Katana maldita – Kenji Misumi, 1965

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Katana Maldita (V.O. Ken Ki)

Japón, 1965

Director: Kenji Misumi

Género: Chanbara, Jidaigeki

Guión: Seiji Hoshikawa (basado en la novela de Renzaburo Shibata)

Intérpretes: Reizo Ichikawa (Hanpei), Michiko Sugata (Osaki)

Música: Hajime Kaburagi

Argumento

La señora Makino, afectada por una extraña enfermedad que perturba sus facultades mentales, es la viuda de un daimyo. Años después de la muerte de su marido, ha dado a luz un hijo. El padre del bebé es desconocido, y ninguna de las cortesanas sabe cómo un hombre ha podido acceder a las dependencias de la señora para dejarla encinta. Tan solo un perro se encuentra siempre al lado de la aristocrática viuda, y las malas lenguas comienzan a sugerir (medio en serio medio en broma) que sería el can el padre de la criatura. Poco después del nacimiento del niño, la enferma Makino fallece. Antes de morir, le confía a sus sirvientas el niño y el perro (al que encomienda sea tratado también  “como un hijo”). El perro se declara “en huelga de hambre” tras la defunción de su dueña, y muere poco después de ella. Por su parte el bebé Hanpei, es dado en adopción a un viejo y empobrecido samurai. Oficialmente, el niño no es hijo de la viuda del daimyo, sino de una de sus criadas.

Hanpei recibe el sobrenombre de Inu-ko (Niño-Perro o Hijo del Perro). Constantemente debe enfrentarse a las burlas, al desprecio y a las sarcásticas mofas de los demás. Años después, cuando Hanpei es un joven adulto, su anciano padre adoptivo se aproxima al fin de sus días. Antes de expirar, el viejo samurai le dice que, para superar el estigma que pesa sobre él (ser considerado hijo de un perro), deberá alcanzar una maestría, una técnica especial, una facultad que le haga destacar entre los demás. Así, los que ahora se burlan de él dejarán de menospreciarlo y será respetado como hombre.

Hanpei siente una predilección por las flores, y se especializa en el cultivo de las mismas. Pronto su buen hacer en el arte de la floristería llama la atención de funcionarios del daimyo Masanobu. Éste es el hijo legítimo de la señora Makino y el anterior daimyo, y por tanto un medio-hermano de Hanpei (Pero todos lo ignoran, pues según la versión oficial la madre del “Niño-Perro” era una criada). Así, Hanpei el “sin título” es contratado como florista y entra al servicio del daimyo.

Masanobu comienza a mostrar síntomas de la enfermedad mental que afectaba a su madre. El joven daimyo no está en sus cabales, y se comporta cada vez más excéntricamente. En una ocasión, durante una visita al jardín cultivado por Hanpei, contempla las flores satisfecho y encandilado para acto seguido destrozarlas con repentina furia a golpes de espada (tratando de matar a una abeja que planeaba zumbando a su alrededor y que se posaba sobre las flores). Una piedra lanzada contra la espada por Hanpei (oculto de forma que el daimyo no pudiera verlo) frena al furibundo Masanobu.

Otra de las costumbres poco ortodoxas de Masanobu consiste en salir del castillo galopando velozmente a caballo sin motivo alguno, como huyendo de algo. Sólo cuando sus samurais lo alcanzan y lo frenan, el enajenado daimyo regresaba sumisamente a sus aposentos.

En una ocasión, el “descastado” Hanpei ruega a los samurais poder acompañarles la próxima vez que sigan a Masanobu en una de sus escapadas para traerlo de nuevo al castillo. Inicialmente se burlan de él, pues ni siquiera tiene caballo, y no es más que un siervo florista. Pero como insiste y parece muy dispuesto a ayudar, los samurais aceptan permitirle su petición.

Cuando el daimyo vuelve a marcharse de sus propiedades, Hanpei lo sigue… a pie. Corriendo es tan veloz como Masanobu a caballo, y es el primero en llegar hasta él para frenarlo. Ello deja perplejos a los samurais y despierta su admiración.

En otra ocasión, Hanpei contempla en el bosque como un viejo entrena con su espada. El florista muestra una enorme fascinación observando las katas del desconocido, que es capaz de partir por la mitad una mariposa de un solo golpe envainando y desenvainando en una fracción de segundo. Hanpei se dirige al venerable espadachín y le comunica su deseo de ser instruído y convertirse en su aprendiz. El enigmático anciano repone (con la característica simplicidad del estilo zen) que no tiene nada que enseñarle y que él se limita a “sacar la espada, cortar y volver a envainarla”. El maestro es un ronin, un samurai errante y sin daimyo al que servir. El ronin le dice a Hanpei que “aprenda con sus ojos”, que le observe atentamente mientras entrena.

