Revelaciones de un maníaco sexual – Roberto Bianchi Montero, 1972

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Revelaciones de un maníaco sexual (V.O. Rivelazioni di un maniaco sessuale al capo della squadra mobile, a.k.a. “So sweet, so dead”)

Italia, 1972

Director: Roberto Bianchi Montero

Género: Giallo

Guión: Roberto Bianchi Montero, Luigi Angelo, Italo Fasan

Intérpretes: Farley Granger (Inspector Capuana), Sylva Koscina (Barbara Capuana)

Música: Giorgio Gaslini

Argumento

En una ciudad de la Italia meridional aparece brutalmente asesinada con arma blanca una mujer de la alta sociedad. El ensangrentado cadáver es hallado desnudo sobre la cama, y junto a él, la policía encuentra unas fotos que la muestran a ella en actitud comprometida junto a un hombre que no es su esposo. La identidad del amante no es fácilmente reconocible, pero resulta obvio que la víctima tenía una relación extra-matrimonial, y que ello ha debido desencadenar el crimen. Pero tanto el marido como el amante tienen coartada, y el inspector Capuana, encargado del caso, carece de cualquier indicio para incriminarlos. Tampoco encuentra ninguna pista tras interrogar a varios sospechosos habituales procedentes de los bajos fondos.

Pronto un nuevo crimen de idénticas características vuelve a sacudir a la opinión pública: Otra cuarentona de familia pudiente con tendencias adúlteras es asesinada a cuchillazos en una playa. Los periódicos ya comienzan a hablar de un nuevo asesino serial, un peligroso psicópata que anda suelto, y que mata a mujeres que engañan a sus maridos: el “asesino moralista”. Capuana se encuentra abrumado por el trabajo sin resolver que se le va amontonando, y comienza además a estar sometido a gran presión por parte de sus jefes: Pues por un lado debe resolver el caso, pero también tiene que evitar que estallen escándalos y que ciertos nombres salgan a la luz, pues las víctimas proceden de la clase alta y tienen importantes conexiones financieras y políticas.

El abogado Santangeli conoce a las víctimas, a sus maridos y tiene mucha información sobre las poderosas familias a las que pertenecen. Él y su esposa se son mutuamente infieles; la relación entre ambos es fría pero tolerante. Siguen viviendo juntos para guardar las apariencias, y por tener una hija en común, la adolescente Bettina. Santangeli tiene una aventura con la vecina, mujer asimismo casada, y cuyo esposo es inválido.

A Capuana le resulta extraño el comportamiento de un joven forense llamado Gastone, que parece disfrutar en su cotidiano trato con cadáveres, y que se extasía ante la belleza de las mujeres asesinadas, que le parecen más hermosas muertas que vivas… Éste solitario necrofílico, que profiere estruendosas carcajadas demenciales mientras prepara los cadáveres y que afirma que a las víctimas “la muerte las ha purificado”, levanta los recelos y las sospechas del inspector. “He conocido a gente que rompía valiosos jarrones por el placer de arreglarlos después” dice Capuana a un colega policía a modo de sugerente metáfora. Pero más allá de su bizarro comportamiento, no hay ningún indicio concreto que sugiera la culpabilidad del excéntrico forense. Hay innumerables posibilidades: podría ser un “maníaco sexual”, o “un homosexual”, o “un impotente”…

Mientras tanto, el asesino continúa limpiando la ciudad de adúlteras: Ésta vez la víctima es la vecina y amante del abogado Santangeli. La mujer es degollada por la noche en el jardín de su casa junto a la piscina. La joven Bettina, hija del abogado, es testigo del crimen. La chica se había despedido de su novio, y al regresar a casa vio cómo un enmascarado armado con un filoso cuchillo segaba la vida de la vecina. Pero no solo Bettina vio al asesino… también éste la vió a ella!

A su esposa Franca, Santangeli le ha propuesto que se marche por un tiempo de la ciudad por motivos de seguridad. Pues probablemente el asesino no ignora que ella también es adúltera, lo que la convierte en una potencial víctima. A su inocente hija Bettina, Franca le dice que va “a visitar a la abuela”, y toma el tren para marcharse lejos. Sin embargo, tampoco ella escapará al fervor homicida del psicópata: Éste la asesina en su compartimento en pleno tren en marcha.

Capuana tiene las manos atadas, por más que elucubra acerca del caso devanándose los sesos, por más que indaga y analiza, no da con ninguna pista útil. Ahora incluso su mujer, que antes le apoyaba y le daba ánimos, le propone por vez primera que abandone y que acepte un trabajo en la empresa de su padre. El modus operandi siempre es el mismo: Mujer infiel de la alta burguesía apuñalada y unas fotos que prueban su adulterio son dejadas junto al cuerpo. El “asesino moralista” prosigue su “labor” sin que Capuana pueda hacer nada para frenarlo.

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Comentario

“Revelaciones de un maníaco sexual” es un interesante y poco conocido giallo que incluye casi todos los elementos arquetípicos del subgénero: Mujeres asesinadas a golpes de cuchillo, un misterioso homicida enmascarado ataviado con gabardina, sombrero y guantes de cuero cuya identidad no es revelada hasta el final; un inspector atormentado ante su impotencia por no poder resolver el caso… La motivación del asesino y las características de sus víctimas son lo que dan a ésta película ese toque tan especial, que algunos estúpidamente califican hoy de “misógino”.

La banda sonora es muy típica para su época y del mismo estilo que las que se solían emplear en producciones similares a lo largo de los sesenta y los primeros setenta (Coros femeninos, saxofones, melodías instrumentales…). Otra peculiar característica patente en muchos gialli y polizzieschi de aquellos años es la elección de títulos larguísimos: Éste film se llama en su versión original “Rivelazioni di un maniaco sessuale al capo della squadra mobile”. Por citar un ejemplo similar, hay una película de 1971 dirigida por Damiano Damiani titulada “Confessione di un comissario di polizia al procuratore della repubblica”.

El norteamericano Farley Granger interpreta al comisario Capuana, y la greco-croata Sylva Koscina (a quien recientemente pudimos ver junto a Steve Reeves en “Hércules”) a su esposa Barbara. La dirección corre a cargo de Roberto Bianchi Montero, padre del también director Mario Bianchi, realizador de la pequeña joya trash “Non avere paura della zia Marta” (1988).

FHP, 2015

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