pues al no contar con las facturas que les acrediten como legítimos propietarios el precio que pagan los potenciales compradores está muy por debajo del valor real. Además, los dos indígenas – que aún ignoran que les están buscando –llaman demasiado la atención…

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Comentario

Ésta maravillosa película mexicana de enorme profundidad psicológica nos muestra las consecuencias que la codicia puede tener incluso en el más humilde de los hombres.

Desde el momento en el que se deciden a salir del pueblo con el botín, Evodio, Rita y Fina observan con creciente preocupación cómo el carácter del sencillo Porfirio se va paulatinamente transformando. De ser un hombre apacible, cariñoso y amable pasa a convertirse en un fiero déspota, avieso y huraño, agresivo y paranoico… La evolución del personaje de Porfirio, magistralmente interpretado por Ignacio López Tarso, es una de las peculiaridades más memorables del film.

Su obsesión por “salir de pobre” y “ver mundo” termina llevándole al abismo. Un primer indicio de esa corrupción moral que se apodera del protagonista puede observarse cuando, tras asesinar a los otros dos aldeanos a los que veía como competidores, le dice a su consternado amigo Evodio “y si tú hubieras tratado de impedírmelo (que los eliminara) habrías acabado como ellos” – Incluso a su mejor amigo habría sido capaz de matar si se hubiera interpuesto en su camino. Porfirio quiere dejar de ser un “salvaje” pero paradójicamente se vuelve más salvaje todavía.

Desde que escucha hablar al médico, Porfirio siente grandes ansias por conocer una vida mejor que la que tiene “vegetando en el pueblucho”. Pero por mucha disposición que tenga de hacerlo, sólo consigue salir del pueblo para caer en un pozo sin fondo que le hace aún más miserable. Su sabio padre, antes de expirar, ya le dijo: “¿Salir del pueblo? ¿A qué? Aquí tenemos que trabajar el cacho de tierra que nos tocó” Porfirio: “¿Y para qué es el otro cacho del mundo?” El padre responde: “Para los que viven allí. Si no, todos viviríamos muy amontonaos”… (Un diálogo genial, muy anterior por cierto a los fenómenos contemporáneos de la inmigración masiva y las crisis demográficas – de los que resulta ligeramente premonitorio).

“Rapiña” es una obra maestra sorprendentemente muy poco conocida, que además de entretener (con enormes dosis de drama, suspense y tensión) también invita al espectador a reflexionar sobre la condición humana – algo que muy pocas películas hacen hoy en día.

FHP, marzo de 2016

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