Así, día tras día, Hanpei acude a contemplar como el viejo “saca la espada, corta y la vuelve a envainar”. Cuando ha transcurrido un año, el ronin considera que su pupilo ya ha aprendido lo suficiente, y le regala la espada para que ahora sea él quien practique el iai-do. El maestro Daigo Yaichiro se despide de Hanpei y se retira.

El florista se ha rápidamente convertido en un experto espadachín. Un día recibe la visita del funcionario Kanbei, quien le informa de que hay una conspiración en la corte para deponer al legítimo daimyo. Aprovechando la enfermedad de Masanobu, los intrigantes tratan de derrocarlo. Kanbei ha descubierto una red de espías que trabajan para el enemigo contra el clan. Uno de esos agentes se hace pasar por maestro de la ceremonia del té, y Hanpei recibe la misión de neutralizarlo. Es su primer encargo como asesino, y Hanpei se siente muy excitado por la confianza que depositan en él, y considera todo un honor poder servir al clan. Finalmente va a ser un hombre respetado, y dejarán de considerarlo un “Inu-ko” o “Niño-Perro”…

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Kanbei decidió encomendarle esa misión al florista porque estaba convencido de que poseía cualidades sobrehumanas: Su destreza con la katana adquirida en tan poco tiempo y su velocidad en la carrera (capaz de alcanzar el galope de un caballo) eran cosas inauditas. Además, Kanbei había sido testigo de cómo el Inu-ko lanzó con tanta puntería aquella piedra contra la espada de Masanobu para frenar el ataque de locura que acometió a éste en el jardín. Desde entonces, Kanbei estaba convencido de que había que emplear a Hanpei en misiones especiales y de alto riesgo. El “Hijo del Perro” desempeña con éxito su primer trabajo con las armas, pero en su espíritu todavía hay cabida para titubeos: “A lo mejor me matan algún día” comenta preocupado a su jefe Kanbei. Éste le responde impertérrito y tajante: “En ésta profesión nunca dudes de tí mismo“.

Como suele suceder, “el alumno supera al maestro”… y en ocasiones también lo mata. Cuando Hanpei escucha una noche ruidos sospechosos en el jardín, y sigilosos pasos junto a su estancia, desenvaina rápidamente su katana y corta a través de la fina pared de madera hiriendo de un tajo en el cuello al intruso… el espía que merodeaba por allí resultó ser nada menos que el viejo ronin Daigo Yaichiro. Arrepentido y apenado, Hanpei ruega a su antiguo maestro que le perdone, pero éste no le guarda rencor alguno, ya que cumplió con su deber. De hecho, está sumamente orgulloso de él, es todo un honor ser muerto por su aplicado alumno. Ello implica que él fue un buen maestro. Sin embargo, en una escena que reviste una importante carga simbólica, el entristecido Hanpei rompe la espada con la que provocó la muerte del ronin.

Una chica llamada Saki, y que trabaja como sirvienta en la corte se hace amiga de Hanpei. Ella lo ve como a un sensible florista, e ignora que además el Inu-ko es ahora un experto con la katana. Un día, un samurai de bajo rango trata de violar a Saki, pero Hanpei la defiende y lo impide en el último momento. Entre el florista y la chica inicia tímidamente un romance. El desairado samurai, por su parte, buscará por todos los medios poner a los miembros de la corte contra Hanpei para vengarse de su intromisión.

Tras haber partido su katana, la que dió la muerte a su maestro, Hanpei busca una nueva espada. En un baúl examina muchas katanas que allí están almacenadas, hasta hallar una nueva que considera idónea. Su jefe Kanbei, que le ha seguido, le informa de que esas son “katanas malditas”, que fueron usadas en actos deshonrosos y que vertieron sangre inocente. Por eso están escondidas allí. Esa que empuña ahora, por ejemplo, perteneció hace veinte años a un peligroso bandido. Hanpei sabe que las katanas como esa, impregnadas por malos espíritus, traen mala suerte. Pero está dispuesto a desafiar a su destino…

Comentario

Muy buena chanbara del maestro Kenji Misumi (director de varias entregas de Zatoichi con Shintaro Katsu y de Kozure Okami con Tomisaburo Wakayama). La película, sumamente poética y elegante, desprende la profunda filosofía del espíritu nipón y retrata con gran acierto elementos como el código de honor samurai. Sumamente recomendable.

FHP, 2015

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