El llanto de la tortuga – Francisco del Villar, 1975

El llanto de la tortuga

México, 1975

Director: Francisco del Villar

Guión: Vicente Leñero, Francisco del Villar

Intérpretes: Jorge Rivero (Carlos), Isela Vega (Diana), Hugo Stiglitz (Héctor), Cecilia Pezet (Isabel), Gregorio Casal (Sergio)

Género: Drama psicológico, suspense

Argumento

Héctor es un millonario que, con motivo de su cumpleaños, decide invitar a su chalet de Acapulco a una pareja de amigos suyos, Carlos y Diana. A Isabel, la chica que convive con Héctor, eso no le parece una buena idea; pues esperaba poder pasar el tiempo con él a solas. Carlos y Héctor son amigos de la infancia. El padre del primero trabajaba a la sombra del padre del segundo, un importante político. Ambos jóvenes estudiaron arquitectura. Pero si bien Héctor logró incrementar su patrimonio gracias a su talento, a Carlos no le van tan bien las cosas. Siempre tiene problemas de dinero. Hace deudas en las carreras de caballos. Tiene la ambición de convertirse en un arquitecto exitoso, pero no encuentra a nadie que le patrocine. Al aceptar la invitación de Héctor, espera que éste le ayude financiando su proyecto de construcción.

Pero desgraciadamente para Carlos, su amigo no está interesado en su trabajo. Héctor le dice que “no vale para la arquitectura ni los negocios” y que lo mejor que puede hacer es “explotar el físico” (es musculoso y bien parecido) y “casarse con alguna millonaria”. Vivir a expensas de otros es lo que ha estado haciendo hasta ahora, su actual amante Diana también es rica. Pero Carlos aspira a dejar de ser un mantenido. Después de dos años de relación, Diana está cansada de Carlos, y el hastío es recíproco. Ella es una mujer de clase alta con tendencias ninfománicas. Nada más llegar a la villa de Héctor, Diana comienza a insinuarse con Sergio, el criado. Al mismo tiempo no deja de coquetear con el anfitrión. A Carlos lo considera un cobarde y un perdedor. La animadversión y el resentimiento irán apoderándose de los dos amigos de la infancia.

Poco a poco se irá desvelando que Isabel, la chica de Héctor, es su hermana. Ambos mantienen un idilio incestuoso, aunque esos amores algo más que fraternales nunca hayan sido consumados. Por su parte, Carlos desea a Isabel pero ésta se le resiste porque quiere serle fiel a Héctor. A ella le gustaría acostarse con su hermano, pero éste trata de evitar que ese momento crucial llegue – y es por eso que siempre procura que nunca estén a solas, para que no se dé esa oportunidad. Como nunca ha querido estar con otro hombre, Isabel es virgen. Y Héctor, al parecer, también. “Pero no por fidelidad, sino por ineptitud” le dice burlonamente Carlos, para fastidiarlo.

Durante la noche, junto a la piscina, las dos atípicas parejas se divierten o se atacan alternativamente o a la vez; ora flirteando entre ellos ora haciendo comentarios hirientes y procaces. Presenciando los pasatiempos de la joven burguesía depravada se encuentra como hierático testigo el criado Sergio, muy sumiso a las órdenes de su señor Héctor. Diana se siente despechada por él porque Sergio prefiere obedecer a su amo (que es quien le paga) antes que satisfacer sus caprichos.

En un cierto momento de desenfado, deciden “jugar” a echar las cartas del tarot. Sergio es un experto en eso. El criado acepta, pero para él no es un juego, pues se lo toma muy en serio. Procede así a leerle las cartas a los cuatro. De Carlos dice que es un cobarde, para gran indignación suya. De Isabel, que pronto conocerá varón; aunque éste será de una clase social más baja – lo que indigna a su vez a su hermano. De la veleidosa y promiscua Diana, que tendrá un hijo… Ella reconoce que es verdad, sorprendiendo a los presentes. Dice estar embarazada de Carlos, ante lo cual éste reacciona con incredulidad y rechazo. Cuando le llega el turno a su jefe, Sergio le dice “Veo talento… sangre y muerte”. Pero no es la muerte de Héctor lo que vaticinan las cartas, sino el hecho de que Héctor “corre el riesgo de cometer un crimen”.

Cuando la noche avanza, y con ella el consumo de alcohol y los ánimos caldeados, los pronósticos del tarot amenazan con cumplirse. Carlos, herido en su orgullo porque todos le consideran un cobarde, le propone a Héctor jugar a la ruleta rusa. Pero sólo Carlos apretará el gatillo del revólver contra su propia sien. Siendo tan aficionado a las apuestas, le pide a Héctor 100.000 pesos a cambio. Éste no duda en aceptar el desafío…

Carlos: “Tengo que ganarme la vida”

Héctor: “O tal vez perderla…”

Comentario

Conforme avanza el metraje, lo que empieza como un drama psicológico va adquiriendo importantes dosis de intriga. También quedará demostrado el abismo existente entre la clase social alta a la que pertenecen las dos parejas y los orígenes humildes del leal criado Sergio. La impunidad con la que cuentan los primeros quedará magistralmente retratada al final. Las tres cuartas partes de la película se centran en la descripción de los personajes, y en la profundización de las complejas relaciones entre ellos. Puede parecer que al film le cuesta arrancar, pero en todo momento el espectador intuye que va a pasar algo crucial, algo explosivo… La tensión se masca en el ambiente. Las personalidades del cuarteto implicado (y del no menos importante criado Sergio) contienen todo lo necesario para que se desencadene una tragedia…

La escena de la ruleta rusa resulta sumamente tensa. Y los diálogos con frases memorables abundan durante toda la película (Como cuando Carlos le dice con socarronería a Héctor sobre su padre el político millonario: “Si se hubiera dedicado al circo habría sido un gran trapecista… Siempre columpiándose de la derecha a la izquierda…”)

Carlos está interpretado por el fornido Jorge Rivero, culturista y actor que unos años después protagonizaría “Conquest” (1983), la contribución de Lucio Fulci al género de espada y brujería. Jorge Rivero también participó en el fim de luchadores “Los leones del ring contra la Cosa Nostra” (Chano Urueta, 1974) o en el thriller “Morir de madrugada” (Julián Pastor, 1980).

Isela Vega, quien interpreta a Diana, aparece en “Bring me the head of Alfredo García” (Sam Peckinpah, 1974) o en “Navajeros” (Eloy de la Iglesia, 1980).

FHP, noviembre de 2016

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