El frío verano del 53 – Aleksandr Proshkin, 1988

El frío verano del 53 (V.O. “Холодное лето пятьдесят третьего”)

URSS, 1988

Director: Aleksandr Proshkin

Guión: Edgar Dubrovsky

Intérpretes: Valeriy Primorykhov (Sergei Basargin, “Luzgin”), Anatoliy Papanov (Nikolai Starobogatov, “Kopalych”), Viktor Stepanov (Mankov), Nina Usatova (Lida), Zoya Buryak (Shura)

Música: Vladimir Martynov

Género: Drama

Argumento 

A un remoto poblado de casas de madera en los bosques rusos han llegado dos nuevos moradores, ex-presos políticos que se han beneficiado de la amnistía general concedida en 1953 tras la muerte de Stalin. Pero no solo los presos políticos han sido liberados… Con la medida de vaciar las cárceles hordas de delincuentes campan ahora a sus anchas por toda la URSS.

Allí residen tan solo una decena de personas: Un viejo alcalde o jefe local, exageradamente fiel a la línea del partido, caricatura del buen burócrata. Un agente de policía, veterano de la II Guerra Mundial; una oronda señora muda con su hija adolescente; una especie de filósofo apodado “El Barón”, una anciana y poco más.

La jovencita, llamada Shura, entabla una amistad “lolitesca” con uno de los recién llegados. Éste es un haragán que trata de parasitar a la comunidad, comiendo siempre sin trabajar jamás. El sueño de la chica es ir algún día a Moscú, la gran ciudad.

Un día llega al pueblo una banda de criminales, que se atrinchera en la casa del “Barón”. Esos maleantes también han sido amnistiados. Los bandidos mantienen al Barón como rehén, y tratan de sacarle información sobre el pueblo. Lo que ellos quieren no es quedarse allí por mucho tiempo, sino hacerse con armas de fuego de gran potencia, y formar un grupo bien organizado para cometer atracos. Para ello, deben antes neutralizar al policía, y de paso hacerse con su ametralladora (ellos poseen armas rudimentarias y de poco calibre). Intentan forzar al Barón a tenderle una trampa al agente, haciéndole venir a su casa con cualquier excusa banal.

El Barón, sin embargo, aprovecha para escribir en un papel que su casa está en manos de unos bandidos, y se lo entrega solapadamente a una señora que viene a pedirle keroseno, para que ésta le haga ver la nota al policía. Sin embargo, el papel se pierde por el camino y nunca será leído. El policía se dirige a casa del Barón de todas maneras, y cuando se coloca en el punto de mira, los delincuentes escondidos hacen fuego sobre él. Logran asesinarlo y tomar sus armas. Fuerzan a todos los pobladores a que se concentren en un granero para tenerlos a todos bajo control. Pero falta la joven Shura, que ha sido ocultada por su madre en otro lugar.

Uno de los bandidos, el más joven, ya había visto a la voluptuosa Shura a través de sus prismáticos, encaprichándose con ella. Al no encontrarla ahora comienza a desesperarse y pregunta a todos por su paradero. La madre, siendo muda, nada puede decir. Los presos políticos, a su vez, son amenzados de muerte por el criminal si éste no encuentra a la chica antes del anochecer…

Comentario

El planteamiento argumental de éste film, rodado en los años de la perestroika y el ocaso del sistema soviético, recuerda en cierto modo a la prototípica temática de un western: El clásico grupo de sanguinarios forajidos que se hacen fuertes en una pequeña población, sembrando el terror y reteniendo brutalmente a sus habitantes. Es éste un punto de partida visto tanto en las películas del oeste (especialmente aquellas de procedencia italo-almeriense) como en las chanbara japonesas. Falta en el caso eslavo que nos ocupa un “héroe solitario” que libere a los pueblerinos prisioneros y liquide a los crueles criminales. Ese héroe, siempre duro, parco de palabras y de gélida mirada, en los westerns suele ser un pistolero cazarrecompensas y en las jidaigeki niponas un ronin o samurai vagabundo. En éste caso bien podría ser un cosaco, que vendría a ser el equivalente ruso del “cowboy” americano y del “bushi” japonés.

La película muestra las consecuencias no siempre agradables que tuvo la amnistía de 1953 y el proceso de desestalinización que la acompañaron.

En cierto modo, la trama resulta también reminiscente de ciertas películas occidentales (norteamericanas e italianas sobre todo) que proliferaron a lo largo de los años setenta y ochenta tras el éxito de “The Last House on the Left” (Wes Craven, 1972). En éste contexto merecen ser mencionadas “Autostop rosso sangue” (Pasquale Festa Campanile, 1977); “Vacanze per un massacro” (Fernando Di Leo, 1980) o la menos conocida “La settima donna” a.k.a. “The last house on the beach” (Franco Prosperi, 1978). Es menester señalar la pequeña diferencia de que en éstos films occidentales los bandidos, criminales, asesinos o violadores de turno se han evadido de prisión, o bien se encuentran fugitivos, tras haber cometido algún atraco u otra fechoría; mientras que en el largometraje ruso los delincuentes han sido amnistiados, liberados por decreto gubernamental, en completo acuerdo con las leyes vigentes. Aunque, como veremos, no tardan en volver a reincidir, cayendo de nuevo en el estilo de vida depredador y antisocial que no se les pudo “extirpar” en el confinamiento de los “gulags”.

En lo que respecta a la estética: Bellas imágenes y bucólicos paisajes de los bosques, unidos a un ritmo narrativo que va desarrollando la tensión “in crescendo”. También cuenta “El frío verano del 53” con una buena banda sonora a cargo de Vladimir Martynov.

FHP, noviembre de 2015

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