El libro de piedra – Carlos Enrique Taboada, 1969

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El libro de piedra

México, 1969

Director: Carlos Enrique Taboada

Guión: Carlos Enrique Taboada

Intérpretes: Marga López (Julia), Norma Lazareno (Mariana), Joaquín Cordero (Eugenio), Lucy Buj (Silvia)

Música: Raúl Lavista

Género: Terror

Argumento

Julia Septién llega a la finca del acaudalado Eugenio Ruvalcaba para comenzar a trabajar en su nuevo empleo. Allí deberá desempeñarse como institutriz de la pequeña Silvia, hija del millonario. La niña, de unos 9 años, aún no está completamente recuperada de una meningitis y por ello su padre no la envía todavía a la escuela. El trabajo de Julia consistirá en darle clases en casa y cuidar de ella el resto del tiempo. Pero el preocupado Eugenio advierte a Julia de que su hija acostumbra a comportarse de manera “extraña”, y añade con tono sombrío que es posible que la niña “tenga sus facultades mentales perturbadas”…

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Joaquín Cordero como Eugenio

La nueva institutriz sale al gran parque junto a la mansión en busca de la pequeña, y la encuentra escondida en una choza del jardín.  A Silvia no le gusta la idea de que Julia haya sido contratada para controlarla: “Hugo ya cuida de mí”, y cuando Silvia le pregunta quién es Hugo, la niña responde que es un amigo, un niño que hasta hace poco estaba allí con ella…

Más tarde, de regreso en la casa, Julia le cuenta a Eugenio y a su mujer Mariana (que no es la madre de Silvia sino su segunda esposa) que ya conoció a Silvia. Le pareció una niña despierta e inteligente, y añade que antes de que ella llegara estuvo jugando con un “amiguito suyo”, un tal Hugo… Al notar el rostro lóbrego y abatido de Eugenio y Mariana, Silvia pregunta “¿He dicho algo malo? Yo creo que la amistad de ese niño le hace bien, así no está siempre tan sola…” El padre, responde afligido: “Yo también pienso que Hugo sería una buena compañía para mi hija, lo único malo es que Hugo… no existe”.

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Inicialmente, Julia no ve motivos para alarmarse. Es normal que los niños tengan amigos imaginarios, o que hablen con sus muñecos. El tal Hugo, como la nueva institutriz no tardará en descubrir, es la estatua de piedra de un niño con un libro, que se encuentra al otro lado del parque cerca de un lago. Eugenio explica que la estatua ya estaba allí cuando ellos se mudaron a esa nueva finca, y que según el propietario anterior la efigie procede de Europa; fue traída a México desde Austria.

Eugenio insiste en que la manía de su hija con Hugo no es como las fantasías corrientes del resto de los niños: Silvia está convencida de poder comunicarse realmente con su “amigo”, y lo suyo no es un juego sino una “obsesión”…

Mariana busca un momento para conversar a solas con Julia: Antes había ya sugerido que lo mejor para todos sería internar a Silvia en un centro, a lo que Julia reaccionó oponiéndose con vehemencia. Mariana teme que la hija de su marido eche a perder su matrimonio, pues está convencida de que Silvia la odia. “Los niños no saben odiar” repone Julia tratando de tranquilizarla. “Los otros no, pero ella sí. Silvia es perversa…” añade Mariana con una expresión de temor.

Una mañana, Silvia lleva a Julia a dar un paseo por el bosque hasta una iglesia abandonada. Una vez allí la niña desaparece, y la institutriz se torna lívida al verla subida en lo alto del techo del edificio, junto al campanario. Julia la ordena que baje de allí, pero cuando Silvia asegura que no puede, la mujer no tiene más remedio que subir ella misma para tratar de rescatarla. Silvia se encuentra en el techo muy tranquila, al contrario de lo que cabría esperar de una niña en su situación. No tiene ningún miedo de resbalar y precipitarse al vacío, lo que sí es el caso de la institutriz… Julia ve una salamandra, y al asustarse está a punto de perder el equilibrio. Pero Silvia habla con una presencia invisible: “No, déjala. No quiero” Julia consigue mantenerse y las dos bajan poco después sanas y salvas.

