Adrenalina – Varios directores, 1990

Adrénaline

Francia, 1990

Directores: Anita Assal, Barthélémy Bompard, Philippe Dorison, John Hudson, Jean Marie Maddeddu, Yann Piquer, Alain Robak

Guión: Philippe Bompard, Philippe Dorison, Jean Marie Maddeddu, Yann Piquer, Alain Robak, Jean-Marc Toussaint, Hugo Verlomme

Intérpretes: Clémentine Célarié, Barthélémy Bompard, Franck Baruk, Alain Aithnard

Música: Raúl Lavista

Género: Experimental, surrealismo, terror

Argumento

Una sombría hilera de ciegos con gafas de sol y bastones: Los invidentes esperan en una fila india que cada vez va haciéndose más larga. Ésta es la secuencia que sirve como nexo, pues se repite e intercala durante el metraje a modo de separación entre los distintos segmentos, que carecen de estructura lógica y de relación entre sí.

No existe un argumento propiamente dicho: La película se compone de varios fragmentos deshilvanados de carácter onírico.

Se plasman momentos de angustia pesadillesca estereotípicos, como en la escena donde la mujer está a punto de ser aplastada por el techo de su propia casa, que se va deslizando cada vez más hacia el suelo. Cuando la protagonista logra hacer un agujero en el techo, que amenaza con emparedarla, sale por el otro lado a una carretera, y allí se le acerca a toda velocidad un camión que la termina atropellando.

Un hombre conduce un coche que se va cayendo a pedazos. Los frenos ya no funcionan y le es imposible salir del vehículo. El automóvil, o lo que va quedando de él, se dirige por sí solo a un cementerio de coches, donde otros vehículos con sus respectivos conductores también atrapados en su interior, aguardan el momento de ser desgüazados.

Otro individuo se presenta en casa de unos ancianos buscando que le alquilen una habitación. Para llegar hasta ella deberá atravesar un pasillo con multitud de mortíferos obstáculos.

Comentario

Las escenas más memorables llegan hacia el final; como la del enajenado coleccionista de moscas, a las que va diseccionando, quitándoles las patas y las alas con unas pinzas para a continuación pegarlas simétrica y ordenadamente en la pared de su estancia… Una voluptuosa amiga llega para visitarle, y a él le llama la atención el verrugoso lunar que ella tiene sobre el labio. Creyendo que es una mosca, estrangula a la mujer y le arranca el lunar con las pinzas para colocarlo junto a los demás puntos negros. Entonces comienza a oírse el atronador y espectral zumbido de las moscas muertas…

Una pareja está viendo las noticias por televisión, y de repente se ven en directo a sí mismos al haber sido arrestados tras cometer un atentado terrorista. La televisión comienza a escupir imágenes inquietantes, y los dos huyen aterrorizados, perseguidos por un político que desde dentro del aparato les acusa de todo tipo de crímenes. Recuerda ésto de manera sutil al excelente mediometraje de Narciso Ibáñez Serrador titulado “El Televisor”, donde un gris y corriente burgués se ve envuelto en una espiral de locura a causa de su adicción a la televisión.

Otra impactante secuencia es la del hombre que posa para que le tomen una foto y que empieza a encajar decenas de golpes en la cara que le propina un puño con guante de boxear… Cada vez su rostro está más desfigurado, hasta que su abollada cabeza es una pieza digna de ser exhibida en una galería de arte moderno.

Las diferentes escenas (en blanco y negro y en color) parecen sketches de humor sórdido y absurdo, reminiscentes del “teatro pánico” de Arrabal.

La película carece de argumento y de hilo conductor porque está más allá de los parámetros de la lógica. Se trata de un film puramente experimental y realizado por múltiples directores, todos ellos amateurs, que sin duda beben de las influencias buñuelianas y lynchianas (Es fácil encontrar ciertos paralelismos estilísticos con el famoso “Eraserhead” de David Lynch). También recuerda en parte a la japonesa “Heya” (a.k.a. “The Room”) de Shion Sono, así como a “Ranpo Jigoku”, otra propuesta nipona que al igual que “Adrénaline” está estructurada en varios segmentos de distintos directores.

Parece que los directores elaboraron su guión mientras dormían, pues todas las microhistorias filmadas corresponden obviamente a sueños (y sobre todo a pesadillas).

No es probable que nadie haya subtitulado la película, pero no es necesario saber francés para “comprenderla”, pues los pocos diálogos (el primero de los cuales aparece en el minuto 24) carecen de importancia, y se trata el film de una experiencia visual.

FHP, noviembre de 2015

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