Durante el camino de regreso, Julia pierde su broche, que cae al lago. “No te preocupes, Hugo lo recuperará para tí” afirma Silvia con férrea seguridad. Instantes después pasan junto a la estatua de Hugo. Silvia lo mira como si el niño de piedra estuviera hablando con él: “Hugo dice que me han traído un regalo” le explica contenta a Julia.

Mientras tanto, a la finca ha llegado Carlos, un buen amigo de Eugenio y Mariana. El visitante, que es padrino de Silvia, se dedica en la ciudad a la pintura y al teatro y ha llegado allí en compañía de su perro Yago para pasar unos días de reposo.

Cuando Julia y Silvia vuelven, el perro, un pastor alemán, se precipita ladrando sobre la niña. Ésta tiene miedo y llama a Hugo para que la proteja. Los adultos separan al can de la pequeña, el perro no es agresivo y sólo estaba jugando. Pero lo que inquieta e incomoda a Eugenio es que su hija, en un momento que percibía como de peligro, llamase a ese inexistente Hugo en lugar de a él…

El perro es atado a un árbol en otra parte del jardín para evitar que moleste de nuevo a la niña. Carlos le trae una muñeca a su ahijada. Julia observa la escena con asombro: Pues Silvia sabía de antemano, “a través de Hugo”, que iba a recibir un regalo…

Esa noche, Julia despierta cuando la ventana de su cuarto se abre a consecuencia del viento. Al levantarse a cerrarla, observa estupefacta lo que hay sobre la mesa: El broche que había perdido en el lago, “alguien” lo ha traído de vuelta… (“No te preocupes, Hugo lo recuperará para tí”). Julia sale afuera, pues está segura de que tiene que haber una explicación lógica a ese misterio. La mujer es sorprendida por Bruno, el jardinero. Ambos regresan al interior de la casa, y en la cocina Julia les cuenta a Bruno y a su mujer Berta, la criada del hogar, el extraño suceso que le acaba de ocurrir.

“El jardín de ésta casa es peligroso por la noche” dice Berta con tono siniestro. Su marido la reprende por sus tendencias supersticiosas. Julia se entera de que no es la primera institutriz a la que la niña Silvia es confiada. La última se marchó al no poder soportar más ciertos fenómenos que tenían lugar allí. “La niña no está loca… está embrujada” afirma Berta.

Entre los “fenómenos” que se desarrollarán a partir de ese momento estarán la enigmática muerte del perro (que Silvia acertadamente pronostica) y unos agudos dolores “psicosomáticos” que inexplicablemente sufre Mariana…

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Comentario

Tras “Hasta el viento tiene miedo”, Carlos Enrique Taboada vuelve a deleitarnos con una historia de horror gótico y suspense; en la que “niños perversos”, brujería y fantasmas van de la mano.

La pequeña Silvia, niña extraña y solitaria, es capaz de percibir la presencia de Hugo, el hijo de un brujo austriaco que cuatro siglos atrás trató de conquistar el secreto de la inmortalidad. El libro que la estatua de Hugo sostiene en sus manos, “el libro de piedra”, contiene los arcanos misterios de la magia negra, ciencia en la que Silvia demostrará estar versada…

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Dos actrices a las que ya vimos en “Hasta el viento tiene miedo” vuelven a ponerse a las órdenes de Taboada: Marga López, la severa directora del internado en la anterior película, es ésta vez la benevolente institutriz Julia, quien trata de ganarse el afecto de la complicada pequeña. Norma Lazareno, quien en el otro film da vida a la presumida alumna Kitty, es ahora la joven madrastra Mariana, y sufrirá las consecuencias de la antipatía que por ella sienten Silvia y su “protector” Hugo. Carlos está interpretado por Aldo Monti, actor que volvería a colaborar con Taboada en “Rubí” (1970).

Al igual que “Hasta el viento tiene miedo”, también “El libro de piedra” fue víctima de un remake homónimo en tiempos más recientes.

FHP, marzo de 2016

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2 thoughts on “El libro de piedra – Carlos Enrique Taboada, 1969

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